Napoleón Bonaparte visita La Habana

Desde épocas muy remotas el hombre se preocupó por realizar rituales funerarios, como signos distintivos de su vida transitoria. Entre los ejemplos más representativos tenemos la cultura del Antiguo Egipto que momificaba el cadáver de los faraones y otros altos funcionarios, conservando así su apariencia para la eternidad.

Los mayas por su parte, inmortalizaban el rostro de los difuntos tallando máscaras de jade con las cuales cubrían la cara de sus muertos.

En la historia reciente, aparece en Europa un ritual singular: se trataba del uso de la máscara mortuoria. Originalmente obtenidas para nobles y emperadores en la antigua Roma, la práctica tenía como fin capturar los rasgos físicos del rostro de ilustres difuntos que en vida fueron hombres influyentes, gobernantes, reyes, emperadores, artistas, científicos, pensadores, etc.

Los primeros grabados se realizaron en lápidas con la figura del difunto, con la intención de mantener la memoria física y táctil de los rostros y preservarla en el tiempo.


Luego de la derrota de Napoleón Bonaparte en la batalla de Waterloo el 18 de junio de 1815, fue encarcelado y desterrado por los británicos a la isla de Santa Elena en el Atlántico Sur. Casi seis años más tarde, el 5 de mayo de 1821, moriría aquejado de intensos dolores estomacales que pudieron deberse a un cáncer hereditario o, lo más probable, un envenenamiento crónico con arsénico administrado disuelto en pequeñas dosis, en el vino. En cualquier caso, sabemos que Napoleón estuvo acompañado de médicos y subalternos de confianza durante su exilio en pleno Atlántico y fueron éstos quienes iniciarían la compleja historia de obtener cuando muere, su máscara mortuoria.

Napoleón yace moribundo en su lecho. Isla de Santa Elena, 1821.

Al confirmar la muerte de Napoleón, el gobernador de la isla, Hudson Lowe, ordenó al doctor Archibald Arnott que se encargara del cadáver. Mme. Bertrand, esposa del general Henri Gatien Bertrand (militar muy cercano a Napoleón que estuvo a su lado en Elba, en Santa Elena y que después se encargó de repatriar sus restos en 1840), insistió desde un primer momento en que debía hacerse una máscara, pero al parecer se mostró reacia a que ésta fuera elaborada por un inglés. Entre tanto, los artistas Ensign Ward y Joseph William Rubidge crearon algunos bocetos del cadáver antes de que se descompusiera.

La impresión de la máscara mortuoria se tomó en tres partes y todos los autores coinciden en que las tres piezas quedaron en manos de Mme. Bertrand, con el conocimiento y consentimiento de Francesco Antommarchi, médico personal del emperador.

Al verano siguiente, Antommarchi fue invitado por Mme. Bertrand a su residencia en Europa y entre ambos debieron confeccionar de algún modo el modelo de máscara que hoy conocemos; y de cual se tomaron al menos tres réplicas.

Luego de aquel encuentro, Antommarchi, sabiendo que existía gran veneración en Nueva Orleans por la figura del Emperador, viajó a tierras americanas para establecer allí su residencia. En 1834 el médico ofreció a la ciudad de Nueva Orleans una copia de bronce de la máscara que fuese expuesta en el Cabildo de la ciudad.

Pronto, debido a su fuerte carácter y las enemistades que creó en la ciudad, Antommarchi se vio obligado a trasladarse a La Habana, en tiempos en que la isla de Cuba se encontraba bajo el mando del general Miguel Tacón.

Un primo del doctor Francesco Antommarchi, era propietario de una enorme plantación de café en Santiago de Cuba y todo apunta a que, a fines de 1837 se radica en la ciudad, sitio de fortísima presencia francesa tras la estampida de los colonos franceses al triunfar la Revolución de Haití. Allí se entrega al estudio de la fiebre amarilla, mal de que muere el 4 de abril de 1838, un año después de su llegada.

Las actas del cabildo y el periódico local de la época, describen que, aunque jamás participó en una batalla, fue enterrado en Santiago con honores militares, incluyendo salvas de artillería.

Todo apunta a que Francesco Antommarchi fue una persona estrafalaria, de difícil carácter, poco escrupulosa; dada a crear y meterse en problemas por tal de enriquecer. A lo largo de su vida, hizo varias copias del original de la máscara mortuoria de Napoleón, para personas con altos cargos, con el ánimo de ganar prebendas y favores.

Durante su corta estancia en la ciudad de Santiago de Cuba, la muerte le sorprendió al año de estar radicado en la ciudad, obsequió poco antes de morir la copia original de la máscara de Napoleón al general Juan de Moya. Con posterioridad, las guerras acontecidas en la isla durante aquel período y las necesidades económicas, hicieron que la familia vendiera la máscara al general José Lacret y Morlot.

A partir de este momento, se pierde el rastro de la valiosa e histórica pieza, que algunos afirman, sin que haya sido posible verificar la fuente, que fue adquirida muchos años después por Don Facundo Bacardí Massó y su esposa, Amalia Moreau, propietarios de la famosa destilería de ron en Santiago de Cuba, para finalmente, tras la nacionalización de las propiedades de Bacardí en Cuba, al triunfo de la Revolución Cubana de 1959, pasar a engrosar las piezas del Museo Napoleónico de la Ciudad de la Habana.

Otras versiones aseguran que la máscara perteneció a la colección del multimillonario azucarero Julio Lobo Olavarría, sin especificar dónde, cuándo y cómo pudo adquirir la valiosa máscara.


Cuba es una isla tropical mágica y a su enorme patrimonio de hechizos y fantasías, nuestro blog debe el nombre. Prueba testimonial y buen ejemplo de todo cuanto os digo, en la presencia del Museo Napoleónico de La Habana, el más grande conocido fuera de Francia, llegándose a afirmar, que las colecciones del museo, constituyen la más extensa y variada muestra pública de piezas de la época napoleónica, existente en la actualidad. Hecho este “Real y a la vez Maravilloso”.

El Museo Napoleónico, fundado el 1 de diciembre de 1961, ocupa el edificio que fuera vivienda del acaudalado político italo cubano Orestes Ferrara. Esta mansión, cuyo estilo arquitectónico imita un palacio renacentista florentino del Siglo XVI, fue construida entre 1926 y 1929. Su diseño estuvo a cargo de la firma Govantes y Cabarrocas y la mayor parte de los materiales utilizados en la construcción del ostentoso palacete de cuatro plantas, fueron traídos desde Italia.

Bautizada por su dueño como la “Dulce morada, (Dolce Dimora)”, constituye un ejemplo singular de la vivienda ecléctica habanera, donde se conjuga la sobriedad de lo clásico del Renacimiento con una cierta imagen de fortaleza.

El Museo Napoleónico de La Habana, es una institución especializada en “Arte Imperio”, catalogada como una de las cinco más importantes del mundo y única de su tipo en Cuba. Atesora más de 7 400 piezas pertenecientes a Napoleón Bonaparte o relacionadas con su contexto histórico, que incluyen pinturas, grabados, esculturas, muebles de estilo, trajes, equipo militar y armamento, artes decorativas, objetos históricos y una extraordinaria colección de libros raros y valiosos en idioma francés, inglés y español.

Sus valiosos fondos constituyen una extensa y variada colección de objetos de la época napoleónica. También se exhiben objetos personales que pertenecieron al emperador o relacionados con su vida, que abarca distintos períodos del Imperio Napoleónico, el reinado de los Borbones, la Revolución Francesa, el ascenso de Bonaparte al poder, el Consulado, el Imperio, el momento de las principales batallas, el regreso de la isla de Elba y la batalla de Waterloo.

Multimillonario azucarero Julio Lobo Olavarría junto a su colección particular de libros napoleónicos.

Las galerías del Museo Napoleónico ocupan las cuatro plantas del edificio. Sus fondos provienen fundamentalmente de la colección del hacendado cubano Julio Lobo Olavarría, a la que se añaden obras donadas, compradas por la institución y recuperadas por el Estado.

Máscara mortuoria de Napoleón Bonaparte. Museo napoleónico de La Habana.

Los visitantes del museo, pueden contemplar hoy, en la tercera planta del suntuoso palacete, reliquias del prisionero de Santa Elena, entre ellas la mascarilla que trajera a Cuba Francesco Antommarchi.

Nuestra isla está llena de historias mágicas. El viaje alado de la máscara mortuoria del emperador Napoleón Bonaparte, desde la lejana isla de Santa Elena hasta la cuidad de La Habana, es prueba de ello. ¿Lo consideran así?

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9 respuestas a “Napoleón Bonaparte visita La Habana

  1. Como habitual agradezco y disfruto tus artículos, quizás un poco más hoy (día dedicado a la salud) y por haberme leído hace poco «Personas Decentes» del imprescindible Padura… Seguro, de leerte, también disfrutaría estas viñetas sobre el controvertido Napoleón… Un abrazo fuerte!

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  2. Excelente artículo, abarcador y a la vez muy profundo, puro arte el del redactor de Lo Real Maravilloso, para hoy regalarnos esta joya napoleónica, a través, de su blog, es, además, como si estuviera a su vez, haciendo un excepcional regalo, a todos los médicos que a diario acceden a Lo Real Maravilloso.
    Aprovechando el ambiente, que propició y recreó, con lujos de detalles, el autor del artículo, lo felicitamos personalmente, en el Día del Médico, y con el propio artículo presentado hoy, supongo que, a exprofeso, vemos como ama, honra y siente orgullo, por su bella profesión.
    Utilizando este canal de comunicación, queremos felicitar en su día, a todos los médicos, que leen Lo Real Maravilloso.
    Muchas Gracias, Dr, amigo y vecino.

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