Claudia Sheinbaum: la sencillez como forma de poder.

En la cartografía del poder femenino que trazamos en nuestra entrada anterior: “Las mujeres que mueven el mundo (2025)”, hay un nombre que exige una pausa más larga, una mirada menos apresurada. No por el cargo que ocupa, sino por la forma en que lo habita.

En un mundo donde muchos gobernantes parecen más preocupados por la foto y el trayecto que por el trabajo diario, su manera de ejercer el poder —sobria, cercana, casi doméstica— resulta reveladora. Tal vez no sea perfecta, pero recuerda algo esencial: gobernar no es viajar mucho ni vestir marcas, es quedarse en casa y servir al pueblo.

Claudia Sheinbaum, presidenta de México, figura entre las mujeres más poderosas del mundo en 2025 según Forbes. Pero su verdadero peso no parece medirse en protocolos ni en gestos grandilocuentes, sino en una cualidad cada vez más rara: la sencillez consciente.

En tiempos donde el poder suele vestirse de marca, blindarse con caravanas y multiplicar millas aéreas como prueba de relevancia, Sheinbaum ha optado por otro lenguaje. Uno más silencioso, más cercano, más difícil de falsificar.

Durante una de sus conferencias matutinas —esas “mañaneras” que han redefinido la comunicación política en México— fue preguntada por un reconocimiento del New York Times, que la incluyó entre las personas con más estilo de 2025. La respuesta pudo haber sido una celebración personal, un guiño a la vanidad tan habitual en el poder. No lo fue.

Sheinbaum habló de huipiles obsequiados por tejedoras nativas durante sus recorridos por todo México, de costureras de San Pedro Mártir y de Tlaxcala, de telas compradas sin ostentación, de diseños pensados en conjunto. Habló de Thelma, una trabajadora de Presidencia que, entre muchas otras tareas, la ayuda a seleccionar bordados. Y habló, sobre todo, de las mujeres indígenas.

No de marcas extranjeras ni de firmas costosas. De mujeres que bordan historia con las manos.

En su discurso hay algo más que una preferencia estética. Hay una declaración ética. Reconoce el racismo histórico que relegó el huipil a lo “mal visto”, mientras lo importado se celebraba como sinónimo de prestigio. Al reivindicar esas prendas como “orgullo de la nación”, no solo viste un país: repara una herida histórica.

Cada bordado, dijo, no es solo trabajo: es tradición, legado, pensamiento femenino indígena. Y al agradecer un elogio internacional desviando la luz hacia quienes nunca han estado bajo los reflectores, Sheinbaum redefine el sentido mismo del reconocimiento.

Pero esta modestia no se limita a la vestimenta. Se extiende a su manera de gobernar. Su agenda prioriza el territorio nacional y las comunidades nativas sobre el avión, el trabajo cotidiano sobre la gira constante, la presencia interna sobre el desfile internacional. No parece entender el poder como vitrina, sino como tarea.

En un continente donde abundan mandatarios que confunden gobierno con itinerario, que recorren cielos lejanos mientras sus pueblos esperan en tierra firme, este contraste resulta elocuente. Hay líderes que viajan mucho y escuchan poco; otros que permanecen in situ y trabajan.

Claudia Sheinbaum pertenece, claramente, al segundo grupo.

No es una figura épica ni busca serlo. No encarna el poder como espectáculo, sino como responsabilidad diaria. Y quizá por eso su inclusión entre las mujeres más poderosas del mundo resulta no solo justa, sino reveladora: demuestra que aún es posible ejercer autoridad sin desprenderse de la modestia, ni del vínculo con quienes sostienen —con su trabajo silencioso— la identidad de una nación.

Al final, el verdadero poder no siempre despega vuelos. A veces se queda. Trabaja. Escucha y vuelve a empezar al día siguiente mientras su pueblo le aplaude.


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