El Hato de Cobo y su tesoro oculto.

Justo a mitad de la carretera que comunica la ciudad de Ciego de Ávila con la ciudad de Morón, se encuentra la peligrosa curva de los Cobos, pero no siempre fue así.

Hace 350 años cuando no existían pavimentos y se viajaba a caballos a través de estrechos senderos entre los árboles de tupidos bosques, entre el hato de Ávila y el hato de Ramón Morón, se situaba el hato de Cobo. A ese momento de la historia viaja hoy nuestro blog, en busca de historias mágicas, que nos harán felices al revivir el pasado.

Camino Real. Niveladora arcaica tirada por caballos.

Si bien es cierto que un buen caribeño no se concibe ante el mundo en ausencia de sus extensas playas y blancas arenas, también es verdad que un avileño de pura cepa no se concibe sin la sombra de una arboleda, donde mesa de dominó presente e imperecederos taburetes de cuero, soportan el descanso de fumadores de tabacos y sorbedores de café. Porque el paraíso terrenal consistes para muchos en la estancia bajo una sombra, y pequeños sorbos de café bien tinto, entre bocanadas de humos. Si a esto añades un trago de ron y un ruedo de fichas nacaradas de dominó, agitadas entre estruendos, entonces estoy hablado de los campos de mi natal Ciego de Ávila, y no existe mejor forma de demostrarlo.

Frente al fuerte calor del verano, que mejor opción que dejarnos sucumbir por las tentaciones campestres que he descrito, vestir ropas ligeras y no olvidar poner a los infantes medias largas que protejan sus pies, para evitar que las hormigas indiscretas pongan amargo fin a la travesía que ahora comienza.

Sucedió un domingo de verano, un verano tras otros, durante lustros. Tan solo teníamos que manejar escasos kilómetros, girar a la izquierda y ya estábamos en la finca de los Cobos, una de las muchas fincas, porque el enorme hato original, entregado en encomienda por el Rey de España al primero de los Cobos que arribó por estas latitudes, con el tiempo se había fragmentado y devenido en herencias múltiples, repartidas entre su muy fructífera descendencia.

Carretera a Morón. Curva de los Cobos.

Entre tantas fincas familiares contiguas, me refiero hoy, a la heredada en propiedad por Andrea, Alcides, y Mongo, dispuestos siempre a recibirme con mi familia y algún que otro amigo que de forma habitual me acompañaba, porque el dominó no se juega en solitario.

Andrea vivió siempre en la finca y tan solo visitó una vez en vida la ciudad, la última y única vez, cuando viajó muy enferma a morir al hospital. Su largo y voluntario enclaustramiento en la finca, por largos y largos años, la hizo olvidar el idioma español, del que recordaba escasas palabras que pronunciaba de forma peculiar. No sucedía de igual con el lenguaje de los animales de la finca, con los que mantuvo siempre una larga conversación afectiva y fluida. Solo tenía que clamar a gritos un grupo de onomatopeyas arrítmicas que tan nada más ella era capaz de emitir, y de inmediato, todo el reino animal de la finca acudía presuroso a sus pies. Recuerdo bien que los primeros el llegar eran una bandada de gansos semisalvajes, que, al escuchar el llamado de Andrea, formaban una algarabía como queriendo decir “ya vamos en camino” y de inmediato salían de sus escondites en la maleza y llegaban procedentes de todas partes.

Alcides Cobo, hombre pequeño y sonriente, característica que distingue a los primeros pobladores del antiguo hato, todos de baja estatura, prefería reír a hablar, y en muy pocas ocasiones participaba de lo mucho que allí se charlaba, lo cual no quiere decir que no fuese un hombre comunicativo, porque omnipresente, siempre aparecía oportuno en cada rincón de la finca bien dispuesto a auxiliarte. Solo él tenía energías suficientes para soportar el embate de curiosidades de Hassan, que ávido de aventuras y fascinado por lo novedoso, no ceso nunca en sus empeños de acaparar los mangos y anoncillos de la finca. Alcides siempre estuvo ahí, sonriente y protector, tirando piedras y vara en mano, acaparando frutos y haciendo la felicidad de nuestro pequeño hijo que por años encontró en su persona, un infatigable y fiel amigo.

Mongo, era bien diferente al resto de la familia, su asma inveterada jamás logró apagar la risa sonora que le caracterizaba y emergía entre disneas, que él ignoraba, y hasta su muerte, logró vencer. Nuestra amistad venía desde la infancia, pero salió mucho más robustecida cuando logré reanimarle de uno de sus muchos paros y depresiones respiratorias. Desde entonces y a partir de la fecha, fue mi hermano en las buenas y las malas y así me lo demostró mientas tuvo vida.

Falta por describir al Cobo progenitor que no conocí en persona y, sin embargo, es la fuente bibliográfica de la narración de hoy. Su imagen helio grabada resaltada con blancos y grises de forma manual, destacaba en un marco grueso de madera preciosa en forma de medallón en una de las paredes de la sala. Era la imagen de un cura de sotana negra y sobrero de alas anchas, montado a caballo; custodiado a ambos lados de la montura, por dos enormes garrafas. En una llevaba agua y en la otra vino tinto, dos licores que nunca le faltaron en vida.

Alcides, Mongo y Andrea eran descendientes lejanos del primogénito de los Cobos, no obstante mantenían fresca sus memorias y eran convincentes en sus narrativas. Ellos, sin entrar en contradicciones, me aseguraron una y otra vez, que el hidalgo caballero que llegó de España en virtud de una merced del Rey, fue en su juventud sacerdote de obra y profesión, porque había estudiado en un seminario en el que recibió todos los sacramentos a excepción del celibato al que nunca se acogió, porque gustaba mucho de las mujeres y tuvo amplia descendencia, como tampoco se sustrajo de beber vino, en cantidad suficiente para crear problemas que llegaron a trastornar por completo la apacible vida contemplativa del seminario, razón por la cual, la iglesia pidió a ruegos al Rey de España, lo encomendase a la colonización de las Indias y lo apartase para siempre del oficio de los santos sacramentos.

Así las cosas, llegó el primer Cobo al hato encomendado por el rey, que era ya de su pertenencia, montó a caballo, tomo sus garrafas y sin dejar de beber vino, acumuló amplia riqueza que luego convirtió en monedas de oro, que en vida llevó a escondidas en la montura de su caballo para que nadie las robara y después de muerto dejó enterradas, no se sabe en dónde, porque no dejó referencia alguna sobre el ocultamiento.

En mis muchas y agradables visitas a la finca de los Cobos, siempre pensé echar en el maletero pico y pala, pero era tan amplio el espacio donde excavar, que jamás realice intento alguno.

Satisfecho de la amplia correspondencia personal que recibo por correo, las propuestas de ayuda en la búsqueda de archivos históricos, las nuevas historias que todos me envían, amplían y guardo con celo, porque formarán parte de futuras crónicas; les pido hoy y agradezco me brinden cualquier información sobre el antaño presbítero, devenido cura penitenciado y luego fundador del amplio linaje de Cobos que hoy honra nuestra provincia. Prometo utilizar las referencias que envíen bajo los principios éticos y la discreción que caracterizan nuestro blog, para luego contarlas y seguir contándolas, hasta convertirlas en historias mágicas que hagan grande nuestra singular y provinciana cultura.


Dejando a un lado la magia y asumiendo con rigor la realidad histórica, trataré de resumir en breve y comprobable escritura, el origen y desarrollo de nuestro querido y natal terruño:

En el siglo XVI; la autoridad de entregar tierras como merced en los territorios de América perteneciente a la Corona Española, era atributo del Rey, y ninguno de sus súbditos estaba autorizado a modificar sus decretos, es así que en el proceso de colonización se mercedaron directo desde España varios hatos y corrales en la Isla de Cuba, entre ellos, el de Ramón Morón (Sitio Viejo) en 1543 y el de Jácome de Ávila (Ciego de Ávila) en 1577.

La isla de Cuba debe su nombre a los arahuacos, pobladores aborígenes que la habitaban las Antillas Mayores a la llegada de Colón. Durante los primeros años de la colonia, gobernó la isla don Pedro Menéndez de Avilés, adelantado radicado en la Florida, el cual ejercía sus poderes y hacía cumplir las órdenes del Rey de España por medio de tenientes subordinados establecidos en La Habana. Este singular distanciamiento entre ordenadores y ejecutores, conllevó a desobediencias, numerosas quejas y denuncias; que llegaron hasta la Corona e irritaron a tal punto al Rey, que envío a La Habana, al oidor Alonso de Cáceres y Ovando, con órdenes precisas de hacer cumplir sus mandatos y castigar a los infractores.

Cáceres destituyó de inmediato al teniente en oficio devenido gobernador de la Isla en funciones, y estableció un proyecto de ordenanzas de obligatorio cumplimiento, en todos los cabildos y asentamientos de la isla. Estas ordenanzas constituyen las primeras auditorias legales llevadas a cabo en las Américas, según reporte crítico de Lo Real Maravilloso.

En 1577 el cabildo espirituano aplica las Ordenanzas de Cáceres y comisiona a dos vecinos de la villa de Sancti Spíritus, Diego Sifuentes y Amaro Gómez, para que realicen las demarcaciones de los territorios avileños, acción que realizan apoyándose en el testimonio del práctico Alonso Rodríguez.

A finales del siglo XIX comenzó a regir en la isla una nueva división político-administrativa y Ciego de Ávila y Morón (1879), pasaron a formar parte de la provincia de Puerto Príncipe (hoy Camagüey), como términos municipales segregados de Sancti Spíritus y Remedios, respectivamente.

No existe referencia alguna en las ordenanzas, ni en las actas de los cabildos de Santi Espíritus y Remedios consultadas, sobre el Hato de los Cobos, razón por la cual nuestra leyenda de hoy permanecerá imbatible, dentro del grupo de narraciones capitulares e historias testimoniales y mágicas, que conforman el amplio patrimonio de “Lo Real Maravilloso”.


21 respuestas a “El Hato de Cobo y su tesoro oculto.

  1. Excelente crónica sobre la historia de nuestra provincia. Gracias como siempre por hacernos participes de la misma. Maravilloso lenguaje que nos mantiene » presos » hasta el final. Felicitaciones reiteradas. Feliz y bendecido día.

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      1. Hola Profe, ante todo mi saludo y respeto pero más allá también mi agradecimiento por su crónica sobre mi familia, mi sangre materna. Aún cuando no es un apellido tan común, como bien dice usted, tiene una historia en nuestra tierra
        Como decía mi madre, «todos los Cobos» son familia y su argumento era que descendemos todos de su abuelo.
        En verdad la finca más grande no era la de «la curva», allí habían unas 20 caballerías, la más extensa era conocida como «Las 40», a la cual se llegaba por un terraplén que nace en el kilómetro 18 de la carretera a Moron, antes de llegar al Crucero de Santana.
        De esos Cobos que menciona hay otros «célebres» y con historias como por ejemplo Lucas Cobo, un hombre pequeño de estatura pero tomador de ron como un gigante..:-).. Su hijo un gran estomatologo en nuestra tierra. También Clemente Cobo.
        De «Las 40» pues la otra raíz, la de mi abuelo con sus 10 hijos.
        Bueno, bastante por hoy, me gustaría mucho poder conversar más del tema, son muchos los relatos guardados en la memoria desde mi infancia y mis vacaciones en campos de tierra bien «colorada», ordeño de vacas, baños en turbinas y trotes a caballo.
        De nuevo mi agradecimiento y respeto.
        Fuerte abrazo.
        «El Cobo» (aún siendo mi apellido materno desde mi adolescencia me llamaron siempre así y aún hoy me conocen»

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      2. Gracias Noel por comentarios tan enriquecedores, de inmediato los voy a salvar con cuidado para futuras publicaciones.
        Lissette, Jorge Lucas y yo tenemos la misma edad, y durante los largos años de la secundaria y pre universitario, compartimos asientos contiguos, porque en aquel entonces los grupos de estudiantes y sus pupitres se asignaban siguiendo el orden alfabético del apellido. Desde entonces y hasta el día de hoy, son mis hermanos.
        Estamos en familia, es un gusto disfrutes de mi blog. Un abrazo fraterno

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  2. Bella historia transformada en una extraordinaria leyenda..gran motivación para llegar a su fin ..Volfre adoro tú blog..soy tú fiel seguidora..eres un Genio besos y bendiciones..

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  3. Soy por naturaleza adicto alas letras ,por Lo que concidero haver leido los suficiente y sobre diversos temas para habalar mi criterio .Concidero haber leido el mejor testimonio en mi vida , y no solo por el contenido del mismo , sino por la forma.tan elocuente de narrar la historia , creo sea in estilo propio ,con una verdadera narración en forma.de historiador , con.lenguage, sencillo, pero muy pegajoso deforma.tal que te ata ala lectura u no lo sueltas hasta el.final.gracias por tan instructivo comentario.

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  4. Muy interesante. Según tu relato los Cobo como las maltas, uno solo. Y ahi entrarian los Hernandez Cobo, los hermanos Cobo, Omar, Osmani y Raulito y Cobito el dentista. Te felicito por contribuir a que conozcamos mejor a Ciego de Avila y sus pobladores.

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  5. Maravillada por la historia tantas veces he pasado por esa curva y no sabía como se llamaba, solo me viene al recuerdo un mal momento vivido por un familiar muy cercano. Pero poder leer esta historia personal que forma parte de la historia local me satisface además que no tenia idea que mi colega Noel descendía de esa familia. Profe mis felicitaciones, usted atrapa al lector con una magia muy especial.

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      1. Profe Volfredo esta crónica me ha fascinado. Leer detenidamente esta historia de mis familiares, me ha encantado, a muchos Cobo que radicaban en esa finca por donde se hace orillas la Curva los conocí y visité el lugar con mi madre Xiomara Cobo Hernández, hija menor de Rafael Cobo Rivero y nieta de Clemente Cobo, mi bisabuelo, que según contaba ella tuvo 14 hijos y después mi abuelo 10. Conocí varios tíos y tías de mi madre, muchos de este lugar y como bien decía mi hermano Noel Molina Cobo nuestro abuelo radicaba en «Las 40», ya Noel describió donde se encuentra el lugar. Recuerdo a Crucita Cobo Rivero, hermana de abuelo y la madre del Dr. Miguelito Hernández Cobo, quien fuera reconocido cirujano en nuestra ciudad, al igual que a muchos más, por ejemplo: Lucas, (Luquitas) para la familia y padre del reconocido estomatólogo Jorge Cobo, también, Clemente, Mapo. Chulo, Leonardo, Orestes y algunos más que aunque ya no están físicamente de muchos conozco a sus hijos.
        No imagina usted la alegría que hubiera sentido mi madre de leer esta bella crónica, una Cobo orgullosa siempre de su apellido y como refiere mi hermano ella siempre nos decía la misma frase «todos los Cobos somos familia» y con el tiempo hemos comprobado lo cierto de su frase al encontrarnos jóvenes de apellido Cobo y al entablar conversación caemos en nuestras raíces, es cierto somos familia..
        Muchas gracias a usted. Me ha encantado su blog y seré fiel seguidora y admiradora de su trabajo con nuestra historia local.
        Mis saludos para usted y le reitero mi agradecimiento.

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      2. El gusto es mío y te aseguro que tus valiosos aportes, los voy a salvar con celo, en una carpeta que dedico a los comentarios sobre este post, que han sido mucho y me llegan por todas las vías.
        El azar hizo de tu querida familia, mis grandes amigos. Durante mi enseñanza secundaria y pre universitaria, los grupos y hasta los pupitres se asignaban siguiendo un riguroso orden alfabético. Los Camacho y los Cobos siempre estuvimos sentados en la misma hilera, y hemos compartido las buenas y las malas desde entonces. Lisset y Jorge son mis hermanos, y a Luquita y Clemente los conocí en las escuelas al campo cuando iban a visitarnos domingo por domingo. Años después, cuando iba a casa de Mongo, solía conversar con Lucas, porque sus fincas eran contiguas.
        Las hijas de Hernández Cobo, Evelin y Jeisy fueron mis compañeras de estudio y mantenemos gran amistad desde entonces.
        Con gusto te doy la bienvenida a nuestro blog, que se enriquece con tu presencia, por favor pon tu correo electrónico en la casilla correspondiente del siguiente link. volfredo.com
        Es un gusto seas parte de nuestras publicaciones y tus comentarios serán siempre bienvenidos te repito.

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