En Ciego de Ávila hay un escritor, cuyo nombre me es familiar, que escribe en la oscuridad plena.
No es una metáfora, o no. Su país se apaga por horas —con frecuencia, por más de un día entero— y cuando la corriente se va, se va también la voz: el teléfono muere, la pantalla se duerme, el mundo se reduce a una casa en silencio. Balzac escribía de noche a la luz de una vela, con su pluma y tintero, y se creía muy desgraciado. Este escritor lo envidia un poco: Balzac, al menos, elegía su vela.

Nuestro escritor no elige. Vive en las sufridas horas de la espera. Y mientras sufre la injusta penitencia, no deja de preguntarse —porque un hombre que ha sido médico cuarenta años y que ha visto nacer y morir a media provincia sabe que el pensamiento también es una forma de luz, y esa no hay apagón que la corte.
Su vejez, hay que decirlo sin adornos, es dolorosa. No por los años: por el encierro. Afuera, la noche se ha vuelto peligrosa —ya no es la noche de antes, la de las serenatas y las visitas; ahora hay quien no sale con el teléfono en el bolsillo, porque un teléfono puede costar una vida, y quien pedalea una bicicleta de marca sabe que se está jugando algo más que el paseo—. Y adentro, el apagón lo deja a él, como a tantos viejos de su generación, escondido en su casa, incomunicado con los hijos, con los amigos, con ese mundo que durante toda una vida fue suyo y propio, no un capricho carcelario ajeno.
Cualquiera diría que un hombre así termina en silencio. Nuestro anciano hizo lo contrario: se puso a escribir. Y no escribió para la eternidad: escribió para la próxima generación, para la próxima vez que volviera la luz.
Escribió una paloma que se equivocó de cielo, y miles de personas lloraron leyéndola. Llevó al texto íntimo las calles de un pueblo desaparecido, y los hijos de ese pueblo, desperdigados por el mundo, volvieron a ella en los comentarios como quien vuelve a la casa de la infancia. Escribió a sus muertos de hace dos siglos —un bisabuelo que huyó de una guerra y murió en una isla cubierta de pinos, de malaria; un tatarabuelo canario cuyo nombre busca todavía en los libros que un fuego no quemó— y los muertos, agradecidos, le contestaron con documentos.
Su jornada empieza antes que el día. Su primera luz no es el sol: es una lista de cumpleaños. Uno por uno, como ha hecho durante más de veinte años, saluda a cada amigo que cumple años, con el grado exacto de cariño que cada cual tiene ganado en su corazón —porque este escritor no reparte «queridos» como quien reparte volantes: los dosifica como medicina tradicional de afectos, con nombre y apellido.
Y cuando por fin vuelve la corriente, su casa se enciende dos veces: la de la lámpara y la de las palabras que salen volando a Madrid, a Miami, a una ciudad de Canadá donde un amigo de la universidad, al que llamaban Manzana, lee sus crónicas rodeado de nietos. Manzana no sabe —o sí— que esas crónicas se escribieron a oscuras, con la paciencia de quien espera un milagro que tarda 24 o más horas.
No venció al apagón como vencen los ejércitos, haciendo ruido. Lo venció como vencen las luciérnagas: brillando en su exacta medida, sin pedirle permiso a la oscuridad. El apagón le quitó las horas, pero no le quitó la voz; le cerró la puerta de la calle, y él abrió una ventana por la que cabe el mundo entero.
Que conste, para los que vengan después: en los años de la gran oscuridad, en una casa de la calle Sexta de Ciego de Ávila, un médico viejo se negó a callar. Y escribió en su lenguaje crítico para burlar la lupa de la represión. No para que lo leyeran en los libros de historia, sino para que lo leyéramos nosotros, ahora, con la luz encendida y la conciencia apagada.
