
En la madrugada posterior al 13 de marzo de 1968, las persianas de la calle Línea bajaron para no volver a subir. La bodega «La Cubana», la ferretería «La Tijera», la cantina «El sol sale para todos» —nombres que habían sido promesas— amanecieron intervenidas, una por una, en todo el país: cincuenta y cinco mil seiscientos treinta y seis pequeños negocios en una sola ofensiva. El bodeguero se hizo obrero agrícola por decreto; al barbero le quitaron las tijeras. Hasta los técnicos de la Europa del Este, cuentan, no comprendían cómo quitarle la chaveta a un zapatero podía ayudar a construir nada.
Y la fonda de Chachín —esa que la memoria de mi casa juraba que existió— bajó su persiana con las demás, si es que alguna vez la tuvo. Que los viejos del Quince y Medio me perdonen la pregunta: ¿alguien la vio cerrarse?
El cielo se había ido cerrando por partes, como se cierran los cielos de verdad: primero una nube, después otra. Los Camacho, que habían llegado al Quince y Medio huyendo de la ruina de la guerra del 95, vieron cómo la prosperidad que levantaron se deshacía entre los dedos de las generaciones. Mi abuelo Pedro César había liquidado el patrimonio de Matanzas para sembrar en tierra nueva; sus nietos verían la tierra cambiar de manos sin que nadie les preguntara.
Después vino el silencio de los bateyes. El 10 de abril de 2002 se anunció la reestructuración azucarera: de ciento cincuenta y seis centrales quedaron unos sesenta; más de cien mil plazas de trabajo se evaporaron; más de cien bateyes se convirtieron en pueblos fantasmas. Los bateyes alojaban a la décima parte de la población cubana. Un azucarero de treinta años en la industria, al ver cerrar su central, lo dijo como solo lo dice un cubano: «Fue como si te dieran un tiro en el medio del corazón».
Y entonces empezó la diáspora de verdad, la quinta ola, la que no tiene central ni zafra que la explique: se fue la juventud. Entre 2021 y 2024 llegaron a los Estados Unidos setecientos treinta y ocho mil cubanos; el setenta y siete por ciento tenía entre quince y cincuenta y nueve años, y más de la mitad eran mujeres. Se fue la edad de tener hijos, se fue la edad de cuidar a los padres. Antes habían sido Mariel en 1980 —ciento veinticinco mil en seis meses— y los balseros del 94. Cada generación inventa su manera de cruzar el agua, jijiji, dolorosa nuestra realidad.
Y hubo también un viaje de regreso, por la vía de los papeles: la Ley de Nietos. Trescientos cincuenta mil cubanos iniciaron el trámite en La Habana buscando el acta de nacimiento de un abuelo español; se pagaban hasta quinientos euros por una cita en el consulado. La puerta se cerró el 22 de octubre de 2025 a las 23:59. Quien alcanzó a cruzarla, cruzó; quien no, se quedó mirando el mar.
Aquí es donde la literatura —que es la otra manera de decir la verdad— me presta su mejor imagen, y me la presta el padre que da nombre a este blog: Alejo Carpentier. En su cuento «Viaje a la semilla», de 1944, don Marcial vive su vida hacia atrás: desenvejece, se descasa, descrece, hasta volver al vientre materno, a la semilla. Desnace, dicen los que estudian el cuento, no muere.
Pues eso hicieron los Camacho sin saberlo: ciento cincuenta años después de que Antonio cruzara el Atlántico hacia Cuba, sus descendientes desanduvieron el viaje hacia Canarias y España. El nieto volvió al punto de partida del abuelo. El tiempo, que en Macondo siempre vuelve, aquí también volvió —solo que al revés, como en el cuento.
Queda la pregunta que me hago cada noche, a la luz del respaldo, con Cuba entera a oscuras: ¿qué se llevan los que se van y qué dejan los que se quedan? Se llevan la semilla, digo yo. Y los que nos quedamos guardamos la tierra donde la semilla nació. Algún día —¿quién sabe?— la diáspora y la orilla volverán a ser la misma cosa, como al principio, cuando un apellido aprendió a cruzar mares.
Con un abrazo fraterno que nos une en esta travesía que se llama vida.
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Fuentes: discurso del 13 de marzo de 1968 y cifra de 55.636 negocios (Granma, vía Cubaencuentro); Resolución 47/1968 (Gaceta Oficial); reestructuración azucarera «Álvaro Reynoso», 10-abr-2002, y bateyes fantasmas (Horizonte Cubano, Universidad de Columbia); testimonio del azucarero (OnCuba); migración 2021–2024: 738.680 (UNAV Global Affairs); Ley 20/2022 de Memoria Democrática y cierre del plazo el 22-oct-2025 (BOE y consulados); «Viaje a la semilla», de Alejo Carpentier (1944, en Guerra del tiempo, 1958).
