En los años 70: cuando el rock era ideología y deseo de libertad.

Hay épocas que laten con el pulso febril de una generación, y hay generaciones que caminan por la historia como si fueran su propio manifiesto. Tal fue el caso de los jóvenes que alcanzaron la mayoría de edad en los años 70 del pasado siglo. Eran tiempos en los que el rock no se escuchaba: se vivía, se pensaba, se gritaba. Tiempos en los que una canción era más que melodía: era consigna, escudo, trinchera. El mundo se abría en fracturas, y por esas grietas emergía una juventud impetuosa, con los cabellos largos, las ideas aún más largas y los corazones ardiendo como bengalas nocturnas.

Ningún fenómeno explica mejor esta atmósfera que el estallido cultural y político de Mayo del 68 en Francia, cuyo eco resonó a lo largo de toda la década siguiente. Lo que comenzó como una protesta estudiantil contra la rigidez de los dormitorios universitarios —detalle aparentemente trivial— derivó en una sacudida estructural que removió las bases del poder, el pensamiento, el deseo y el lenguaje. Fue una insurrección sin fusiles, pero cargada de eslóganes, grafitis y versos incendiarios. “Prohibido prohibir” se convirtió en el lema de quienes querían liberar la imaginación del yugo de la obediencia.

La juventud de los años 70 bebió de esa fuente tumultuosa. En cada disco de Pink Floyd o King Crimson resonaban los ecos de Nanterre. En cada recital de Led Zeppelin vibraban los nervios de una generación que ya no aceptaba el mundo heredado, y que prefería moldear el suyo propio, a martillazos de acordes eléctricos y proclamas existenciales. El rock, en este contexto, no era entretenimiento: era el cuerpo sonoro de un nuevo paradigma.

La juventud de los años 70: cuando el rock era ideología y el deseo de libertad ardía como pólvora.

Estos jóvenes no estaban interesados en el éxito rápido ni en el bienestar burgués. Rechazaban con sorna los valores de sus padres, que habían salido de la guerra para construir una paz de plástico y consumo. Ellos querían otra cosa. Querían cambiar el mundo, y si eso no era posible, al menos querían cambiarse a sí mismos. El rock fue su vehículo de transformación interior, su rito iniciático, su herramienta de combate.

Por supuesto, el espíritu que los animaba no era homogéneo. Algunos eran anarquistas, otros marxistas-leninistas de manual, y muchos otros simplemente almas inquietas, sin mapa ni brújula. Pero todos coincidían en algo: el orden debía ser cuestionado, la autoridad desafiada, el futuro imaginado de nuevo. Había una cierta embriaguez utópica en el aire, un deseo de derribar no solo las instituciones visibles, sino también aquellas que habían sido tatuadas en la mente y en el cuerpo.

En las paredes del Barrio Latino de París aún pueden leerse, desdibujadas por el tiempo, las frases que marcaron esa revuelta: “La imaginación al poder”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, “La poesía está en la calle”. A primera vista, parecerían simples juegos de palabras, retórica efímera. Pero no lo eran. Eran los códigos secretos de una cultura en erupción, la voluntad de una juventud que no quería vivir de rodillas. Esas frases, de tan repetidas, adquirieron una cualidad mística, como si fueran escrituras sagradas de una nueva religión sin dioses.

Muchos de los jóvenes rockeros de los años 70, aunque nacidos lejos de París, en Buenos Aires, México, La Habana o Montevideo, vivieron el espíritu del 68 como si fuera propio. La globalización aún no existía como término técnico, pero ya funcionaba como fenómeno cultural. El desencanto con el poder, el rechazo al militarismo, la sospecha hacia los medios de comunicación, el repudio al patriarcado y la sociedad de consumo eran sentimientos compartidos en todo el orbe. En ese mapa invisible de las juventudes rebeldes, la música era la lengua franca.

Los conciertos de la época eran auténticas ceremonias, donde el escenario era un altar y los músicos, profetas con guitarras en lugar de biblias. La asistencia a un recital de The Doors o de Janis Joplin no era un simple evento social, era una experiencia transformadora, una suerte de comunión pagana donde se celebraba el derecho a sentir, a disentir, a amar sin condiciones. Los cuerpos bailaban, pero lo que realmente se agitaba era el espíritu.

Pink Floyd es recordado por sus canciones de alto contenido filosófico, la experimentación sónica, las innovadoras portadas de sus discos y sus elaborados espectáculos en vivo.

La vestimenta de la época también hablaba. Los pantalones acampanados eran más que una moda: eran una declaración de independencia respecto a las formas rígidas del pasado. Las chamarras de mezclilla, raídas y con parches, eran escudos contra la domesticación burguesa. Los lentes oscuros no solo protegían del sol, sino de la mirada vigilante del sistema. Y el cabello largo, era la bandera ondeante de una revolución íntima.

No faltaron quienes los llamaron vagos, drogadictos, libertinos. Pero en realidad, estos jóvenes eran intensos y profundamente morales, aunque no en el sentido convencional del término. Su moral no se basaba en la obediencia ni en la represión, sino en la autenticidad y la coherencia entre lo que se pensaba, lo que se sentía y lo que se vivía. En ellos vibraba una ética de la pasión, un anhelo de verdad que no podía ser satisfecho por las recetas del sistema.

Francia, en el Mayo del 68, fue la chispa. Pero el incendio fue global. En cada ciudad donde un joven se atrevió a cuestionar el destino prefijado, en cada vinilo escuchado a todo volumen, como quien reza un mantra, en cada beso dado a escondidas bajo la amenaza de un régimen autoritario, allí estaba el espíritu de la época. Y aunque muchos de esos jóvenes no lograron cambiar el mundo, sin duda lograron cambiar el modo en que se lo percibía. En ello reside su legado duradero.

Con los años, ese espíritu fue domesticado, absorbido por el mercado, transformado en moda o nostalgia. Pero su esencia aún respira en ciertos acordes, en ciertas miradas, en ciertas luchas que hoy, como ayer, desafían el tedio de lo establecido. La juventud de los años 70 no fue perfecta ni uniforme. Fue, más bien, un laboratorio de utopías, una sinfonía de rebeldías, un hervidero de contradicciones fecundas.

Y en ese caldo cultural fermentado por la poesía y la rabia, por la política y el deseo, por el amor libre y la conciencia crítica, el rock fue el lenguaje común, el rugido compartido, el canto ancestral de quienes no aceptaron vivir como estatuas. Por eso, cuando escuchamos hoy una vieja grabación de los años 70, no estamos escuchando solo música. Estamos abriendo una puerta hacia una época en que ser joven era, con suerte, también una esperanza.

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8 respuestas a “En los años 70: cuando el rock era ideología y deseo de libertad.

    1. Aquí, nos reprimieron y censuraron todo cuánto pudieron, a pesar de que en el fondo, eran tendencias de izquierda. Lindo fin de semana para tí y todos los lectores de Lo Real Maravilloso, lod cortés constantes y repetidos de electricidad, apenas me permiten escribir.

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