La eterna agonía de Edgar Allan Poe: Entre la vida y la sombra.

Tres días antes de su muerte, Edgar Allan Poe fue encontrado en las oscuras y lluviosas calles de Baltimore. Su cuerpo, agotado, no solo estaba arrastrando los restos de su vida, sino también de su propio espíritu desterrado. En ese estado, de angustia tan profunda que no podía reconocer ni al mismo reflejo en el agua, Poe parecía estar jugando su última partida en un tablero marcado por la fatalidad. Los testigos que lo hallaron describen su desvarío como una mezcla de desesperación, terror y caos, como si la vida misma le hubiera arrancado la razón en un último acto de crueldad cósmica.

Edgar Allan Poe (Boston, 19 de enero de 1809-Baltimore, Estados Unidos, 7 de octubre de 1849); fue el primer escritor estadounidense de renombre que intentó hacer de la escritura su modo de vida, lo que tuvo para él lamentables consecuencias.

La ironía de esta escena no radicó solo en el hecho de que un escritor cuya pluma diseccionó los misterios más oscuros de la mente humana y las sombras del alma muriera en una condición tan brutalmente aterradora, sino en que ni siquiera su muerte le permitiría despedirse con la claridad que él mismo había cultivado con tanto esmero en su escritura. Poe no pudo, en esos últimos momentos, hablar; en su lugar, fueron las preguntas, las conjeturas y las teorías las que ocuparon el espacio vacío que su voz dejó en el aire.

“Mi tristeza es inexplicable”, escribió en una carta meses antes, mientras se ahogaba en una angustia tan brutal que le daba un matiz de presagio al futuro. Y, en cierto modo, esa frase encierra la tragedia de su existencia: la incapacidad de hallar un consuelo para su alma atormentada. Como si sus propios demonios hubieran estado aguardando pacientemente la oportunidad de consumirlo. Pero no se trataba solo de la depresión o las sombras de su genio literario, sino de un malestar más profundo y sutil: la desgarradora conciencia de la impotencia frente a un destino implacable. «Nada me anima», decía, pero aun así persistió, luchando contra las tinieblas, porque, como en sus relatos, la esperanza siempre es una llama débil, pero que se niega a apagarse.

Esa llama, precisamente, no fue suficiente para salvarlo de la trampa de la realidad que le esperaba. El 3 de octubre de 1849, Poe apareció en las calles de Baltimore en un estado delirante, vestido con ropas que no eran las suyas. En una ciudad que parecía pertenecerle solo en su literatura, Poe no era ya más que una sombra de sí mismo, un espectro que caminaba entre las sombras de las calles empapadas por la lluvia. La sorpresa no fue el hallazgo de un hombre atormentado; la sorpresa fue que alguien tan conocedor de la oscuridad humana no pudiera encontrar la salida a su propio laberinto de sufrimiento.

El 3 de octubre de 1849, Poe fue hallado en las calles de Baltimore en estado de delirio, muy angustiado, y necesitado de ayuda inmediata». Fue trasladado por su viejo amigo James E. Snodgrass al Washington College Hospital, donde murió el domingo, 7 de octubre. En ningún momento fue capaz de explicar cómo había llegado a dicha situación, ni por qué motivo llevaba ropas que no eran suyas.

Joseph W. Walker, quien lo encontró, lo describió como un hombre «muy angustiado, necesitado de ayuda inmediata», y con estas palabras se erige el último retrato de Poe: un ser humano, como todos los demás, pero atrapado en su propia existencia tormentosa. Los últimos días de Poe, bajo la mirada atónita del doctor John Joseph Moran, pasaron como un fugaz espectáculo de lo incomprensible. Ningún “diagnóstico” médico, por muy retórico y solemne que fuera, podría explicar la magnitud de la tragedia que ocurría en su cuerpo. Lo que siguió después fue más triste aún: Poe nunca recobró la lucidez necesaria para explicar lo sucedido. Se desvaneció lentamente en un hospital, como si la propia muerte le estuviera pidiendo perdón por haberlo alcanzado tan pronto.

Aún en su lecho de agonía, su nombre era ya un enigma. El que había sido maestro del suspenso, del horror psicológico y del misterio, se convirtió en una víctima más de la misma niebla que empañaba su obra. Las teorías sobre su muerte, como no podía ser de otra forma, fueron abundantes. La prensa, como siempre, se dedicó a especular sin descanso. Algunas versiones hablaban de un derrame cerebral provocado por lo que la ciencia de la época denominaba “congestión del cerebro”, un término tan vago y sin sentido que bien podría haber sido un intento de disfrazar una muerte por alcoholismo crónico o, peor aún, por un fallo en la redención que jamás llegó.

La teoría más difundida fue, como no podía faltar, la que vincula la muerte de Poe con su presunta adicción al alcohol. ¿Pero qué sería de la vida de Poe sin las sombras de la especulación? Fue en este periodo de confusión cuando la figura de Poe comenzó a tomar forma dentro de la tradición literaria de la caída de los héroes trágicos. Y en una ironía aún más cruel, su propio rival literario, el crítico Rufus Wilmot Griswold, se encargó de darle el golpe final. Tan pronto como Poe se desvaneció en el aire, Griswold, como un vultúrido escritor, se encargó de lanzar un obituario en el que describía a Poe como un hombre depravado, borracho y completamente fuera de control.

Pero la muerte de Poe no solo fue trágica por la rapidez con que se dio, sino por la frialdad con que la historia comenzó a escribir su final. El entierro, realizado el 8 de octubre de 1849, fue tan escueto como su vida en vida: un ataúd barato, una ceremonia de apenas unos minutos, y un puñado de almas que apenas si conocían al hombre que estaba siendo despedido. Apenas una sombra en el horizonte, sin la multitud que la ocasión merecía. Pero, claro, nadie esperaba menos de un hombre que vivió y murió entre la tiniebla, tanto física como simbólicamente.

Las versiones sobre la muerte de Poe fueron múltiples y contradictorias, tan disonantes como los ecos de sus relatos. Algunos señalaron la sífilis, otros el envenenamiento por sustancias tóxicas. A algunos les pareció que, tal vez, Poe fue víctima de un complot electoral, embriagado para que votara por un partido, y luego abandonado a su suerte. Y, cómo no, la más estrafalaria de todas: el secuestro electoral. Todo parecía posible. Sin embargo, como en sus obras, lo más intrigante de su muerte fue precisamente el silencio: el hecho de que Poe, el maestro del relato, nunca pudo contar su propia historia.

No es casual que las más grandes mentes literarias del siglo XIX, y aún hoy, se hayan sentido fascinadas por esta muerte tan enigmática. La vida de Poe fue siempre un reflejo de sus relatos: imposible de descifrar, envolvente y aterradora. Mientras tanto, el mito de su muerte siguió creciendo como si él mismo hubiera sido una víctima más de su propia pluma. Y es que Poe vivió su tragedia como escribió, atrapado en los límites entre la realidad y la irrealidad, entre la vida y la muerte, como un espectro que nunca deja de acechar en las sombras.

La historia de su muerte, como sus relatos, quedó finalmente sepultada en una telaraña de leyendas, teorías y, sobre todo, en el misterio que, como en sus páginas, nunca tendrá un cierre definitivo. Lo cierto es que, más allá de la muerte, la agonía de Poe sigue viva en su obra, y mientras sus relatos sigan siendo leídos, Poe continuará siendo, por siempre, un hombre atrapado entre la vida y la sombra.

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4 respuestas a “La eterna agonía de Edgar Allan Poe: Entre la vida y la sombra.

    1. Siempre te he admirado por tu buen gusto. Poe es el padre indiscutible de las narrativas de horror y misterio, además de un excelente poeta. Según José Marti, quien tradujo El Cuervo, este es el mejor poema jámás escrito en inglés, algo fundamental a tener en cuenta. Un abrazo.

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