Simon & Garfunkel: El sonido del silencio.

En ocasiones, las canciones no se escriben; se revelan. Emergen como presagios que la poesía traduce en acordes y palabras. Tal es el caso de The Sound of Silence, o como debemos llamarle en nuestro idioma: El sonido del silencio.

Nacida de la contemplación solitaria de un joven Paul Simon, fue concebida, según él mismo ha confesado, en el baño de la casa de sus padres, donde el agua corriendo del grifo servía de abrigo sonoro al acto creativo. En aquel inusual templo acústico, Simon dejó escapar el verso que abriría su destino y el de millones: Hola oscuridad, mi vieja amiga (Hello darkness, my old friend).

No se trataba de una oscuridad cualquiera. Era una vieja amiga, fiel y silenciosa, que lo acompañaba en su introspección más radical. Era la soledad como medio, el silencio como interlocutor. Allí, lejos de las luces y ruidos del mundo, el joven compositor descubría que el silencio no solo es ausencia de sonido, sino una presencia en sí misma, un lenguaje secreto que dice mucho a quienes se atreven a escucharlo. De ese diálogo entre sombras y pensamiento nació esta canción que, sin buscarlo, se transformó en un himno generacional.

Paul Simon y Arthur «Art» Garfunkel fueron unos artistas muy populares en la década de los 60. Algunas de sus canciones más conocidas son «The Sound of Silence» («El sonido del silencio»), «Mrs. Robinson» («Señora Robinson») y «Bridge Over Troubled Water» («Puente sobre agua turbulenta»).Han recibido varios Grammys y se incluyen en el Salón de la Fama del Rock and Roll.

Cuando Simon & Garfunkel la grabaron por primera vez, lo hicieron de forma íntima y acústica. Era 1964 y su álbum debut, Wednesday Morning, 3 A.M., pasó sin pena ni gloria. Apenas vendieron unas tres mil copias, y el dúo decidió separarse temporalmente. Nadie, ni siquiera ellos, habría podido adivinar que aquella canción olvidada cobraría una segunda vida por obra y gracia de la industria. El productor Tom Wilson, con la astucia del alquimista que reconoce oro en la piedra, añadió batería, bajo y guitarras eléctricas a la versión original sin consultar a los autores. El resultado, paradójicamente, fue un “escandaloso silencioso”: la nueva versión escaló al número uno del Billboard Hot 100 el primer día de 1966.

Paul Simon, al enterarse, quedó horrorizado. Pero el público no compartió su pudor estético. La discreta banda sonora no apagó la llama de la canción: la hizo brillar más intensamente. Y acaso fue ese el mensaje involuntario de todo el episodio: que incluso la profanación puede dar paso a la consagración.

El sonido del silencio no conquistó los oídos por su arreglo instrumental, sino por la resonancia ética y filosófica de su letra. Con una estructura rigurosa —cinco estrofas de siete versos cada una—, la canción no moraliza, pero sí cuestiona, explica, duele y sugiere. Es una súplica muda lanzada al abismo de una sociedad que habla sin conversar, que oye sin escuchar, que reza al dios de neón que ella misma ha creado. Un mundo en el que las voces no se comparten, y el silencio crece sin que nadie lo detenga.

La crítica de Simon no era política, sino espiritual. Art Garfunkel lo expresó con claridad meridiana: la canción trata sobre la incapacidad humana de comunicarse emocionalmente. No se trata de guerras ni diplomacias, sino del frío cotidiano de las almas que conviven sin tocarse. Es un poema sobre la incomunicación, sobre la alienación del hombre moderno ante su prójimo y ante sí mismo. Quizá por eso sigue resonando con fuerza entre quienes habitan este siglo XXI saturado de mensajes, pero huérfano de significado.

La película El Graduado, estrenada en 1968, contribuyó a inmortalizarla. En una escena ya célebre, Dustin Hoffman —tan joven, tan perdido— atraviesa la existencia como un espectro, mientras de fondo suenan esas palabras que lo definen mejor que cualquier diálogo: Y la visión que se plantó en mi cerebro todavía permanece (And the vision that was planted in my brain still remains)…. Fue allí donde la canción dejó de pertenecer únicamente a sus autores para convertirse en patrimonio emocional de varias generaciones.

Como toda obra viva, El sonido del silencio ha sido reinterpretada y apropiada. La versión más notable de los últimos años pertenece al grupo Disturbed, cuya lectura grave, solemne y cargada de dramatismo conquistó nuevas audiencias. Superó los 800 millones de visitas en YouTube y obtuvo incluso la bendición de Paul Simon, a quien no es fácil impresionar. Es curioso cómo una canción nacida en el baño de una casa neoyorquina, con un simple juego de acordes menores, puede atravesar décadas y estilos, sin perder un ápice de su verdad.

Como ocurre con las verdaderas obras maestras, no basta una sola lectura. Algunos han querido vincular la canción con el asesinato de John F. Kennedy, aunque la cronología desmiente esa relación directa. Lo cierto es que Paul Simon ya la interpretaba junto a Garfunkel desde antes de aquel noviembre trágico de 1963, cuando se presentaban con el modesto nombre de «Kane & Garr». La canción, pues, no nació como elegía de un magnicidio, sino como elegía de lo cotidiano. Y eso la hace aún más poderosa.

Hoy, cuando nuestras conversaciones se han reducido a fragmentos, memes y respuestas automáticas; cuando los ídolos de neón han mutado en pantallas omnipresentes, El sonido del silencio sigue recordándonos que el verdadero diálogo es un acto de valor, y que a veces, el único modo de escuchar la verdad es callar.

En ese sentido, la canción de Simon & Garfunkel no ha envejecido. Al contrario, ha madurado con nosotros. Es una advertencia disfrazada de balada, un espejo melódico que nos devuelve la imagen desdibujada de nuestra propia época. No se necesita ser joven ni viejo para comprenderla; basta con haber sentido alguna vez que las palabras no bastan.

Así, la oscuridad vuelve, una y otra vez, como vieja amiga. Y en ese reencuentro íntimo con el silencio, descubrimos que no estamos solos. Que hay otros que también escuchan. Y que, quizás, ese sea el primer paso hacia una comunicación verdadera, menos ruidosa, más humana.

Simon & Garfunkel – Concierto en Central Park.

#LoRealMaravilloso

#HondaDeDavid

#ReligiónyMagia

#Música

#Historia

//www.volfredo.com/


12 respuestas a “Simon & Garfunkel: El sonido del silencio.

  1. Menuda canción esa. La recuerdo desde mis días en el colegio de los jesuitas cuando en la clase de religion el cura no puso ese disco y discutimos asuntos como el aislamiento y otros problemas sociales que oscilaban entre los marginados y los pudientes, y estaba yo a la sazón en octavo grado… Un saludo amigo cubano y feliz día.

    Le gusta a 1 persona

  2. Qué preciosa canción, como todas las de este dúo tan bueno que contribuyó tanto a darme muchos momentos felices con buena música. Tengo casi todas sus canciones. Ahora, en plataforma, pero ante en vinilos. Mrs. Robinson también es de la película «El graduado» que me encanta. Gracias, querido amigo, por compartir tanto y tan bueno. Un fuerte abrazo.

    Le gusta a 2 personas

Deja un comentario