La tentación de volver atrás.

Hubo un tiempo en que la juventud nos desbordaba: escribíamos cartas interminables, soñábamos con amores absolutos, y la naturaleza era espejo de nuestra alma. Éramos románticos que leíamos con complicidad a Goethe y nos adentrábamos en la piel de Werther, prefiriendo los sentimientos a la fuerza de la razón, aun cuando en ese pulso se nos fuera la vida. Aquella actitud recibió la crítica social, que tachaba la adolescencia en la modernidad y olvidaba —o peor aún, desconocía— el pasado humano y su historia filosófica y literaria.

En la madurez, Goethe culminó su trayectoria con Fausto, obra monumental que resume su visión filosófica y vital: un erudito insatisfecho tras años de estudio y éxitos siente el vacío existencial y busca sentido en la experiencia vital. Se enamora apasionadamente de Margarita, joven inocente y pura, y está dispuesto a negociar su alma con el diablo a cambio de juventud y placer. Fausto es considerado por muchos críticos como la mayor contribución de Alemania a la literatura universal.

Hoy, enriquecidos por la experiencia, triunfadores en nuestras profesiones, con cicatrices y conquistas, nos sorprende la nostalgia: el deseo compulsivo de retroceder en el tiempo y sacrificar todo lo logrado por la simple oportunidad de iniciar un nuevo ciclo vital. Pobre e inexpertos, sí, pero cargados de un romanticismo esencial que nos devolvía la intensidad de lo vivido.

Goethe, rico y triunfador en su vejez, sintió igual tentación, y así lo escribió en el Fausto: un sabio cansado de la erudición, dispuesto a pactar con el Diablo para recuperar la vibración de la vida perdida. No buscaba solo placer, sino la llama del amor, esa chispa que nos hace sentirnos vivos.

¿No es esa la misma tentación que nos ronda ahora? Volver a la juventud romántica, aunque sea por un instante, aunque sea a costa de negociar con el diablo de la memoria. Pero la lección de Goethe es clara: no necesitamos pactos oscuros. La pasión de la juventud permanece en nosotros como perfume que regresa con la lluvia, como música que despierta lo que creíamos dormido.

La poesía, la amistad y la fe en el amor que se reinventa son caminos más luminosos para reencontrar esa llama. El Fausto nos recuerda que la verdadera redención no está en el pacto, sino en la capacidad de abrirnos de nuevo a la vida, con la misma intensidad de quienes fueron románticos en su juventud y hoy, desde la madurez, descubren que todavía pueden serlo.


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