Un pájaro se posa sobre las ramas secas como quien se aferra a lo que queda de la nada. Abre el pico y canta. No sabemos qué melodía entona, pero sí sabemos que canta a pleno trino. Y canta con fuerza, como si su voz pudiera encender bombillos, hervir el arroz, llenar tanques elevados y abrir portales.

La imagen nos interpela con humor: “¿Adivinen qué, estoy cantando?” —y uno, desde la arrasada Macondo de Ávila: sin electricidad, sin agua, sin conexión elemental, responde en silencio: yo también cantaría, si pudiera. Pero aquí, el canto se convierte en resistencia.
Mientras el ave vocaliza su libertad sobre un cielo azul que no depende de la generación eléctrica ni de partes técnicos entramados, nosotros aprendemos a vivir sin lo que antes era cotidiano. Cocinar, comunicarse, bombear agua: verbos que hoy se conjugan en el nuevo tiempo del idioma castellano conocido como: futuro incierto.
Sin embargo, el pájaro canta.
Y nosotros también, aunque sea en versos.
Porque en esta tierra cálida,
donde la luz se pierde en el vacío
y, la esperanza insiste,
aprendemos que la ternura también puede ser crítica,
y la ironía, el único modo de decir la verdad sin enmascararla.
Así que adivina:
El pájaro canta lo que todos pensamos.
Canta por nosotros.
Canta a pesar de todo.
