Hay amores que matan.

Existen eventos vitales que marcan la vida de los hombres, y permanecen en la memoria por el resto de su vida. A propósito de mis publicaciones sobre la muerte de Pablo Escobar, que han devenido, sin que fuese mi propósito principal, en investigaciones forenses, creo necesario buscar la justificación a mi oculta aptitud y hoy de golpe me he percato, que existen inspiraciones que uno lleva dentro, sin concientizarlas, y de repente, un buen día, salen a la luz mediante inspiradas narraciones.

La Universidad, marca la vida de todo hombre privilegiado por la fortuna que tiene la oportunidad de cursarla y los sucesos positivos, aleccionadores y trascendente acaecidos durante la agitada; y siempre recordada con amor, vida universitaria, nunca se olvidan, he aquí un ejemplo de ello.

Recuerdo el enorme impacto que producía sobre los estudiantes de medicina, curso tras cursos, durante decenios, la Cátedra de Medicina Legal y Toxicología y su profesor insigne el Dr.  Francisco Lancís Sánchez, que la presidía de forma ejemplar desde el año 1938.

Catedra de Medicina Legal. Universidad de La Habana. 1935.

El simple hecho de entrar al enorme pabellón que la Catedra tenía asignada en el Hospital Docente “General Calixto García”, producía sobresaltos. Su amplio anfiteatro conformado por pupitres, pizarras y escritorios de maderas preciosas talladas a manos y barnizados con sobriedad, y el museo de medicina legal, repleto de vidrieras donde objetos utilizados por reclusos y delincuentes comunes contaban sus historias, eran la antesala que informaba al visitante que había arribado a un recinto donde la formalidad, el saber y la ética eran disciplinas.

Era entonces, cuando todos los estudiantes nos encontrábamos posicionados en el anfiteatro, que hacia su entrada el profesor Lancís, llamando de inmediato la atención por su personalidad magnetizadora y verbo motivador, a tal grado, que nunca he olvidado sus conferencias magistrales.

Del profesor Lancís, aprendí que “los muertos cuentan sus historias” y más allá, desarrollé el sentido de no creer de forma ciega en todo cuanto “me dicen o cuentan”; porque por encima de lo textualmente referido se impone el sentido de la suspicacia médica, y de esa forma me lo han demostrado los años.


Era una mañana del año 1977, y nos preparábamos para la discusión diagnóstica de un paciente afecto de una rara enfermedad que nos había motivado a todos. El residente de nuestro grupo de trabajo básico, el Dr.  Asso, brillante profesional de aspecto sencillo cuya tartamudez ocasional no lograba empañar su brillante, nos había orientado estudiar a profundidad a nuestro paciente, para luego discutirlo, a antiteatro lleno, en presencia del profesor y todo el curso académico.

El paciente en cuestión, había perdido el cabello a mechones en pocas semanas, perdió peso de manera ostensible, y al tiempo que disminuía de forma progresiva y ascendente la fuerza y sensibilidad en ambas piernas, su voz se hacía bitonal.

Si, bitonal, si alguna vez escuchas a alguien expresarse con voz bitonal, tendrás que acudir a toda tu educación y ética para no reír estrepitosamente en presencia de quién habla; y provocar de inmediato un conflicto interpersonal. El único símil que encuentro para definir la “voz bitonal” es el término “flauta desafinada”, y así es, porque el paciente afecto de esta enfermedad del lenguaje, comienza hablando en un tono, generalmente agudo y se termina con otro, dentro de una misma oración, aunque también sucede mientras se pronuncia una palabra simple. Podrás imaginar el impacto directo de esta discapacidad sobre la risa, que explota a carcajadas en ocasiones incontenible, a la escucha de tales dislalias.

Con todas las cartas expuestas y sobre la mesa, así debemos considerar al cuadro clínico descrito en las ciencias médicas, comienza la discusión diagnóstica del paciente siguiendo el orden jerárquico habitual, hasta llegar a nuestro estimado y brillante residente del grupo, Dr Asso, quién plantea de forma directa para no verse interrumpido por sus tartamudeces habituales:

  • Yo considero que a este paciente lo están envenenado, el cuadro clínico corresponde a una intoxicación crónica con talio.

Silencio absoluto, que luego rompe el profesor Jesús Gandul con una pregunta:

  • Y cómo demostramos que es una intoxicación por talio.

A partir de este momento nuestra historia transcurrió más que a prisa, la discusión terminó en la búsqueda de un voluntario para ir a consultar al Profesor Lancís y ese fui yo, como ya imaginan.

Luego de recibir orientaciones precisas del profesor Lancís, quién me orientó tomara muestras de pelo del cabello, axila y pubis, y que las muestras fueran tomadas de raíz y no cortadas con tijera, el diagnóstico se confirmó en 24 horas.

Recibí además la orientación de comunicar a mi profesor, que a partir de ese momento nuestro paciente cobraba interés médico legal y que el informe médico debía ser notificado a la policía, tal como se hizo.

Meses más tardes se supo, que la esposa del paciente estaba bajo arresto y la policía había confeccionado un expediente donde se le acusaba de envenenar lentamente a su marido administrándole, de forma sucesiva, pequeñas dosis de talio que obtenía de un raticida doméstico.

Nuestra historia de hoy tiene un final feliz, el antídoto del talio es el azul de Prusia y este producto clínico logró obtenerse con prontitud en virtud de un convenio que en aquel entonces existía con la ya desaparecida RDA.

Luego de administrado este fármaco mágico, nuestro real y a propósito anónimo paciente, se recuperó con inmediatez.    


Agradezco a todos mis profesores sin excepción su noble empeño y agradezco en particular al Profesor Francisco Lancís, el hecho de sembrar en mí, el don de la suspicacia, porque una vez aprendida nunca se abandona.

Hace algunos años leyendo sobre los últimos días de existencia del Emperador Napoleón Bonaparte en la austral isla de Santa Elena, descubro con asombro que sus síntomas guardaban gran similitud con el antiguo paciente de mis años universitarios, y que su calificado médico de cabecera no se percató de ello ¿Por qué?

Napoleón yace moribundo en su lecho. Isla de Santa Elena, 1821.

Dos días después del fallecimiento de Napoleón fue tomada su mascarilla mortuoria por el mencionado médico de asistencia, Francesco Antommarchi, así se llamaba, quien lo asistió en Santa Elena durante los últimos momentos de su vida.

La mascarilla mortuoria de Napoleón, que hoy se conserva en el tercer piso de su museo en la Cuidad de La Habana, fue traída a Cuba por el doctor Antommarchi, quien se instaló en la parte oriental de la Isla a finales de 1836 y realizó investigaciones sobre la fiebre amarilla, enfermedad que causó su muerte en 1838.

¿Por qué un médico tan afamado viene a vivir o se refugia en la distante Isla de Cuba? ¿habrá rasgos o huellas en la máscara mortuoria de Napoleón Bonaparte que nos permitan inferir intoxicación por metales pesados?

¿Será posible obtener pelo perteneciente a Napoleón, dónde el depósito de metales permanece por siglos luego de la muerte?

Repasando los inventarios del prestigioso Museo Napoleónico de la Cuidad de la Habana, leo con asombro: “Un catalejo que el propio Napoleón usó en su exilio en Santa Elena, un cepillo de dientes, un bicornio, una casaca, pistolas, un mechón de pelo y una muela; son algunos de los objetos personales expuestos más significativos con los que cuenta el museo”.

Museo Napoleónico. Cuidad de La Habana.

Creo que la vida nos pone ante una nueva encrucijada, porque resulta fácil llevar bajo la lente del microscopio forense, un cabello de Napoleón Bonaparte de los que dispone su museo en La Habana y luego devolverlo con delicadeza a sus custodios. Aseguro que el resultado nos puede tomar por sorpresa……


La idea que aquí expongo sobre la causa de muerte de Napoleón Bonaparte carece de originalidad. Muchos investigadores forenses y escritores sagaces han sugerido que los síntomas progresivos que presentó Napoleón semanas antes de su muerte, corresponden a una intoxicación crónica por metales pesados, motivo por el cual se ha solicitado en incontables ocasiones al Gobierno Francés permiso para exhumar de una pequeña muestra de su cabello, sin que hasta la fecha de haya obtenido consentimiento alguno.

Mi único aporte y estoy más que satisfecho por ello, es que propongo añadir unas páginas más a la historia de la muerte del Emperador Napoleón Bonaparte, transitando unos metros, porque el Museo Napoleónico de la Cuidad de La Habana, queda a escasa distancia de nuestra prestigiosa Cátedra de Medicina Legal, donde el profesor Francisco Lancís Sánchez me demostró cómo hacer el diagnostico de intoxicación por metales pesados, tomando muestras forenses del cabello.

Por favor, hagan llegar esta crónica a los historiadores del Museo Napoleónico, la verdad habrá de abrirse paso y nuestras historias continúan……

#LoRealMaravilloso


14 respuestas a “Hay amores que matan.

  1. Entonces el cabello todavía se encuentra en el museo Napoleónico de La Habana?.
    Qué repercusión histórica tendría, tantos años después, conocer sí finalmente fué envenenado con metales pesados y por quién?.
    Una vez más, contadas con acierto un conjunto de hipótesis que nos ponen a pensar.
    Gracias profe. Amanecer con nuevos descubrimientos es siempre un privilegio.
    Buen día

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    1. Yo pienso que pagaron al médico de cabecera por envenenarlo. Napoleón aún recluido en la lejana isla de Santa Elena a miles de kilómetros de Francia seguía siendo muy, pero muy peligroso.
      También te comento, que los metales pesados al incorporarse a tejidos como el pelo y la uñas, le confieren propiedades que impiden su degradación en el tiempo, en otras palabras, los preservan por siglos como pruebas forenses.
      Gracias por tus comentarios, un abrazo.

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  2. Volfre consiconsiderando tú anecdóta de estudiante de Medicina .la experiencia de genial Médico y tú interes por incorporar otra pagina a la muerte de Napoleón Bonaparte considero importante realizar el estudio .además existe el cabello y la voluntad de desenmascar la verdadera causa de muerte..En espera del próximo post..dios con TODOS

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  3. Excelente tu anécdota personal. Sin duda en nuestra carrera hay quienes siembran suspicacia y cierta actitud de manera positiva como su profesar de Medicina Legal o negativa de profesores cuyo nombre no he de mencionar, todas ellas van tejiendo nuestro carácter.
    Me has regalado una gran historia. Me encantan estos temas y como dato interesante mi cumpleaños coincide con el aniversario de fallecimiento de Napoleón. Aunque muchos no lo aseveren el cuerpo poco después de su muerte fue exhumado y permanecía intacto lo que sugiere intoxicación por metales pesados como el arsénico, no obstante no son pocas las teorías sobre cáncer hereditario y leucemia.
    Creo que el próximo post será muy interesante. Gracias por tus escritos.
    PD. no dudo de tus habilidades para obtener esa muestra de cabello

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    1. Interesante, como todas las publicaciones. Fascinante la medicina Forense, y la infinidad de casos como esos que pasan desapercibidos y que se convierten en crimenes casi perfectos a través de la historia.
      Sobre Napoleón se ha especulado si fue realmente envenenado por arsénico, el Talio u otro metal. Bravo por la propuesta, de analizar la muestra de cabello y otros objetos expuestos en el Museo Capitalino.
      Algo similar, sucedió con el extinto líder del pueblo palestino Yasser Arafat y con el poeta Pablo Neruda.

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      1. Gracias por tus comentarios, la lista es los envenenados en el pasado y presente es mucho más extensa, y sacaremos a la luz nuevas interrogantes. Un cordial abrazo y bienvenido a lo #LoRealMaravilloso

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  4. Gracias por la historia. Yo, que seguía tus pasos en la escuela de medicina, también fui alumno del profesor Lancis. Recuerdo que en la época circulaban entre nosotros muchas historias y leyendas sobre él. Me hizo recordar mi paso, ya graduado, por el pediatrico de Centro Habana. Teníamos como en todos los hospitales, una reunión clínico patológica de muerto presente. Como tu describes, los clínicos presentaban el caso, después íbamos hablando según jerarquía, después del profesor jefe, el profesor Blanco Ravasa, decía, ahora que hable el muerto. Y entonces descubrían las piezas y el patólogos presentaba em diagnostico final. No te desanimes con lo de Napoleon!

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  5. Sigo tus escritos, aunque no comento.Este último es muy interesante e instructivo. Confía en tu intuición y trata de obtener permiso para que se haga la investigación pertinente y de seguro el resultado será muy impactante después de tantos años.Un abrazo.

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  6. Esta muy interesante como todo lo que narras, pero como llegar a investigar la posible causa de la muerte de Napoleón? cuando ya se han realizado intentos para que el Gobierno Francés conceda el permiso para exhumar partes del cabello y proceder a verificar su muerte de la que tanto se ha escrito. Suerte amigo y gracias por compartir

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    1. Buenas tardes Iliana, es un gusto responderte. Que tal si el Museo Napoleónico de La Habana nos presta una pequeña fracción del cabello que trajo a Cuba su médico de asistencia, y lo llevamos camino arriba de la Colina Universitaria a la Cátedra de Medicina Legal, que radica a escasos metros del museo en el Hospital Calixto Gracia.

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  7. Está historia, sí que es más que interesante, imagino el revuelo que ocasionaría, si se descubriera que la enfermedad y muerte de Napoleón Bonaparte fue por envenenamiento. Esperemos qué acontece.

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