Hay nombres que son medidas. Quince y Medio no es un capricho: son quince kilómetros y medio, la distancia exacta entre el batey del central y el puerto de Júcaro. Allí, donde el ferrocarril de la vieja Trocha hacía su parada obligada, nació un pueblo de la nada: primero una casilla del paradero, después un almacén, posteriormente una hilera de casas que se fue estirando hasta volverse calle.

La calle Línea fue su columna vertebral. A un lado, los almacenes de azúcar, la tienda de la compañía, las oficinas donde se pesaba la zafra y se contaba el futuro en sacos; al otro, las casas de madera con sus portales, las fondas de comida criolla, la barbería, la escuela de una sola aula. Por las mañanas el silbato del tren partía el aire y el humo de la chimenea escribía promesas en el cielo; por las tardes, el dominó golpeaba las mesas y los jornaleros cobraban la semana con las manos todavía dulces de guarapo.
Era un pueblo que olía a melaza y a dinero nuevo. Llegaban inmigrantes de todas partes, se abrían comercios, se levantaban casas de mampostería donde antes hubo guano, y el central —»El Orgullo de la Trocha»— molía sin descanso como un corazón gigante. Quince y Medio no pedía permiso para existir: crecía a la velocidad del azúcar.
Y allí llegaron los Camacho.
Cuenta la familia que Pedro César Camacho Mirabal —hijo mayor de Sebastián Camacho Sepúlveda y Antonia Mirabal García, hombre educado, de ortografía impecable y porte elegante— liquidó el patrimonio familiar de Matanzas y se trasladó a Quince y Medio. A principios del siglo XX llegaron también los doce hijos de Pedro Clemente Mirabal García, primos hermanos de su madre, que hicieron de aquel batey su tierra nueva.
Del ingenio de Cabezas al Quince y Medio y el Central del Stewart: la tercera ola del linaje, la que llevó a los Camacho de Matanzas a Ciego de Ávila. Los apellidos, cuando se miran con paciencia, no son solo marcas de identidad: son pequeñas epopeyas familiares que cruzan mares, fundan bateyes y sobreviven a los siglos.
Con un abrazo fraterno que nos une en esta travesía que se llama vida.
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Gracias amigo querido
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Gracias a ti, querida Glice, he estado enfermo, pero gracias a Dios, ya estoy de nuevo en el combate. Bendiciones.
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