Entreguemos el oro a sus dueños legítimo.

La justicia, se representa en las artes visuales, como una mujer que lleva los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en la otra. Los ojos vendados pretenden destacar que la justicia no mira a las personas, sino los hechos, es decir, que la justicia es igual para todos. La balanza representa el juicio que llevará a cabo, poniendo a cada lado los hechos y sopesando los argumentos y pruebas de cada parte. La espada expresa que la justicia castigará con mano dura a los culpables.

Representación alegórica de la Justicia.

El enorme tesoro que yace en el Galeón San José, nos ha mantenido ocupado a lo largo de la semana, analizando de conjunto las evidencias y tratando de esclarecer la verdad, que yace sumergida a 600 metros de profundidad, toca ahora a lo Real Maravilloso hacer Justicia, inspirados por la representación alegórica de la imagen que precede nuestro artículo.

En relación con los reclamos del oro sumergido durante el hundimiento del galeón San José en el año 1708, en la balanza de la Justicia se agolpan muchos contrincantes que tratan de moverla a su favor. De un lado Colombia, que argumenta y alistó sus leyes a favor de reconocer el tesoro hundido como patrimonio nacional, del otro España, que demostró que el galeón hundido formaba parte de su flota naval de guerra y que sus pecios permanecen bajo el amparo de la “inmunidad soberana”, estatuida en resoluciones y acuerdos internacionales de Naciones Unidas.

Agréguese a estos reclamos, que un grupo de empresarios y compañías que jugaron papel protagónico en el descubrimiento del galeón y fueron contradas por el Gobierno de la República de Colombia, reclaman la mitad de los bienes, tal y como fue firmado por las partes al iniciarse la exploración submarina.

Pero la Justicia es ciega, tiene vendados sus ojos; y no es para mantener su equidad como propuso el artista que creo su imagen, venda sus ojos para no ver la realidad, que en esta ocasión ignora. Para lo Real maravilloso, estamos una vez más, ante una de las muchas iniquidades históricas que la humanidad desconoce, mientras la Justicia permanece inmutable sin blandir la espada que imparten su castigo.

El veredicto de lo Real Maravilloso, es único e irrefutable: los dueños legítimos del oro sumergido, son los pueblos originarios de América, que recibieron como pago al robo de sus riquezas naturales, el exterminio genocida de sus poblaciones, que, en nuestro pulcro, impoluto, y ultra moderno sistema de Leyes Internacionales, no fueron tomados en cuenta y siquiera considerados entre las partes que reclaman.

Comprometo mi palabra y os aseguro: no hay una sola cita en las anchas bandas de los navegadores de Internet, que haga alusión, al reclamo del tesoro hundido para beneficio de sus dueños verdaderos, los pueblos originarios de América.


El oro y plata de América.

La “Sierra de la Plata” fue un lugar legendario ubicado en el interior de Sudamérica. Su historia se originó a comienzos del siglo XVI en las costas de Santa Catarina (Brasil), cuando originarios tupiguaraníes informaron a un grupo de náufragos de la trágica expedición de Juan Díaz de Solís sobre la existencia de una montaña llena de metal de plata en el interior del continente donde gobernaba un monarca al que llamaban el Rey Blanco.

El primer europeo en encabezar una expedición al mencionado lugar fue el náufrago Alejo García quien logró atravesar casi todo el continente hasta la región del Altiplano. García finalmente murió en el Paraguay durante el viaje de regreso cuando fue emboscado por indígenas de la zona, sin embargo, los sobrevivientes de la expedición lograron llegar hasta Santa Catarina con algunas muestras de metales preciosos que certificaban la historia.

Cerro Rico de Potosí en Bolivia

En la actualidad se considera que la leyenda de la “Sierra de la Plata” tuvo su origen en el Cerro Rico de Potosí (Bolivia) y que el Rey Blanco es el Inca Huayna Cápac. Cuando a comienzos del siglo XVI Alejo García recorrió la región y descubrió las riquezas de aquellas tierras, los españoles apenas comenzaban la colonización de las costas panameñas y colombianas y los portugueses recién iniciaban la ocupación de la actual costa brasileña.

Ninguna de las dos coronas sabía de la existencia del rico Imperio Inca, descubierto en 1528 por Francisco Pizarro, quien recorrió toda la costa del Pacífico desde Panamá hasta Túmbez (Perú). La conquista del imperio inca se produjo entre los años 1532 y 1533.

Conquista del Imperio Inca, por Francisco Pizarro, 1532.

Angello Salvattore, en su artículo ¿Quién se llevó el oro de América?, publicado el 15/03/2019, establece los siguientes cálculos sobra la cantidad de oro y plata “sustraído”, por la Corona Española durante la colonización de América.

  • 1.806, 40 toneladas de oro de la Real Hacienda de Buenos Aires.
  • 1.811, 550.000 barras de plata de la Casa Imperial de la Moneda de Potosí.
  • 1.822, 40 toneladas de oro de la Real Hacienda de Lima.
  • 1.822, 10 toneladas de oro de la Real Hacienda de Bogotá

Entre realidades y mitos, un hecho es innegable, el oro y la plata de los oriundos pobladores de América fue despojado a fuerza y sangre.

En la actualidad, en ningún foro internacional se ha planteado que España, Portugal e Inglaterra deben reparar en algún grado, el daño y destrucción ocasionados a las civilizaciones originarias de América, que fueron saqueadas hasta el genocidio y desaparición.

El oro del galeón “Señor San José”, hundido por la armada británica el 8 de junio 1708, mientras navegaban a la vista de la isla de Rosario, distante unas 30 millas del puerto de Cartagena, en la península de Barú, fue robado a los incas del Perú y son sus herederos los dueños legítimos del fabuloso tesoro.

Para lo Real Maravilloso esta la verdad y razón única, y considera que, para hacer justicia, las fabulosas cifras obtenida de la subasta de las riquezas robadas, deben ser utilizadas para reparar en algo, el enorme daño causado a los pueblos originarios de América, de los que nadie habla, porque sencillamente no son tenidos en cuenta al repartir los bienes que le pertenecen.


El estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, 1998-2002 establece que: el genocidio es un delito internacional que comprende «cualquiera de los actos perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal». Estos actos comprenden la «matanza y lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo, sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial, medidas destinadas a impedir nacimientos en el seno del grupo, traslado por la fuerza de niños del grupo a otro grupo».

El genocidio del pueblo judío durante el holocausto, llevo a los hornos en los campos de concentración a 6 millones de personas, sin discriminar sexo y edad, todas fueron exterminadas por los nazis. Este lamentable suceso histórico es ampliamente reconocido y se recuerda una y otra vez con duelo en todos los fórums internacionales.

Según el antropólogo y exsenador de Brasil, Darcy Ribeiro, los oriundos pobladores de América, fueron el combustible del sistema productivo colonialista español. En América Latina, había una población de aproximadamente setenta millones de amerindios antes de la llegada de los españoles y 150 años más tarde quedaban solo tres millones y medio. La mitad habían muerto por las pestes traídas por el hombre blanco. El resto fue asesinado en las guerras de la conquista o encontró la muerte en el trabajo forzado de las minas e ingenios.

El genocidio americano de más de 65 millones de nativos es 6 veces superior al holocausto judía, y para ellos no hay fórums, reclamaciones, películas de impacto.

En su libro “El Holocausto en el contexto histórico”, Steven Katz ha dicho al respecto: “Muy probablemente se trata del mayor desastre demográfico de la historia: la despoblación del Nuevo Mundo, con todo su terror, con toda su muerte.

Lo Real Maravilloso confía, que algún día la verdad se abra paso entre los humanos y no tengamos que apelar a la “Justicia Divina”, en presencia de la siempre falible y llena de erratas “Justicia Humana”.

Devolvamos el oro a sus dueños verdaderos, sólo así, la imagen alegórica de la Justicia, podrá quitar la venda que cubre sus ojos.

#LoRealMaravilloso

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8 respuestas a “Entreguemos el oro a sus dueños legítimo.

    1. Esta crónica o relato histórico pone de manifiesto, el mayor holocausto de la humanidad y sus causas, bien definidas, fueron el saqueo de las riquezas naturales de los pueblos originarios de America y con ello, la llegada de enfermedades desconocidas traídas por el hombre europeo. Hágase la Justicia Divina, por que la Justucia Humana, sabemos todos, que nunca llegará. Mis agradecimiento infinitos para ti Amigo/vecino, por tantos, conocimientos transferidos que han elevado mi cultura general.

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      1. Muchas gracias por tus apreciaciones y comentarios querido hermano vecino, tan solo te pido que tengas presente, que todas las publicaciones de Lo Real Maravilloso toman cuerpo y forma, en nuestras tertulias matutinas. En ese sentido tiene usted la categoría bien merecida de coautor y reportero anónimo tras bambalinas.

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  1. Este articulo se basa en la opinión de un antropólogo y exsenador de Brasil, llamado Darcy Ribeiro: dice que los oriundos pobladores de Brasil, fueron el combustible del sistema productivo colonialista español. Esto me resulta sorprendente, puesto que ese territorio fue conquistado por los portugueses, que además eran los mayores traficantes de esclavos africanos negros de la época puesto que poseían colonias en toda la costa occidental de áfrica, desde donde zarpaban los barcos negreros con la ayuda de los ingleses.

    Tratado de Limites de 1750 (tratado de Madrid)

    El origen del Tratado de Límites firmado entre las coronas de España y Portugal para deslindar las respectivas posesiones en Sur América habría que encontrarlo en la búsqueda de arreglos diplomáticos de intereses europeos en tierras americanas y en la influencia que pudieron tener las intrigas dentro de la misma familia real española; habría, también, que ubicarlo en el contexto de la diplomacia inglesa y sus vinculaciones con Portugal, así como relacionarlo con las tensiones políticas y aun ideológicas existentes entre los ministros de la Corona española, sin olvidar las que se daban en América entre las que se llamaban «las dos conquistas», española y portuguesa, y aun referirse al enfrentamiento de los pueblos de misión españoles ante las expediciones esclavistas de los colonos portugueses. El 13 de enero de 1750 se firma un Tratado de Límites entre España y Portugal para demarcar sus respectivas posesiones en América. La enorme extensión de las tierras americanas, por sí sola, impone la dimensión del campo geográfico al que tenía que extenderse el tratado, cuyo principal asunto, con derivaciones bélicas y religiosas, tuvo que ver con la parte meridional de Sur América, en áreas de la cuenca del río de la Plata; por eso la mayor parte de las historias generales no vinculan a Venezuela y sus límites con lo que este tratado pretendió establecer, aunque con una rápida lectura se evidencie la significación que tuvo para todo el continente americano y su especial repercusión particular en la historia de las fronteras venezolanas. El tratado que comenzó a idearse como una respuesta localizada al conflicto hispano-portugués de la colonia de Sacramento en el Plata, se convirtió en un tratado general de límites para toda América, porque entraron en consideración las otras 2 zonas conflictivas del Amazonas y del Orinoco. No obstante los forcejeos, denuncias y renovaciones posteriores, este tratado fraguó las fronteras del moderno Brasil. Portugal se hizo el beneficiario reconocido de las esforzadas expediciones de los bandeirantes, de los cazadores de indios esclavos en el Amazonas y río Negro, de los avances de sus buscadores de oro y de las penetraciones de sus misioneros. España sacrificó los esfuerzos de quienes resistieron las penetraciones portuguesas, renunciando a las luchas y reclamos de sus misioneros, pero, sobre todo, abandonó sus títulos de derecho y relegó sus anteriores tratados de límites con Portugal. El apelativo que se le ha dado a este instrumento como «tratado de la renuncia» es merecido, no solo por cuanto asienta que han resuelto las partes que «…el presente tratado será el único fundamento y regla que en adelante se deberá seguir para la división y límites de los dominios en toda la América y Asia, y en su virtud quedará abolido cualquier derecho y acción que puedan alegar las dos coronas con motivo de la bula del papa Alejandro VI, y de los tratados de Tordesillas, de Lisboa y Utrecht, de la escritura y venta otorgada en Zaragoza y de otros cualesquiera tratados, convenciones y promesas…», sino porque se aceptaron con suma facilidad criterios de demarcación irresponsables. Los más importantes fueron los siguientes: 1) La aceptación de la «ocupación de hecho», aunque hubiera sido efectuada contra derecho; 2) la «renuncia formal de cualquier derecho y acción por parte de España» en contra de Portugal para cuanto había ocupado en una de las áreas más extensas y controvertidas, como era «el terreno a ambas riberas» del río Marañón o de las Amazonas; 3) la elección de las fronteras naturales como límites, pero definidas con suma imprecisión: «…por donde más cómodamente y con mayor certidumbre, pueda señalarse la raya […] sin atender a alguna porción poco más o menos de terreno que pueda quedar a una u otra parte [… ] continuará la frontera por medio del río [… ] y por los demás ríos que se juntan, y se acerquen más al rumbo norte…»; 4) la adopción de toponímicos, y la aceptación como cierta de la orientación y aun existencia de accidentes geográficos, en unos territorios escasamente conocidos en el terreno.

    El más destacado de los negociadores portugueses fue el lusitano nacido en Brasil, Alexandre de Guzmao, quien supo apreciar la importancia de asegurar las fértiles llanuras de río Grande do Sul, para cambiarlas por la menos importante cesión portuguesa de la colonia de Sacramento, en la margen izquierda del Plata, asegurando para Brasil las tierras del Mato Grosso y la ruta fluvial del Guaporé al Madeira al conseguir llevar la frontera hasta las fuentes del Javarí, hacia el oeste, para bajar por este hasta su desembocadura en el Amazonas y proseguir el curso del gran río hasta la boca más occidental del Japurá y demás ríos que se juntan y se acercan al norte. Esta descripción intencionadamente vaga estuvo antecedida por las hazañas de penetración (en territorios misionados por España) que lograron muchos aventureros portugueses en el corazón del Amazonas y sus tributarios, pero sobre todo es producto del conocimiento geográfico aportado sobre esas regiones por indios y mestizos que formaron las columnas de bandeirantes y los remeros de las piraguas que subían los ríos amazónicos. La cacería de otros indios era el incentivo que atraía a los aventureros a esas forestas remotas; pero esas exploraciones permitieron a Guzmao citar nombres de accidentes geográficos que España apáticamente aceptaba sin medir lo que significaban. Solo así se explica la repugnancia en cumplir el tratado y ejecutar su demarcación tan pronto como llegaron las comisiones demarcadoras españolas a América. El negociador español del tratado, José de Carvajal y Lancaster, llegó al convencimiento «…de que tan interesante como el problema del Sacramento era el Amazónico…»; el historiador Demetrio Ramos Pérez sostiene que ello se debió al influjo de las observaciones de Jorge Juan y de los jesuitas José Gumilla y Manuel Román. El punto crucial del conflicto, ocasionado por el intento de poner en marcha el Tratado de Límites de 1750 por medio de una expedición dirigida por José de Iturriaga, nombrado primer comisario de la expedición española, y actuante solo a partir de la segunda mitad de 1754 y hasta mediados de 1760, se precisó al tomarse en cuenta la interconexión entre el Amazonas y el Orinoco, por el caño Casiquiare.

    Las consideraciones que caben con respecto a Venezuela al considerar el Tratado de 1750, se reducen a 2 aspectos: a) La historia subsiguiente del tratado, y b) la línea tal como fue acordada. Con enormes dispendios se envió a Venezuela la nombrada expedición, o Comisión de Límites, que logró grandes avances geográficos, cartográficos, poblacionales, botánicos, etnológicos y de exploración. Esta comisión estuvo dotada de estupendos talentos y medios económicos; pero no delimitó, aunque esa fue su principal misión. Entre 1771 y 1777 hubo enfrentamientos entre los bandeirantes portugueses y las tropas españolas, pues los primeros intentaron avanzar más la ocupación sobre territorios hispanos. Paralelamente, el Tratado de Límites, a pesar de los serios esfuerzos por ejecutarlo, no fue ratificado, siendo sucesivamente modificado por un acuerdo firmado en El Pardo (España), en 1761 y por el Tratado de San Ildefonso en 1777. Es de particular importancia para Venezuela el hecho de que para 1772 se hubieran ya fundado varios poblados españoles entre los ríos Uraricuera y Branco, y que precisamente la destrucción que hicieron los bandeirantes portugueses de esos poblados fue lo que determinó que la provincia española de Guayana pasara a pertenecer a la gobernación de Caracas, ya que Bogotá (virreinato de Santa Fe) se había mostrado incapaz de defender la Guayana española, hasta entonces militarmente dependiente de dicho virreinato.

    La comisión demarcadora española posterior a 1777 fue presidida por Francisco Requena, que no pudo ponerse de acuerdo con Portugal sobre los límites señalados en el nuevo tratado, de modo que puede decirse que los límites quedaron imprecisos entre España y Portugal para el momento en que empezaron a producirse las sucesivas declaratorias de independencia en las diferentes colonias españolas. Así, la Corte española sacrificó a favor de Portugal, por desconocimiento del terreno o por intereses de otra índole, extensos territorios americanos a costa de los derechos que irían a heredar las repúblicas hispanoamericanas. Ciertamente, en lo que respecta a Venezuela, los gobernadores y los misioneros de la Guayana venezolana dominaron la cuenca del río Branco; pero el virreinato de Santa Fe, de quien dependían, no los apoyó militarmente a plenitud, lo que condujo de hecho a una entrega de vastos territorios en la cuenca amazónica a Portugal, y en consecuencia a su sucesor, Brasil. Los poblados establecidos en la cuenca del río Branco fueron: San Juan Bautista de Cadacada, «fundado en la boca del Abarauru» (uno de los afluentes del sur del río Tacutu); Santa Bárbara, «entre las bocas del Abarauru y el Uraricuera»; Santa Rosa de Curraricara, «en la boca del río Uraricuera»; Adamuras, «en varadero que está entre Anacopora y Maniquiare», así como los de San Salvador, «en las cabeceras del Paragua» y San Vicente, llamado posteriormente ciudad de Güirior «en la confluencia de los ríos Paragua y Paraguamusi».

    La línea de demarcación de 1750, en lo que compete a Venezuela, ratificada en los sucesivos aludidos instrumentos, se expresa como sigue: «Continuará la Frontera por medio del Río Yapurá, y por los demás ríos que se junten, y se acerquen más al rumbo norte, hasta encontrar lo alto de la cordillera de Montes que median entre el Río Orinoco, y el Marañón o de las Amazonas; y seguirá por la cumbre de estos Montes al Oriente, hasta donde se extiende el dominio de una y otra Monarquía. Las personas nombradas por ambas coronas para establecerlos límites, según lo prevenido en el presente artículo, tendrán particular cuidado de señalar la frontera en esta parte, subiendo aguas arriba de la boca más occidental del Yapurá; de forma que se dejen cubiertos los establecimientos, que actualmente tengan los portugueses a las orillas de este río y del Negro, como también la comunicación o canal de que se sirven estos 2 ríos; y que no se dé lugar a que los españoles con ningún pretexto, ni interpretación puedan introducirse en ellos, ni en dicha comunicación; ni los portugueses remontar hacia el río Orinoco, ni extenderse hacia las provincias pobladas por España, ni en los despoblados, que le han de pertenecer, según los presentes artículos; a cuyo efecto señalarán los límites por las lagunas y ríos, enderezando la línea de la Raya, cuando pudiere ser, hacia el norte, sin reparar el poco más o menos del terreno, que queda a una u otra Corona, con tal que se logren los expresados fines». Hay un sector medio que supuesta la geografía del área no ofrece dudas: la cordillera montañosa que divide las aguas del Orinoco de las del Amazonas. Allí la frontera va a coincidir con la actual entre Venezuela y Brasil.

    En sus 2 extremos se tienen 2 imprecisiones con consecuencias posteriores. En primer lugar, en cuanto a la frontera oriental conviene anotar la vaga expresión descriptiva, «…seguirá por la cumbre de estos montes al Oriente, hasta donde se extiende el dominio de una y otra Monarquía…». Las instrucciones secretas a los comisionados fechadas en Madrid en 1753, explican lo que estaba detrás: ambas coronas consideraban que «…todo el terreno comprendido entre los ríos Marañón y Orinoco pertenece indudablemente a las dos coronas…», y estas habían acordado que «…cualquiera establecimiento de los demás extranjeros en aquel paraje se debe mirar ejecutado contra el derecho…». Si bien no llegaron a la decisión de atacar abiertamente a los franceses y holandeses establecidos en las Guayanas, se acordó «…que se procure desalojar a unos y otros con la industria y a este efecto han resuelto que ambas naciones procuren estrecharlos cada uno por su parte, los españoles por la del río Orinoco y los portugueses por la del río Marañón…». El objetivo final se expresa sin ambages al decir que por ambos «…extremos de la línea y por toda ella vengamos ocupando y estrechando el terreno con rumbo a la costa…». España creía que el Tratado de Utrecht de 1713 reducía el campo de expansión portugués, por cuanto había estipulado con Francia que no traspasarían el río Vicente Pinzón (que en 1900 se determinó en arbitraje que sería el Oyapoco) y en consecuencia muchos de los mapas españoles de la época extienden nuestros límites hasta las proximidades de la desembocadura del Amazonas, extendiendo la Guayana venezolana, por el sur, a espaldas de los establecimientos costeros de Holanda y Francia. Recordemos que los ingleses, jurídicamente, no tuvieron colonias en Guayana hasta 1814. De todas maneras, si bien la estrategia de estrangulamiento a los colonos holandeses no operó con la eficacia buscada, son interesantes los arbitrios utilizados para contener el comercio de esclavos e indios que aquellos propugnaban, como también los contactos españoles con los negros alzados de Surinam, cuya rebelión apoyaban como arma de guerra contra Holanda. Reflejo de esa expresión indicativa hacia el este la encontramos en el tratado de límites que firmaron en 1859 Venezuela y Brasil, cuando este reconoce a Venezuela el dominio de parte de esa zona, por considerarla usurpada por Gran Bretaña, por la fuerza de su poder. Ciertamente no se llegó a lo que expresaban las instrucciones de 1753, por «…las mismas cumbres hasta el distrito de Surinam…».

    Por otra parte, y sobre el otro extremo, el occidente de esa «cordillera de montes que median entre el río Orinoco y el de Marañón o de las Amazonas»

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