Hoy escribo desde la certeza de que nuestra historia se sostiene en una fuerza silenciosa y firme: la guía de nuestros padres y abuelos. En este día me detengo para rendirles el homenaje que merecen, reconociendo en ellos los pilares fundamentales de la familia y de la patria. Ser padre es, ante todo, un acto de fe en el futuro: es sembrar en terreno fértil el amor por las raíces, la rectitud en el actuar y el respeto por la memoria de quienes nos antecedieron. Los abuelos, por su parte, custodian la tradición y nos recuerdan de dónde venimos para que nunca perdamos el rumbo.

Con esta felicitación comparto un anhelo profundo que late en el corazón de nuestra nacionalidad: deseo con fervor que cada uno de nuestros padres y abuelos pueda, en el momento justo, levantar con orgullo la frente, custodiado por la bandera nacional. Visualizo una Cuba que no olvida, una Cuba que preserve con celo su herencia colonial reflejada en la majestuosidad de su arquitectura y en la riqueza de sus costumbres, y donde las palmas se levanten orgullosas hacia el cielo. Esas palmas que no son solo paisaje, sino signos históricos de una cubanía imperecedera.
Nuestra verdadera identidad va más allá del tiempo y de sus circunstancias: crueles y desgarradoras, pero pasajeras. Está construida sobre valores inquebrantables, la dignidad heredada de generación en generación y la esperanza de ver a nuestra tierra florecer en su máxima autenticidad. A los que enseñan con el ejemplo, gracias por la firmeza. A los que abrigan con la experiencia, gracias por la sabiduría. A todos los padres y abuelos cubanos, dentro y fuera de la Isla, ¡feliz Día de los Padres! Que el orgullo de su descendencia sea siempre el mejor reflejo de su entrega.
Con un abrazo fraterno que nos une; en Lo Real Maravilloso.
