Isadora Duncan en el ocaso de sus días.

A Isadora no le gustaban los aspectos comerciales de la actuación pública, como las giras y los contratos, porque sentía que la distraían de su verdadera misión, la creación de belleza y la educación de los jóvenes.

En 1904, Isadora abrió una escuela de danza en Berlín, donde enseñaba a un grupo de niñas huérfanas y pobres. Esta institución fue el lugar de nacimiento de los «Isadorables»; Anna, Maria-Theresa, Irma, Liesel, Gretel y Erika; protegidas a las cuales adoptó y entregó sus apellidos en 1919, y luego, continuaron su legado.

Isadora Duncan junto a las “Isadorables”, jóvenes de escasos recursos que adoptó y dio su nombre y luego perpetuaron su legado.

En 1913, Isadora se mudó a Grecia con su amante Paris Singer, un millonario heredero de la empresa Singer de máquinas de coser. Allí construyeron un templo dedicado a la danza y a la cultura griega, donde Isadora pretendía crear una nueva civilización basada en el arte y la libertad. Pero el sueño se derrumbó cuando estalló la Primera Guerra Mundial y Singer tuvo que regresar a Estados Unidos.


Latinoamérica nunca la aceptó.

El fracaso financiero no fue el revés único de las escuelas de danza creadas por Isadora, que también se vieron afectadas por el estallido de la Primera Guerra Mundial. En 1916, visitó a la ciudad de Buenos Aires por primera vez; precedida de una revolución de opiniones.

La bailarina californiana tenía en ese momento 38 años y su fama y su éxito habían alcanzado, en Europa, alturas extraordinarias; pero el golpe atroz que representó para ella era la muerte en 1913 de sus hijos, en un accidente de auto en París, alteró su vida de una manera definitiva. A partir de entonces, las extravagancias de Isadora; que incluían una despreocupación completa por el dinero, se volvieron más acusadas y lo mismo ocurrió con su desinterés por las convenciones sociales.

El barco que la transportaba desde Río de Janeiro atracó en Buenos Aires a principios de julio e Isadora se encontró con una primera dificultad: las cortinas y alfombras que acompañaban sus recitales no habían llegado y tuvo que encargar otras nuevas porque la primera presentación estaba programada para pocos días más tarde. El costo era aproximadamente de 4000 dólares y como no tenía efectivo para afrontar este gasto inesperado, arregló pagar a crédito. Las partituras orquestales de sus programas también estaban en viaje desde Francia, pero fue fácil reemplazarlas gracias a la ayuda del director del Conservatorio de Buenos Aires, que prestó las copias originales de la biblioteca de la institución.

Los espectadores de su primer concierto, el 12 de julio, recibieron las danzas de Isadora con frialdad. El público porteño estaba acostumbrado al lenguaje del ballet, aun en sus formas renovadoras. Vaslav Nijinsky con los Ballets Rusos se habían presentado en el Teatro Colón tres años antes con un éxito colosal; y esto afectó la aceptación de la libre y espontánea técnica de Isadora.

En víspera del segundo concierto, visitó con un grupo de amigos un club nocturno y allí, impulsada por la excitación del momento, se lanzó a bailar el himno nacional. Al día siguiente el gerente del Coliseo adujo que ella había faltado al contrato con él, al ofrecer esa actuación imprevista y amenazó con anular el próximo concierto. Fue necesario todo el tacto de Dumesnil, director musical de la gira, para que el gerente volviera atrás en su decisión.

Otras dificultades se avecinaban. Isadora quería dedicar a Wagner su tercer programa y su director musical, que era francés, se negó a cooperar. Dumesnil tenía una licencia del ejército de su país y consideró que provocaría censuras si en tiempo de guerra participaba en un programa con obras de un compositor alemán. Pero, aunque consiguieron otro director, el programa wagneriano alejó a muchos de los admiradores de Isadora, del mismo modo que los pro alemanes se hubiesen visto afectados por su interpretación de La Marsellesa. Durante el concierto, algunos de los espectadores comenzaron a hablar en voz alta. Isadora dejó entonces de bailar y se dirigió a ellos de manera airada, gritándoles que ya le habían advertido que los sudamericanos no entendían nada de arte: «No son más que negros», les increpó, utilizando para ello formas verbales muy despectivas. Este acontecimiento determinó que el administrador cancelara las funciones restantes. Esta proverbial falta de tacto social hizo mucho daño a la Duncan durante su estancia en Argentina, haciendo de la gira, tan necesaria para su economía, un fracaso total.

Antes de partir para Montevideo, Isadora tuvo que dejar su abrigo de armiño y sus pendientes de esmeraldas como garantía del pago del hotel, pago que nunca pudo efectuar. La piel y las joyas habían sido regalos de su examante Paris Singer, un hombre extraordinariamente rico, heredero del imperio Singer de las máquinas de coser, el cual había financiado muchas de las aventuras artísticas de Isadora, impidiendo que terminaran en desastres.


Moscú vuelve la espada a Isadora.

En 1924, Isadora fundó una nueva escuela de danza en Moscú, con el apoyo del gobierno soviético. Allí continuó enseñando su estilo de danza libre y expresiva a un grupo de jóvenes bailarinas. Sin embargo, el proyecto pronto se vio afectado por las dificultades económicas y políticas del país. Isadora se sintió decepcionada por el régimen comunista y por su falta de libertad artística.

En 1921 conoció a la bailarina Isadora Duncan, con quien protagonizó un famoso romance, publicitado como el amor entre el poeta campesino de la revolución y la diva.

A finales de 1924, Isadora, ya divorciada de su esposo ruso Sergei Yesenin, abandonó la Unión Soviética. Un año más tarde supo, por la noticia publicada en los periódicos, que su exmarido se había quitado la vida.

La aventura rusa de la Duncan no solo terminó en fracaso desde el punto de vista sentimental. Si bien, al principio se había compenetrado a la perfección con sus interlocutores, entusiasmados con la idea de poner en marcha la primera “Escuela de Danza Futura de Moscú”, más tarde esta iniciativa no fue bien acogida por ciertos dirigentes soviéticos que ya empezaban a mostrar los síntomas del anquilosamiento burocrático que luego sería proverbial en el sistema comunista.

En 1926, abandonó la escuela de danza y Rusia para siempre, hecho que en occidente no logró convencer y dio paso a su reputación de agente bolchevique y simpatizante del comunismo, lastre que le persiguió de por vida, con grave daño para sus finanzas.

De regreso a Europa, tampoco los empresarios capitalistas parecieron entusiasmarse con sus proyectos. Además, sus opiniones ateas, su actitud favorable hacia la Revolución Rusa y su evidente aceptación del amor libre, no eran cualidades que la opinión pública occidental, a la defensiva después de la eclosión comunista, valorase positivamente.

Isadora decidió volver a los escenarios y ofreció una serie de recitales que resultaron un fracaso; el público fidelísimo que hasta la muerte de sus hijos la había llevado en volandas comenzó a fallarle; las salas la recibieron semivacías, silenciosas y heladas. Finalmente, admitido el fracaso, Isadora decidió refugiarse en Niza, donde terminó su autobiografía y preparó la edición final de “El arte de la danza”, libro con el que pretendía ofrecer una síntesis de sus enseñanzas.

Hacia el final de su vida, la carrera de Isadora había declinado abruptamente. Fueron para ella tiempos de serios problemas financieros y escándalos sentimentales, acompañados por algunos episodios de embriaguez pública. Todo esto la fue alejando de sus amigos y admiradores, y finalmente, de su propio arte.

Isadora vivió sus últimos años entre París y la costa del Mediterráneo, dejando deudas considerables en hoteles o pasando cortos períodos en apartamentos alquilados. Algunos de sus amigos trataron de convencerla para que escribiese su autobiografía, con la esperanza de aliviar un poco su ya preocupante situación económica.

En 1927, Isadora publicó su libro autobiográfico “Mi vida”, donde relataba sus experiencias personales y profesionales, sus amores y sus ideales. El libro tuvo una buena acogida en Europa, pero fue censurado y prohibido en Estados Unidos por su contenido erótico y político. Isadora no pudo beneficiarse de los derechos de autor ni de la difusión de su obra en su país natal.

La autobiografía de Isadora Duncan fue finalmente publicada en 1927, poco después de su muerte en un trágico accidente automovilístico; y no contribuyó al esperado beneficio económico de la excéntrica bailarina, en los últimos años de su agitada y endeudada vida.


El fracaso financiero y la pérdida de popularidad al final de la vida, pueden ser analizados ahora con objetividad, luego de nuestro amplio recorrido a través de la vida y obra danzaría de Isadora Duncan. Su estilo de danza libre y expresiva, que había sido revolucionario e innovador en sus inicios, fue perdiendo interés y aceptación entre el público y la crítica, que preferían otras formas de danza más clásicas y reposadas.

Su vida personal estuvo marcada por el escándalo y la controversia, debido a sus múltiples relaciones amorosas, su apoyo al comunismo, su bisexualidad y su ateísmo manifiesto. Estos aspectos le generaron rechazo y censura en amplios sectores de la sociedad, especialmente en Estados Unidos, donde su autobiografía fue prohibida por su contenido erótico y político.

A pesar del mucho apoyo recibido de sus amantes y admiradores, su situación económica siempre fue precaria; gastaba más de lo que ganaba y no administraba bien sus recursos, razón por la cual acumuló grandes deudas y un enorme descrédito en los hoteles donde se alojaba.

A lo largo de su carrera, tuvo que cerrar o abandonar varias las escuelas de danza que creaba, por falta de fondos o de apoyo financiero o peor, por falta de finanzas que tuvo en la mano y pronto dilapidó en sus extravagancias y desenfrenos.

A final de sus años, que no superaron los 50, su salud física y mental se deterioró por el consumo excesivo de alcohol, así como por el impacto emocional de las tragedias que sufrió, como la muerte de sus tres hijos y el suicidio de su exmarido, Serguéi Yesenin. Su estudiado aspecto de diosa voluptuosa y sensual a semejanza griega, dio paso a una nueva Isadora, descuidada y envejecida, erosionada por los años y su frenética forma de vivir.

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