«La Cubana, La Tijera, La Mariposa: no eran tiendas — eran los apellidos de un pueblo.»
«Hay pueblos que se levantan con ladrillos y pueblos que se levantan con nombres. El Quince y Medio fue de los segundos: antes de tener calles tenía apellidos —Fong, Hernández, Méndez, Oviedo, Durán— y antes de tener historia tenía una medida: quince kilómetros y medio, la distancia exacta entre el batey y el puerto de Júcaro.

«Las mañanas olían a melaza y a café recién colado. El silbato del central partía el aire a las cinco, y por la calle Línea empezaba el desfile: el jornalero con su mocha al hombro, el bodeguero levantando la persiana de madera, el chino del tren de lavado con su plancha de carbón. Aquel pueblo, nacido en 1906 alrededor del ingenio, había tenido ya seis nombres —Finca La Vega, Villamar, José Miguel Gómez, Silveira, Simón Reyes— antes de quedarse con el que era una medida. Como si el destino le hubiera puesto número de kilómetro en vez de nombre de pila.
«En 1909, antes de ser presidente, el general José Miguel Gómez —que había administrado la empresa azucarera— visitó el poblado y dijo: «Aquí levantaremos el pueblo más lindo y próspero de Cuba». Y por un tiempo pareció profecía cumplida. La primera molienda del Stewart, en febrero de 1908, necesitó tres mil braceros; en la segunda fueron entre cuatro y cinco mil. «La gente empezó a mudarse y aquello parecía una feria —recordaría después un cronista—. Esperábamos matar el hambre vieja con el ingenio.»
«Pero la prosperidad tenía su letra pequeña: los jornales se pagaban con vales, canjeables solo en «La Comercial», la tienda de la compañía. Y sin embargo el pueblo creció, porque los hombres sueñan aunque les paguen en papel. En 1915 ya se hablaba de hacerlo municipio: ciento cincuenta casas de comercio, dos centrales, dos puertos, ciento veinte mil pesos al año en impuestos.
«Y entonces la calle Línea se llenó de nombres propios, que son lo que de verdad queda cuando el azúcar se acaba.
«Estaba Julio Fong, que llegó joven de China, trabajó en un tren de lavado en La Habana y en una bodega en Chambas, y levantó «Fong y Compañía»: dos bodegas —una en el Quince y Medio, otra en el batey del Stewart—, máquina, camión, finca de cinco caballerías. Su chalet sigue en pie frente al parque Antonio Maceo, mirando el pueblo que ayudó a vestir. Estaba Jo Wen con «La Oriental», y Lion Wo Chong con «La Mariposa» —tienda mixta, bar, restaurante y hotel—, y Santiago Lichá con «La Campana».
«Estaban los canarios, que nunca faltan donde hay caña: Gabriel Méndez Delgado con «El Diez de Octubre», Valentín Corso con su bodega, Manolo Bautista con su ferretería. Estaba Juan Hernández, de Manacas, con «La Cubana» en plena calle Línea desde 1937. Estaba José Ramón Llenderrosos con la ferretería «La Tijera», de seis mil pesos de capital, y Dalia Ferreiro Estévez, matancera, con la panadería «El Modelo» en la calle Martín. Y José Epifanio Oviedo, habanero, con su cantina «El sol sale para todos» —nombre que parecía un amanecer prometido—, y el billar «Los comandos» de Andrés Hernández Castro.
«Las mujeres sostenían el andamio invisible: Estrella Echeverría Acosta abrió farmacia en 1933; Diony Durán y Concepción Mañaricúa llevaron «Casa Durán» con tradición asturiana; las lavanderas y las fondas alimentaban al pueblo entero. Sin ellas, la calle Línea habría sido solo una hilera de mostradores.
«Había barberos —Nemecio Andino, Pastor Águila Juvier, que después fue maestro y poeta—, carniceros como Hilario López Alonso, que iba en su bicicleta «Niágara» hasta sus potreros de San Fernando, y un hotel, el «Unión» de Benigno Medina Castro, donde aún se distinguía en una pared el fresco de un pintor matancero. Y como el dinero no abundaba, la gente compraba «fiado», a crédito, con la palabra como única garantía. En los pueblos que crecen de verdad, la confianza también es moneda.
«¿Y la fonda de Chachín? Cuenta la memoria de mi casa que existió, y la memoria de las casas no necesita archivo para ser verdad del corazón. ¿Quién de los viejos del Quince y Medio la recuerda? Que lo diga aquí, que los comentarios también son historia.
«No todo fue feria, porque ningún paraíso lo es del todo. En 1956 el Stewart dejó caña sin moler —catorce millones de arrobas en pie— y los obreros perdieron días de zafra. Y el 9 de abril de 1958 el comercio cerró sus puertas, bloquearon la carretera sacándole el vapor a una locomotora, volaron un transformador y ardieron colonias cañeras, entre ellas Galleguitos. El cielo, que había sido tan azul sobre la chimenea, empezaba a nublarse.
«Pero eso —el cielo cerrándose— es la entrada de pasado mañana. Hoy quedémonos con la calle Línea en su esplendor: con sus chinos y sus canarios, sus bodegas y sus billares, sus mujeres al frente y sus hombres soñando. Con un pueblo que se midió en kilómetros y se nombró en apellidos.
«Con un abrazo fraterno que nos une en esta travesía que se llama vida.»
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«Fuentes: crónica «El Quince y Medio no era mero accidente geográfico» (OnCuba, 2023, con Registro Mercantil de Ciego de Ávila y Archivo Histórico Provincial); «El Stewart: despertar de un coloso azucarero» (OnCuba, 2023); tesis UNIA sobre la Trocha; notas familiares del autor. La fonda de Chachín: tradición oral, sin rastro documental.»
