Otorgan Nobel de Física a patriarca fundador de Macondávila.

El anuncio llegó en una tarde de vientos amarillos, cuando el telégrafo —ese artefacto que Melquíades aseguraba hablaría con los muertos— repitió hasta el cansancio el veredicto de Estocolmo. “Premio Nobel de Física para el hombre que encendió una llama sin fin”, decía el mensaje, mientras Úrsula, entre incrédula y resignada, colocaba otro plato de coco en la mesa para los visitantes que ya olfateaban la celebridad.

Cuentan que, hastiado de una oscuridad tan tenaz que parecía hereditaria, ha dado a luz su más insólito artificio: “la antorcha eterna”.

Cuentan que, hastiado de una oscuridad tan tenaz que parecía hereditaria, ha dado a luz su más insólito artificio: “la antorcha eterna”. No es lámpara de Edison ni lámpara de aceite de los antiguos navegantes. Es apenas un frasco humilde, el último suspiro de un tubo de pasta Perla reconvertido en mecha de aluminio, y un charco de keroseno —“luz brillante”, como la llaman aquí por la belleza temblorosa de su combustión perpetua en el fuego consagrado a Prometeo.

Esta noche, la plaza principal será testigo del ensayo general de la ceremonia. Se invita a todos los hijos de Macondo a traer sus frascos, sus velas y su fe encendida. Aplaudiremos al patriarca que aún conversa con Melquíades, debatiendo la transparencia de los objetos, la relatividad de los recuerdos y la urgencia de alumbrarse cuando la oscuridad decide quedarse para formar parte de la vida eterna, y acompañarnos en nuestro viaje al más allá.


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