“Las mil y una Noche” se hacen realidad.

Luego de un amplio recorrido por las artes visuales volvemos sobre nuestros pasos y una vez más incursionamos en el desierto, esa inmensidad infinita de grises y blancos silentes, cargada de enigmas y motivadoras experiencias, algunas de las cuales ya les he compartido con anterioridad.

Después de trascurridas semanas en mis caminatas en solitario a arena traviesa, pude percatarme, que mi actitud había llamado poderosamente la atención a los nobles habitantes de las arenas de Zekreet. Todos ellos, y eran muchos, ya habían preguntado quién era aquel osado forastero, que no temía a las tormentas de arenas, a quedar extraviado, o a la posibilidad real de ser mordido por un animal ponzoñoso.

Luego los invisibles habitantes del desierto se dieron a la tarea de rastrearme y alcanzaron a descifrarme utilizando todos los medios e influencias a su alcance, que luego hubo darme cuenta; eran ilimitados. Fue así que conocieron sobre mi persona: que era un médico cubano desciéndete de árabe, que trabajaba y vía en un cercano hospital, y que al concluir mi jornada laboral y caer la tarde, caminaba durante horas en medio de las arenas, guiando mis pasos y horarios por los llamados a la oración, que de forma mágica hacen eco en todos los ámbitos del desierto, cinco veces al día, sin que alcanzara a adivinar su procedencia.

Un buen día y en medio de una de mis mágicas caminatas, sin que tuviese conciencia en aquel entonces del mundo Real y Maravilloso que para la vejez iba a habitar en el futuro, llegó la primera avanzada humana de aquellos árabes que me observaban desde lejos sin que yo me hubiese percatado de ello, razón ante la cual estaba en franca desventaja al contactarles, porque desconocía todo acerca de las personas que seguían mis pasos desde la invisible distancia. Fue entonces cuando se acercó, a poca velocidad y sin levantar nubes de arenas, un magnífico Toyota acondicionado, con tracción en sus cuatro ruedas.

Vehículos utilizados para la transportación en el desierto.

El conductor estacionó el lujoso y poderoso vehículo a mi costado e hizo descender el cristal de la ventanilla mientras me saludaba en árabe, saludo al que yo respondí con devoción como si hubiese sido uno más de los hijos de aquellas arenas.

Se ofreció a llevarme hasta mi alojamiento, y cuando le expliqué de la forma más cortés a mi alcance, dada las limitaciones del lenguaje, que mi propósito era caminar como entrenamiento físico al tiempo que disfrutaba de la presencia de Dios, que percibía en la atmósfera del desierto; aquel gigantesco beduino ataviado con sus ropas tradicionales, entendió de inmediato pese a las dificultades del lenguaje, que yo era uno más de ellos, y así me lo demostró él y todos los de sus clan familiar a partir de aquel momento.

Aunque traté de rechazarlo con cortesía, Ibrahim, este era el nombre de mi gigantesco nuevo amigo, insistió en dejarme agua y una bolsa de dátiles bordada a mano con hilos dorados y algo increíble que estremeció mi corazón: aquel gigante de dos metros de estaturas me perfumó las manos antes de obsequiarme un “tasbih” para mis oraciones, que aún conservo y guardo como preciosa reliquia.

Aquel encuentro no fue casual y mucho menos espontaneo, porque a partir del primer no dejaron de sucederse uno tras otros, siempre cuando me disponía a regresar de mi caminata, siempre dispuestos a auxiliarme con cortesía.

En una de mis largas incursiones vespertinas al desierto, a sabiendas de que justo después de escuchar el llamado a la cuarta oración del día, uno de aquellos llamativos y poderosos coches aparecería en el horizonte, se hizo presente una vez más Ibrahim, que insistió en que le acompañara a su casa del desierto, porque todos en su clan familiar ya conocían de mis andares y sentían admiración y viva curiosidad por conocerme.

Fue así que se inició en mi vida, una de las experiencias mágicas que más intensamente he disfrutado, porque a partir de ese momento fui uno más entre los ancestrales habitantes de aquellas arenas.


La primera vez que me acepté las cortesías de Ibrahim y decidí acompañarle a conocer a su familia, pude de percatarme de inmediato, que aquel lujoso y poderoso medio de trasporte en que los beduinos se desplazan en la actualidad a lo largo del desierto, había logrado sustituir y para siempre, los muy útiles camellos que por siglos les habían auxiliado. Los vapuleos entre jorobas de nobles camellos ahora eran sustituidos por la amortiguación hidráulica, el intenso calor por el más eficiente sistema de acondicionamiento de aire y la orientación instintiva guiados por el sol y las estrellas, ahora había cedido su espacio a la más eficiente navegación por GPS satelital.

Bajo esas condiciones y mientras escuchábamos versículos del Coram procedente de múltiples bocinas ocultas de alta fidelidad estereofónica, pude cerciorarme que los antiguos beduinos del desierto eran ricos, infinitamente ricos, sin que hubiesen perdido un ápice de su sana y peculiar hospitalidad con el visitante.

Casa de Ibrahim en el desierto de Zekreet.

Fue así que llegamos a una bella construcción de piedra, iluminada con igual intensidad que las construcciones del centro de París, donde ninguna puerta tenía cerrojo, la climatización llenaba los espacios y las frutas tropicales centraban cestas situadas en todas partes mientras dos respetuosos empleados hindúes atendían prestos y en silencio nuestro llamado.

Salón recibidor. Casa de Ibrahim. Zekreet.

Fueron experiencias sacadas de las fábulas de “Las Mil y Una Noche”, conducidas por Scheherezada, así lo pensé en aquel entonces, y así están pensado ustedes ahora. El árido desierto cuya exploración comencé en solitario y por iniciativa propia, resultó ser uno de los lugares más ricos y fastuosos del planeta tierra, donde el lujo que acompaña al refinado gusto de los árabes, no falta en ninguna de sus dunas habitadas.

Con el tiempo alcancé a conocer zoológicos y museos privados, asados tradicionales que comíamos con la mano y banquetes de infinitos manjares en bajillas de platas, sin faltar nunca al llamado a la oración en los cinco horarios del “Zalat”, ni olvidar quemar mirra e incienso en saludo al visitante.

Quedan muchas crónicas por rescatar del olvido….. que seguiré compartiendo con ustedes.


Cuando se viaja por países musulmanes, sobre todo árabes, es frecuente ver hombres que llevan en la mano el “tasbih o masbaha”. Su uso es similar al del rosario, y lo utilizan para rezar el “dikr” o invocación repetida de los nombres de Alá (Allah).

Las mil y una noches es una célebre recopilación medieval en lengua árabe de cuentos tradicionales del Oriente Medio. Son relatos que surgen uno del otro. Las historias son muy diferentes, incluyen cuentos, historias de amor, poemas, parodias y leyendas religiosas musulmanas. Algunas de las historias más famosas de Scheherezada circulan en la cultura occidental traducidas como Aladino y la lámpara maravillosa, Simbad el marino y Alí Babá y los cuarenta ladrones.

El “Zalat” o rezos islámicos, es una forma de venerar a Dios cinco veces al día y simboliza lo que el islam considera como el propósito de la creación: adorar a Dios.

#LoRealMaravilloso

#DesiertoDeCatar

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7 respuestas a ““Las mil y una Noche” se hacen realidad.

  1. Preciosas anécdotas de los andares de nuestro amigo/vecino por el desierto, que nos entrega complementadas con la magia de lo RealMaravilloso. Creo, que la casa de su amigo Ibrahim, era un oasis artificial en medio del desierto, impresionante belleza, la de esa casa, sin más adornos, que lo espacioso de sus salones y espectacular iluminación.que derrochaba. Siempre agradecido de tus regalos, amigo/vecino, eres genial.

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  2. Interesante historia recordar es vivir tú anecdóta me hace complice de tus vivencia. Orgullosa ser parte de tú vida..eres un ser excepcional. Tú paso y andar por la vida deja huellas imborrables tqm mi Volfre

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