Desde los albores de la humanidad, la idea del fin de los tiempos ha acompañado tanto la reflexión científica como la espiritual. Hoy, esa inquietud se condensa en dos narrativas que, aunque distintas en sus fundamentos, convergen en una misma advertencia: el Reloj del Juicio Final y las profecías bíblicas.

El Reloj del Día Final fue creado en 1947 por el Bulletin of the Atomic Scientists como advertencia visual de la cercanía de la humanidad a su autodestrucción. En sus inicios medía el riesgo nuclear, pero con el tiempo incorporó amenazas como el cambio climático, la biotecnología descontrolada y la ciberseguridad. En 1947 se situó a 7 minutos de la medianoche; en 1991 retrocedió a 17 minutos tras acuerdos de desarme; en 1953, con pruebas nucleares, se acercó a 2 minutos.
En 2020 se fijó en 23:58:20, advirtiendo que nunca habíamos estado tan cerca del desastre.
En 2023, la guerra en Ucrania y la tensión global lo adelantaron a 90 segundos.
En 2025 se ajustó a 89 segundos, el momento más peligroso desde su creación.
Hoy, 2026, el reloj marca 85 segundos para la medianoche, reflejo de un mundo fragmentado, marcado por la agresividad de las potencias y el fracaso en acuerdos climáticos.
Este reloj no predice con certeza, pero sí busca despertar conciencia y acción. Es un recordatorio de la fragilidad de nuestra civilización y de la urgencia de decisiones responsables.
La Biblia, en cambio, presenta el Día Final como certeza inscrita en el designio divino. Mateo 24:36 advierte: «Del día y la hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre». La incertidumbre se convierte en llamado a la preparación espiritual y moral. Apocalipsis 21:1 proclama: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían pasado». La visión bíblica no se detiene en la destrucción, sino que anuncia renovación y esperanza.
Ambas perspectivas coinciden en señalar que el futuro depende de nuestras elecciones presentes. La ciencia nos alerta con datos y análisis; la fe nos invita a la vigilancia y a la esperanza. El reloj puede retroceder si elegimos caminos de paz, sostenibilidad y cooperación. La profecía nos recuerda que tras la crisis puede llegar la renovación.
El tiempo corre. La medianoche aún no ha llegado. Actuar ahora es nuestra única oportunidad. Un mundo mejor no es solo posible; es también y de forma imperante: necesario.
