Cómo renombrar a Portálea, la ciudad que fue y no es.

La Real Academia, ese santuario de la lengua donde las palabras se refinan y, en ocasiones, se pierden bajo capas de pompa académica, no podría más que contemplar con cierto aire de desdén el destino de una ciudad conocida desde antaño como “La ciudad de los portales”. Sin embargo, si algo define la naturaleza misma de la Academia, es la obsesión por nombrar, por encerrar en una sola palabra lo inefable, lo fugaz, lo irreductible a la simple acción de ser.

Vista aérea de Ciego de Ávila, Cuba. También conocida como “La ciudad de los portales”.

En este caso, el reto es enorme. Tras décadas de historia y relatos dispersos, la ciudad se ganó, casi sin querer, ese epíteto tan evocador: “la ciudad de los portales”. Pero, ¿quién podría resistir la tentación de ofrecer una interpretación renovada, de rescatar del olvido un nombre cuyo eco se disuelve en las esquinas del tiempo?

Para empezar, los eruditos de la Academia deberían reflexionar sobre la esencia misma del portal: un umbral, una frontera, una división entre lo conocido y lo desconocido, entre lo físico y lo intangible. Los portales de esta ciudad son mucho más que simples entradas: son testigos de lo que ha sido, lo que es y lo que nunca será. “La ciudad de los portales” no es solo un lugar; es un espacio subliminal, un refugio de sombras y promesas rotas.

Quizá el nombre Portálea podría ser una opción adecuada. Con una sonoridad más moderna y menos formal, pero igualmente cargada de resonancias históricas, evocaría un lugar que no se define por su estructura, sino por lo que ofrece a quien cruza sus límites: una promesa, un misterio, una revelación de lo imposible. Sin embargo, tal denominación podría diluir la esencia melancólica que caracteriza a la ciudad, una urbe que se ha desvanecido lentamente en las sombras del olvido.

Céntrica calle de Ciego de Ávila, en primer plano se observa un popular medio de transporte urbano.  

Ah, Ciego de Ávila… Un nombre que, en su simplicidad, parece contar una historia de silencios y ausencias. Un lugar cuya memoria se disuelve con la misma rapidez con que las palabras olvidadas se desvanecen del papel. Hoy, la ciudad que alguna vez fue próspera, conocida por su red de portales imponentes, es una sombra de sí misma. Los portales, que fueron testigos de otros tiempos, yacen ahora silentes, como si el peso de las décadas hubiera reclamado su tributo.

Ante tal desolación, la pregunta no es tanto cómo llamar a Ciego de Ávila hoy, sino cómo encapsular en un solo nombre la tristeza palpable que la recorre: la nostalgia por un pasado que ha sido olvidado o, simplemente, nunca existió en la forma en que lo recordábamos. La ciudad, como un cuerpo mutilado, sigue allí, pero sin la fuerza necesaria para sostener su identidad.

Uno podría preguntarse si un nombre como “La ciudad de los portales” sigue siendo adecuado, o si, por el contrario, deberíamos buscar algo que refleje con mayor crudeza la realidad, no descrita por algunos alucinados que anteponen filtros multicolores a sus cristalinos.

La palabra Ciego, en este contexto, se vuelve aún más significativa como metáfora de la pérdida de visión y el extravío del propósito. Pero “Ciego” no basta para transmitir lo que fue y no es.

Quizás un nombre como “La ciudad que ya no es” sería más apropiado. A medio camino entre la nostalgia y el desdén, captura la fugacidad del tiempo y la inevitabilidad de la desaparición. En una ciudad que, de tanto desmoronarse, ha perdido sus formas, cuya esencia permanece suspendida en el aire como un eco lejano de lo que fue.

Por otro lado, “La ciudad de los últimos portales” resonaría con una nota sutil de fatalismo. Un nombre que no solo señala que los portales han caído, sino que también marca el fin de una era, la desaparición de lo que alguna vez representaron. Es un recordatorio de la fragilidad de las estructuras humanas, tan hermosas y efímeras como el fragor de un sueño que se desvanece. Es una ciudad que no solo ha perdido sus portales, sino también su capacidad de mirar hacia el futuro.

Pero si buscamos una metáfora aún más punzante, “La necrópolis de los portales” podría ser un nombre doloroso, pero fiel a lo que Ciego de Ávila ha llegado a ser. Un espacio donde las huellas del pasado se disuelven en el polvo, donde las puertas ya no conducen a ningún lugar y solo sirven para recordar las promesas que el tiempo ha devorado. El concepto de “necrópolis” puede parecer sombrío, pero es, en realidad, la última fase del ciclo de las ciudades: nacer, crecer, decaer y finalmente, en silencio, desaparecer.

En el fondo, todas estas opciones se deslizan hacia una melancolía compartida, como una brisa gris que arrastra los últimos vestigios de un esplendor olvidado. Ciego de Ávila, hoy desmoronada, no necesita un nuevo nombre que la embellezca. Necesita una palabra que la abrace en su decadencia, que le dé consuelo al ser conocida tal como es.

Al final, lo que queda de Ciego de Ávila es un susurro. El murmullo de promesas que hoy son pasajes vacíos, marcados por el polvo y la desmemoria. Los portales, esos guardianes de la ciudad, ya no reciben a los viajeros. Ahora, sostienen con esfuerzo las sombras, como si tuvieran miedo de caer y, al mismo tiempo, sufren y padecen el cansancio de saber que su caída es inevitable.

Bodega situada en una céntrica esquina de Ciego de Ávila en la actualidad.

Es triste pensar en lo que fue y en lo que nunca será. La ciudad, como el hombre, envejece, se quiebra y se vuelve menos reconocible con el paso de los días. Los rostros que la habitaron se desvanecen, y las historias que la definieron se esfuman en el viento. El murmullo de los portales caídos es ahora solo un lamento lejano, un suspiro de lo que alguna vez fue vibrante y lleno de promesas, y que ahora, en su fragilidad, ofrece una melancólica belleza.

Quizá, al final, la verdadera desdicha no radica en los portales caídos, ni en las calles vacías, sino en que ya nadie queda para contar la historia de las columnas entre las tejas. Lo que fue se ha ido, dejando solo una huella de nostalgia, flotando en el aire como un perfume sin fuente. Y en esa añoranza, en esa huella de lo perdido, la ciudad sigue existiendo, detenida en el instante en que dejó de ser.

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11 respuestas a “Cómo renombrar a Portálea, la ciudad que fue y no es.

  1. Nostalgica y bella entrada Volfredo.

    Es de agradecer que pongas en valor estos sitios que contra toda influencia actual, que es mucha, conservan su esencia.

    Cuando uno está de viaje fuera de su lugar de confort, gratifica mucho encontrar lugares así.

    Gracias por compartir tan singulares momentos.

    Un abrazo

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  2. Me parece muy buen nombre que describe bien la arquitectura de la ciudad. Felicitaciones Volfre por el nombrecito y por en general tu página siempre amena e informativa. Según oi o leí, no se bien, hubo una ordenanza municipal que obligaba a que todas las edificaciones de la ciudad de Ciego de Ávila tenían que tener portal. Hubo una excepción que fue la calle Simon Reyes al sur de Chico Torres, que por tener mucho transito de caminones les fue dispensado lo de poner portal.

    Gran abrazo desde Portalea

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  3. Me parece muy buen nombre que describe bien la arquitectura de la ciudad. Felicitaciones Volfre por el nombrecito y por en general tu página siempre amena e informativa. Según oi o leí, no se bien, hubo una ordenanza municipal que obligaba a que todas las edificaciones de la ciudad de Ciego de Ávila tenían que tener portal. Hubo una excepción que fue la calle Simon Reyes al sur de Chico Torres, que por tener mucho transito de caminones les fue dispensado lo de poner portal.

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