Hermanos Maristas de Ciego de Ávila. Honor y Gloria.

Hoy viene a mi memoria mi primer maestro, el Hermano Santiago, abaluartado e inamovible de mis recuerdos, en su consagrado magisterio como profesor del primer grado, en el Colegio Hermanos Maristas de Ciego de Ávila.

La congregación de los Hermanos Maristas fue fundada por san Marcelino Champagnat con la misión de educar y sobre todo, enseñar a los niños a amar a Dios. Los Hermanos Maristas no son clérigos; de hecho, en la selección de postulantes para el noviciado, nunca se acepta a ningún aspirante que tenga aspiraciones de sacerdocio. Ello apunta a asegurar que los iniciados en la orden tengan aptitudes especiales para la misión de educar.

Mi noble maestro, escogido para su misión en el primer grado escolar, por sus cualidades como pacificador, era la persona más afable, tolerante y paciente que he conocido. Dedicaba por entero su vida, años tras años, a meter en carriles a los chirriantes y desordenados alumnos que iniciaban la vida escolar, que vírgenes en todo tipo de disciplinas debían ser adaptados a las obligaciones y deberes que, a partir de ahora, el desarrollo social les iba a imponer.

Para esclarecer el carácter de los Hermanos Maristas cito un breve fragmento de la carta dirigida por el fundador de la congregación San Marcelino Champagnat al hermano Bartolomé en 1830: “También sé que tiene muchos niños; en consecuencia, tendrá muchos imitadores de sus virtudes, porque viéndole a usted, se forman los niños, y siguiendo sus ejemplos, no dejan de regular su conducta. ¡Qué importante es su tarea! ¡Qué sublime!”.

Así las cosas, llega a mi vida, como providencia divina, mi primer maestro, el Hermano Santiago, cuyo estilo educativo hundía sus raíces en la espiritualidad.

Colegio Marista de Ciego de Ávila

El aula de primer grado, como todas las del colegio, disponía de seis filas de pupitres en hileras, un enorme trípode de madera donde descansaba una gran cartilla con enormes letras, visibles para todo el aula, una tarima de madera cuya única misión era elevar el buró de madera desde el cual el hermano Santiago dominaba la clase en toda su extensión de tan solo echar un vistazo, y un pizarrón coronado en su parte superior por seis pistas de cuerdas de nailon, con pequeños aviones de colores diferentes prendidos de ella.

La misión de cada avioncito era gratificar el progreso y comportamiento de cada fila de alumnos. Aquellas filas que guardaban silencio durante la clase y respondían con acierto, veían que el avión que las representaba avanzaba a lo largo de su corredor hasta ocupar la punta; por el contrario, la hilera de los más revoltosos y desacertados, observaba con tristeza como el avioncito que la representaba, quedaba siempre atascado en pleno despegue.

De ansioso e inquieto siempre he pecado, mucho más en mi primera infancia. Permanecer sentado y guardar silencio era para mí el peor castigo del planeta, no estaba hecho para eso, y por mucho que me esforzara siempre fui el fracaso de mi fila, cuyo avión permanecía, como si lo hubiesen atornillado, incrustado en el despegue.

Siempre me sentaron en el primer asiento de la fila, a pesar de encontrarme entre los alumnos de mayor estatura. El Hermano Santiago, evitaba mi comportamiento distraído y díscolo sentándome frente a él, tratando de impedir que al menos en mi frontera delantera, no tuviese compañero alguno.

Mi vida penitenciada de infante rebelde a las disciplinas, comenzó a apaciguar y ceso por completo, con la llegada de las clases de Historia Sagrada, que siempre iniciábamos en cada sección y cuantas veces nuestro maestro lo indicara, con una consigna ritual en la que apuntábamos con el dedo índice hacia abajo y hacia arriba, para luego desplazarlo en círculos concéntricos mientras exclamábamos a coro, “Dios está en el centro de la tierra, en los cielos y en todas partes”.

Llegaron después las historias mágicas: los Diez Mandamientos que Moisés entrego al pueblo hebreo en el Monte Sinaí, escritos sobre dos tablas de piedra; los pasajes bíblicos donde David vence al gigante filisteo Goliat con su honda de boleo, al incrustarle una piedra en la frente y luego le corta la cabeza con su propia espada; la historia de Sansón que era capaz de combatir contra sus enemigos y llevar a cabo actos heroicos, inalcanzables para la gente común, como luchar sin más armas que sus propias manos contra un león, acabar con todo un ejército portando tan solo una mandíbula de burro o derribar un templo filisteo con su propia fuerza; la historia de Noé, último de los longevos patriarcas que salva a una pareja de todos los animales existentes en su arca, y otras decenas de narraciones, batallas, reyes, castigos, plagas, entre las cuales y de a pocos, aprendimos la biblia de memoria sin percatarnos de ello.

Yo no escuchaba las historias, yo me metía dentro de ellas, las disfrutaba al máximo, quería más, y tan solo tenía que escucharlas una vez para recordarla de por vida, porque en mi vehemencia cognitiva me hacía vivir y soñar en cada historia. El hechizo de las sagradas escrituras contadas por mi querido profesor, me hizo transitar de golpe desde el alumno más indisciplinado al más aplicado de la clase, capaz de garantizar a mis compañeros de fila, que el competitivo avión que nos representaba sobre el pizarrón, siempre ocupara un lugar protagónico en la vanguardia. Aún recuerdo la cara de felicidad de mi querida mamá, cuando esperando recibir malos presagios sobre mi comportamiento, escuchó de boca del hermano Santiago, que yo era el alumno mejor preparado para tomar la primera comunión.

Los Hermanos Maristas amaban sus vocaciones. Tan solo hacían falta 9 de ellos y algún que otro novicio como el futuro padre Nelson Vicente Benítez Figueredo, (del cual en algún momento hablaré extensamente), para mantener a todo el colegio bajo control ejemplar, en un régimen educativo férreo en el cual las clases comenzaban justo a las ocho en punto de cada mañana, saludando la bandera en el patio central, dispuestos en filas organizadas por clases, y cantando el himno nacional.

Los Hermanos Maristas te educaban en valores y preciando de ello; te preparaban para la vida sin blandenguerías. Recuerdo que una de las aulas del segundo piso estaba ocupada por el Museo de Ciencias Naturales del colegio, donde estaban clasificadas cientos de mariposas y polímitas, obtenidas por los alumnos de los grados superiores en sus exploraciones a la naturaleza, en acampadas nocturnas donde los hermanos te enseñaban a utilizar la brújula, encender con yesca una hoguera, cocinar con leña, armar casas de campañas, y otras técnicas de supervivencia.

Los juegos escolares en días feriados, los llevábamos a cabo en el estadio aledaño a la escuela, que en esos días repletaba de alumnos de todos los grados que jugaban con cuanto implemento deportivo existe. Porque los Hermanos Maristas sin excepciones, practicaban de forma activa los deportes. En uno de esos días de libre recreo, recuerdo que con impudencia me acerco mucho a “los alumnos grandes” e interrumpo sus juegos, razón por la cual resulto golpeado y llorando de ira salgo en busca de mi apacible y benefactor maestro mientras gritaba: “hermano, hermano los mayores me han caído a golpe”, cuál sería mi sorpresa cuando aquel augusto profesor me responde impasible, ¿y usted que hizo? Vaya, vaya de vuelta y dele patadas por las canillas que es donde más duele.

En plena efervescencia política de finales de los cincuenta, cuando los gobernantes de turno llenos de contradicciones se batían en retirada, llega a nuestra escuela una turba de agitadores, pagados para realizar proselitismo político en época de elecciones. La desordenada algarabía, estaba compuestas de individuos borrachos, de baja calaña, que acalorados vociferaban ¡a votar a votar!, mientras proferían el nombre de algún aspirante a la alcaldía y pretendían que los alumnos de la escuela se sumaran al desorden.

Los hermanos del colegio reaccionaron como si hubiesen estado condicionados de antemano para tales eventos, y mientras unos de forma organizada se encerraban con los alumnos en las aulas del segundo piso, cerraban puertas, ventanas y pasaban cerrojos, otros salieron prestos a defendernos de la turba a como fuese. Ese día comprendí que, para hacer daño a los alumnos de la escuela, primero tenías que matar a todos y cada uno de los hermanos. Así de ejemplares eran esos nobles hombres.

No siempre fueron días agitados, también hubo días del más apasionado y ruboroso orgullo, cuando asistíamos devotos y en bloque a la misa de los domingos, y ocupábamos por completo los bancos de las primeras filas, reservados de forma permanente para los alumnos maristas; o cuando nuestra banda escolar desfilaba por las calles de la ciudad, en una larga e interminable fila que sobrepasaba la cuadra, porque todos los alumnos participábamos en ella.

Cuando mi único hijo Hassan inició sus estudios primarios, siempre disputaba a su mamá la oportunidad de recogerle en el colegio, tal como hago ahora con mi nieto, así que no pueden presentarse celos en la familia. Cuál sería la intensidad de mi agradable sorpresa cuando veo que mi hijo ocupaba la misma aula en la que yo me inicié a la vida. Las piernas me temblaron y mis manos se hicieron frías, porque las emociones fuertes sacuden y me observaba reflejado en una nueva historia.

Hermanos Maristas

La vida y sus hechos, tienen por protagonista una golondrina que teje un lienzo infinito entre las nubes, puntada a puntada, trazo a trazo, hasta establecer cadenas de recuerdos que configuran flores.

Los Hermanos Maristas un día marcharon para siempre, los obligaron a partir. Del idílico maestro Santiago nunca hube de saber, desconozco donde lo acogió la muerte, pero estoy seguro del lugar donde se encuentra ahora, tan solo tengo que mirar al cielo y repetir como me enseñó de niño, “Dios está en el cielo y en todas partes”. Así lo llevo grabado en el corazón.


13 respuestas a “Hermanos Maristas de Ciego de Ávila. Honor y Gloria.

  1. Excelente anécdota mas que crónica .Honor a los Hermanos Maristas ..breve y cognotante historia donde reflejas tú vida de estudiante. No hubo equivocación desde tú inicio como estudiante y seleccionado a la primera comunión porque ese talento e inteligencia perdura en usted considerado un Genio…Hassán continuador con igual talento y convencida que nuestro Principe Dylan sobrepasará las expectativas .Volfre Honor a quien Honor merece..espero la próxima publicación

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  2. En nuestras aventiras avilenas, al pasar frente a ella, me mostrabas con orgullo las memorias de tu escuela. Agradezco infinitamente a mi mama su eterna ocupacion para colocarme en aulas con maestros aventajados, digamos, buenos educadores, que se las ingeniaron para ensenarnos las cuartillas sin la maravillosa magia de las historias biblicas, las cuales, por cierto, estabamos predestinados a desconocer.
    Un abrazo

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  3. La pagina de hoy es verdaderamente un tributo a esos docentes que enseñan no solo lenguas y cálculos, sino preparan al hombre para la vida y lo convierten en un ser humano excepcional como eres Volfredo. Gracias por hacernos partícipes de esta historia- tributo. Excelente crónica.

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  4. Es la primera crónica-anécdota que leo tuya ya suscrita y que me da la posibilidad de expresar mis criterios.
    Coincido contigo en la inmensa obra educativa de los Hermanos Maristas no sólo en Ciego de Ávila en el resto de las provincias cubanas pues al ser de Camagüey conocí ese colegio del cuál vivía muy cerca y al que asistí en mi educación secundaria.
    Momentos como los que viviste fueron de pura enseñana gran privilegio para ti en tu formación. Felicidades 👏 👏 👏

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