Soy el enamorado eterno de La Habana Vieja.

Para nadie es un secreto que soy un enamorado eterno de La Habana Vieja y de su gente. Sus calles adoquinadas, que bajo el peso de los siglos han vivido y llorado la historia de la isla, parecen respirar en un susurro antiguo, contando secretos a quienes sepan escuchar. Cada esquina, cada callejuela, cada balcón que se asoma a la bahía, está impregnado de un alma colectiva que resiste el paso del tiempo.

Las fachadas coloniales, ahora cubiertas por un barroco fatigado, saben que la belleza es efímera. La nostalgia por lo que fue y la esperanza inquebrantable por lo que puede ser es hoy la energía remanente que alimenta a los cubanos y los compulsa a resistir.

Las costumbres de la colonial urbe se han enraizado en los adoquines. Aunque el paso del tiempo se infiltra en cada rincón, el alma de La Habana resiste. En cada festejo popular improvisado, en cada baile, en cada verso lanzado al aire como agónico suspiro, se reafirma un compás de vida que, aunque se transforma, nunca deja de ser el mismo. La Habana Vieja es un lugar donde el tiempo no es una línea recta, sino un círculo encantado que envuelve a quienes se atreven a sumergirse en su abrazo.

Arte urbano. La Habana Vieja; urbanización que se renueva a sí misma gracias a la inspiración y creatividad artística de sus habitantes.

Las muchas necesidades materiales de los cubanos han impulsado una creatividad que desafía la escasez. En lugar de rendirse ante la falta, los habaneros, como alquimistas de la supervivencia, han convertido la necesidad en arte. Han logrado lo que muchos considerarían imposible: pintar con creatividad las huellas de su vida, esas marcas que la pobreza, el tiempo y la nostalgia dejan sobre las fachadas. Son rostros de una ciudad que se resiste a caer, aunque las grietas crezcan como cicatrices que no terminan de sanar.

El arte en La Habana Vieja no es un lujo, es una necesidad del alma. La falta de recursos ha obligado a los habaneros a ser maestros en la restauración, tanto de objetos materiales, como de los recuerdos. Esto puede apreciarse en las fachadas transformadas en lienzos, imaginarios donde el pasado se mezcla con el presente y los colores danzan en una muestra de resiliencia y belleza.

La Habana Vieja no es una ciudad que se desmorona, me resisto a ello, es una urbanización que nunca deja de renovarse, donde cada rincón, aunque envejezca, sigue siendo un testimonio de la capacidad humana para transformar el dolor en belleza.

Al final del viaje, el forastero agotado por el calor caribeño, puede apreciar que las casas, los balcones y las calles se convierten en un museo de la vida, en una galería de arte espontáneo que desafía las leyes de la estética convencional. En cada grieta, en cada rincón pintado con lo que el destino puso a la mano, La Habana se reinventa, se reinterpreta y, sobre todo, se celebra. Porque la mejor forma de pintar las ruinas de la vida consiste en utilizar los colores de la esperanza.


Las fotografías que hoy les nuestros las tomé al azar años atrás, en uno de mis románticos paseos al corazón colonial de la ciudad. Son capturas efímeras de la vida cotidiana, fragmentos de la urbe que se escapan entre los dedos del tiempo. No recuerdo con precisión la ubicación de las imágenes que he seleccionado, como suele ocurrir en este rincón del mundo donde el tiempo y el espacio se disuelven en memorias fragmentadas, pero sé que pertenecen a viviendas habitadas de La Habana Vieja, ese rincón legendario donde cada ladrillo tiene una historia que contar.

Lo que más me cautiva de esas fachadas es el uso singular de los colores primarios, como si la ciudad, en su lucha constante por sobrevivir, hubiera decidido robarle los colores al universo y esparcirlos, casi a la fuerza, sobre las paredes que piden a gritos un poco de dignidad. El rojo, el azul y el amarillo, básicos y vibrantes, aparecen de manera irreverente, como manchas en un lienzo pintado sin la preocupación de la perfección, pero con la urgencia de transmitir un mensaje de vida.

Caminado por las calles de La Habana Vieja, pude imaginar que los balcones y fachadas se erigen como testigos mudos de una historia impregnada de matices, mientras sus colores primarios – rojos, azules y amarillos – parecen robados del mismo lienzo del universo. En cada trazo de pintura, arrojado con desespero y urgencia sobre paredes que anhelan dignidad, hay una lucha silenciosa por la supervivencia. Así pude imaginar, que al igual que los pinceles de Piet Mondriaan, con su rigurosa simplicidad y fuerza cromática, buscaron capturar la esencia misma del cosmos en sus formas geométricas, las fachadas de La Habana Vieja gritan al mundo su propia resistencia.

Piet Mondriaan (Amersfoort, 7 de marzo de 1872 – Nueva York, 1 de febrero de 1944). Composición en rojo, amarillo, azul y blanco, 1921.

En un primer momento, sentí pena por mi terca imaginación al comparar la policromía de un Mondriaan con las inspiradas fachadas de viviendas pintadas sin recursos. Hoy, reafirmo mi impresión primaria y dejo a ustedes la emisión de opiniones y juicios.

El arte urbano, es sinónimo de resiliencia y creatividad artística adaptativa en respuesta a las dificultades.

Como en las páginas de Gabriel García Márquez o Alejo Carpentier, donde lo mágico y lo real se entrelazan, en La Habana Vieja, la ciudad y su gente parecen haber entrado en una danza eterna de colores y memorias. Los trazos de rojo, azul y amarillo que salpican las paredes no son meros caprichos estéticos, sino la expresión desesperada de una ciudad que, con poco, decide vestirse de vida y dicha. Es un acto de rebelión y de esperanza, que constituye un reflejo de la capacidad de sus habitantes para transformar la decadencia en una paleta vibrante que celebra la razón misma de la existencia.

Las casas se adornan con los fragmentos de vida que los habaneros tienen a mano, y esos detalles, aunque humildes, son huellas de una creatividad sin límites. Observe, la calle adoquinada siglos atrás, al pie de la fachada.

En este juego caprichoso del destino, las fachadas pintadas al azar se convierten en una metáfora viviente de un pueblo que, a pesar de todo, sigue encontrando belleza y arte en lo cotidiano. Así, al caminar por las calles de La Habana Vieja, uno no puede evitar sentir que está presenciando un cuadro en movimiento, un homenaje perpetuo a la capacidad humana de encontrar luz y color en los rincones más inesperados del alma.


Es la paradoja de La Habana Vieja: la belleza del caos, el orden en la desorganización, la vida que sigue fluyendo a pesar de la decadencia. Cada fachada pintada de forma improvisada con esos colores remanentes del azar, es una obra de arte al aire libre, un testimonio visceral de lo que significa vivir aquí: encontrar belleza en lo que parece irremediablemente imperfecto, pintar el mundo con los colores que nos da la vida, aunque lleguen de manera desordenada como bendiciones de procedencia desconocida. La Habana Vieja se pinta así, con lo poco que queda hoy, pero también, con lo mucho que sigue siendo, en su espíritu inquebrantable de seguir existiendo, a pesar de todo.

Leer más en los siguientes enlaces:

#LoRealMaravilloso

#ArtesVisuales

#HondaDeDavid

#Existencialismo

#HistoriaMágica

#PeriodismoCrítico

#Aesthetic

#Historia

#Arquitectura

https://www.volfredo.com/


10 respuestas a “Soy el enamorado eterno de La Habana Vieja.

Deja un comentario