Historia real de una pintura maldita.

“El hombre propone, Dios dispone” es un óleo sobre lienzo de 1864, inspirado de la expedición de Sir John Franklin, quien partió de Inglaterra como capitán de dos embarcaciones en 1845, con dirección el Ártico, para nunca más volver.

El cuadro muestra a dos osos polares rindiendo cuenta de los restos de la expedición (un telescopio, un mástil caído con los restos hechos jirones de la vela y huesos humanos).

Sir Edwin Landseer (1802 – 1873) fue un destacado pintor y escultor victoriano, que obtuvo reconocimiento por obras centradas en animales, caballos, venados y perros pertenecientes a la realiza británica, aunque su trabajo más conocido es escultórico: los cuatro leones que protegen la Columna de Nelson en Trafalgar Square.

Sir Landseer contó en vida con el favoritismo de la Reina Victoria, quien le encargó que inmortalizara a sus mascotas, y luego le pidió que la retratara, tanto con sus animales queridos, como sola y en compañía del rey Alberto. Esta es la razón por la cual, sus obras pueden encontrarse en la Tate Britain, el Victoria and Albert Museum (obviamente), el Kenwood House y la Colección Wallace.

“El hombre propone, Dios dispone. Colección Royal Holloway, Universidad de Londres.

Por razón desconocida, “El hombre propone, Dios dispone”, no se encuentra junto a las obras del pintor en los museos reales, sino en la colección de Royal Holloway, en una de los decorados salones de la Universidad de Londres.

A principios del siglo pasado un estudiante de la universidad que se preparaba para rendir un examen, se sentó frente a la obra y luego de unos minutos se clavó un lápiz en el ojo. Sobre una hoja en blanco había escrito: “Los osos polares me obligaron a hacerlo”.


La expedición perdida fue un viaje fallido de exploración británica del Ártico, dirigido por el capitán sir John Franklin, que partió de Inglaterra en 1845. Franklin era un oficial de la Armada Real y un experimentado explorador que ya había participado anteriormente en tres expediciones árticas, las dos últimas como comandante en jefe. Su cuarta y última expedición comenzó cuando ya contaba 59 años, y tenía como objetivo atravesar y explorar el último tramo del Paso del Noroeste, aún inexplorado. Franklin y los 128 miembros de la tripulación murieron al quedar sus barcos atrapados en el hielo en el estrecho Victoria, cerca de la Isla del Rey Guillermo, en el Ártico canadiense.

La expedición perdida de sir John Franklin. Óleo sobre lienzo.

Presionado por la esposa de Franklin y por los familiares de los desaparecidos, el Almirantazgo inició en 1848 la búsqueda de los restos de la expedición y posibles sobrevivientes. Animadas en parte por la fama de Franklin, y en parte por la recompensa ofrecida por el Almirantazgo, muchas expediciones se lanzaron a su búsqueda. Tan solo en el 1850 se enrolaron en la búsqueda once buques británicos y dos estadounidenses. Varios de estos buques convergieron en la costa este de la isla Beechey, donde se encontraron los primeros vestigios de la expedición, incluyendo las tumbas de algunos tripulantes.

Tumba de tripulantes de la expedición perdida de Franklin en isla Beechey.

En 1854, el explorador John Rae, que realizaba una exploración científica desde la costa ártica de Canadá al sureste de la isla del Rey Guillermo, pudo contactar con los esquimales que le refirieron algunas historias sobre los tripulantes de la expedición de Franklin y además le dieron algunos de sus objetos personales que aún conservaban. Una búsqueda dirigida por Francis Leopold McClintock en 1859 descubrió una nota en la isla del Rey Guillermo, que habían dejado allí con detalles sobre el destino de la expedición. La búsqueda continuó infructuosamente durante décadas.

En 1981, un equipo de científicos dirigido por Owen Beattie (profesor de antropología en la Universidad de Alberta), comenzó una serie de estudios científicos de las tumbas, los cuerpos, y otras pruebas materiales dejadas por los miembros de la tripulación de Franklin en las islas de Beechey y del Rey Guillermo.

Los estudios del FEFAP sobre el terreno, con las correspondientes excavaciones y exhumaciones, duraron más de diez años. El estudio de los objetos y restos humanos de la isla del Rey Guillermo y de la isla Beechey demostró, con alta probabilidad, que los tripulantes falleciesen de neumonía, y quizás también por tuberculosis, que fue sugerida por la evidencia de la enfermedad de Pott descubierta en Braine. Los informes toxicológicos apuntan a un envenenamiento por plomo como posible factor coadyuvante. Se encontraron marcas de corte de cuchillo en los huesos de algunos de los tripulantes, que fueron interpretados como signos de canibalismo. La evidencia sugiere que una combinación de frío, hambre, incluyendo el escorbuto y enfermedades tales como la neumonía y la tuberculosis, todas agravadas por el envenenamiento por plomo, produjeron la muerte de la totalidad del equipo de Franklin.

Después de la pérdida del grupo de Franklin, los medios de comunicación victorianos retrataron a Franklin como un héroe, minimizando el fracaso de la expedición y los informes sobre canibalismo. Se le dedicaron canciones, se levantaron estatuas en su honor en su ciudad natal, Londres, y en Tasmania se le atribuyó el descubrimiento del Paso del Noroeste, aunque en realidad este no fue atravesado hasta la expedición de 1903–06 de Roald Amundsen.


Desde la década de 1850 hasta la actualidad, la fracasada expedición de Franklin ha inspirado numerosas obras literarias y plásticas.

Entre las obras de ficción inspiradas por la fallida expedición, destaca en primer lugar la novela de Julio Verne “Las aventuras del capitán Hatteras” de 1866

Otros tratamientos novelísticos recientes de Franklin son los de Mordecai Richler en “Solomon Gursky estuvo aquí”, “The Rifles” (1994), de William T. Vollmann, “North with Franklin: The Journals of James Fitzjames” (1999), de John Wilson.

La última expedición de Franklin también ha inspirado una gran cantidad de obras musicales, comenzando con la balada «Lady Franklin’s Lament» (también conocida como «Lord Franklin»), que fue compuesta en la década de 1850 y ha sido grabada por decenas de artistas, entre ellos Martin Carthy, Pentangle, Sinéad O’Connor, Pearlfishers y John Walsh.

La influencia de la expedición de Franklin en la literatura canadiense ha sido especialmente significativa. Entre las más conocidas baladas contemporáneas sobre Franklin está «Northwest Passage» (1981), del cantante folk de Ontario, Stan Rogers, que ha sido denominada como el himno nacional no oficial de Canadá.

En las artes gráficas, la pérdida de la expedición de Franklin ha inspirado una serie de cuadros en los Estados Unidos y Gran Bretaña. En 1861, Frederic Edwin Church dio a conocer su gran lienzo “The Icebergs”.

En 1864, el cuadro de Sir Edwin Landseer “El hombre propone, Dios Dispone” causó un gran revuelo en la exposición anual de la Royal Academy, al representar a dos osos polares, uno mordisqueando una ajada bandera y el otro royendo los huesos de un torso humano. La pintura fue considerada como de muy mal gusto, pero aun así sigue siendo una de las más poderosas representaciones gráficas del destino final de la expedición.

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5 respuestas a “Historia real de una pintura maldita.

  1. Historia real de una pintura maldita,
    Publicado el 12 de noviembre, 2022 por “Volfredo.”
    El hombre propone y Dios dispone, 1864de Edwin Landseer.
    Todo el mundo cree hacerlo mejor, pero Dios juzga las intenciones por eso hay que dejar en mano de Dios todo lo que hacer. Las suertes se echan sobre las mesas, pero el veredicto proviene del señor que les habla con la verdad.
    En el arte se otorga el calificativo de “maldito”. al artista de vida Bohemio (no acorde a las convenciones sociales), tortuosa, frenética, autodestructiva, trágica, algo que da como resultado una obra distinta, original, expresionista que ha contribuido mucho a la imagen que todos tenemos de “lo que es un artista.”
    La expedición perdida de Franklin, fue un viaje fallido de exploración británica del ártico, dirigida por el capitán Sir John Franklin, que partió de Inglaterra.

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    1. Existen obras de artes consideradas malditas, por el efecto malévolo que ejercen sobre aquellos que las observan.
      La idea viene de la literatura, donde algunos escritores especializados en novelas de horror como como Edgar Allan Poe: “El retrato oval” y “Berenice” o Oscar Wilde: “El retrato del Sr. W.H”, por ponerte dos ejemplos a vuelo de pájaro recrean de forma morbosa hasta el pánica el tema que nos ocupa.
      Sobre este tópico volveré en varias ocasiones próximamente, existe una fuerte correlación entre el arte, la creatividad, la locura y la literatura de horror. Considero es un tema de descalabros, que al final nos permite explorar los extraños laberintos de la mente humana donde tantos hombres se pierden.

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