Joaquín Sorolla, el ocaso de un genio.

En la excelente biografía, “Cómo cambiar tu vida con Sorolla” el periodista y escritor español César Suárez precisa: «Entre marzo de 1912 y junio de 1919, Sorolla recorre la península ibérica por pueblos, campos y ciudades, en tren, en carro, en automóvil, a pie o en burro. Un viaje intermitente lleno de incomodidades y angustias en el que a menudo las condiciones del alojamiento, la comida y los transportes no son las deseadas. Pero no hay elección. Sorolla no sabe estar quieto y la ansiedad le consume».

«A pesar de su agotamiento físico, no baja el ritmo de trabajo. Su obsesión por pintar es la de un demente. Si desconecta por un tiempo del trabajo para la Hispanic Society, se relaja pintando “algo de playa valenciana”, pero jamás guarda los pinceles. A su agitada actividad diaria se unen los desplazamientos a pie. Además, la gran dimensión de sus composiciones le obliga a alejarse y acercarse al lienzo continuamente».

La obsesión de Sorolla por pintar era tal, que llegó a clasificar a los modelos según su capacidad para aguantar las horas de posado y cuando uno se cansaba, lo sustituía por otro sin tomar para sí un breve descanso: «Y justo cuando el sol estaba a punto de ponerse, se precipitaba para captar en el lienzo sus rayos de color cadmio […]. Y seguía trabajando hasta el agotamiento».

Fue el escritor y amigo íntimo Ramón Pérez de Ayala, quien mejor definió el trance pictórico que Sorolla experimentaba mientras ejecutaba sus obras: «Cuando Sorolla pintaba, era como una cuerda sonora estirada hasta el límite agudo de su elasticidad».


El retrato de Mabel Rick fue la última obra que Joaquín Sorolla creó antes de su declive total de salud. Mabel Rick era la esposa del escritor asturiano Ramón Pérez de Ayala. Este retrato inacabado tiene una historia conmovedora.

En una fina y templada mañana madrileña de julio, en su jardín, Sorolla pintaba el retrato de Mabel Rick. Observándole a su lado, Ramón Pérez de Ayala y su esposa estaban presentes. Sin embargo, en medio de la creación, Sorolla sufrió un derrame cerebral que le dejó hemipléjico. A pesar de la tragedia, el pintor se obstinó en seguir pintando. Con lágrimas en los ojos, pronunció las palabras: “No puedo”. Sus pinceladas, largas y vacilantes, se convirtieron en alaridos mudos desde los umbrales de la otra vida. Fue un momento inolvidable y patético.

Retrato de Mabel Rick, última obra que Sorolla pintó y nunca no llegó a concluir. Título: “Retrato de la Señora de Pérez de Ayala”, 1920. Óleo sobre lienzo, 56x96cm. Derechos: Museo Sorolla de Madrid.

El 17 de junio de 1920, Sorolla pinta el retrato de la esposa de Ramón Pérez de Ayala, Mabel Rick, en el jardín de su casa del paseo del Obelisco. Entre los alelíes y las azucenas, los bronces pompeyanos, las columnas y los azulejos árabes que mandó enviar de sus viajes a Sevilla y Granada, sufre el accidente cerebral. El retrato estaba casi resuelto. De pronto, Sorolla deja los pinceles. Siente un mareo y trata de entrar en la casa.

Pérez de Ayala, que es testigo, relata así la escena: «Éramos los tres solos, bajo una pérgola enramada. Se levantó y se encaminó sus pasos hacia el estudio. Subiendo los escalones, cayó. Acudimos mi mujer y yo en su ayuda, juzgando que había tropezado. Le pusimos en pie, pero no podía sostenerse. La mitad izquierda del rostro se le contraía en un gesto inmóvil, un gesto aniñado y compungido, que inspiraba dolor, piedad y ternura. Comprendimos la dramática verdad; la cuerda extremadamente tirante se había quebrado. Sorolla sentía el pavor y el presentimiento de la parálisis; años antes había padecido un amago. Así y todo, rebelde contra la fatalidad que ya le había asido con su inexorable mano de hierro, Sorolla quiso seguir pintando. En vano procuramos disuadirle. Se obstinó, con irritación de niño mimado a quien, con pasmo suyo, contrarían. La paleta se le caía de la mano izquierda; la diestra, con el pincel mal sujeto, apenas le obedecía. Dio cuatro pinceladas, largas y vacilantes, desesperadas, cuatro alaridos mudos, ya desde los umbrales de otra vida. ¡Inolvidables pinceladas patéticas! “No puedo”, murmuró, con lágrimas en los ojos. Quedó recogido en sí, como absorto en los residuos de luz de su inteligencia, casi apagada, de pronto, por un soplo absurdo e invisible, y dijo: “Que haya un imbécil más, ¿qué importa al mundo?”». De esta manera, con una irónica variación de los versos del Canto a Teresa, de Espronceda, Sorolla se despide de la pintura, que era su vida.

Aunque los médicos se muestran optimistas y su familia confía en la recuperación, esta no llegará. El verano lo pasan en San Sebastián, cuyo clima le recomiendan los doctores. Pero su antigua energía se esfuma con la enfermedad.

Joaquín Sorolla. Autorretrato; 1904. Museo Sorolla de Madrid.

En junio de 1922, dos años después del primer ataque, su hija Elena se casa con Victoriano Lorente. Hay una foto familiar de la celebración, realizada en la terraza del piso de arriba de la casa del paseo del Obelisco. En la imagen, el pintor está sentado, rodeado de su familia. Su cuerpo parece hueco, como el de un muñeco deslavazado. Las manos encogidas y la boca entreabierta en un gesto detenido. Su nieto, Quiquet, está a sus pies, apoyado en su rodilla, extrañado por la mirada ausente del abuelo.

Unos días después, la familia viaja a Valencia. En un último y desesperado intento por recuperarle, Clotilde piensa que quizá en la playa de la Malvarrosa, frente al mar, Sorolla vuelva a la vida. «¡Mira, Joaquín, el mar, tu mar!». Sorolla no reacciona. «¡Joaquín, es tu querido mar!», repite Clotilde con fe. Pero la mirada del pintor está en otro lugar. Ya no es capaz de admirar el paisaje, no puede ver el cuadro, y eso para él significa morir doblemente.

En esta grotesca tragedia, que son los tres últimos años de vida de Sorolla, no es difícil imaginar el dolor que sentiría Clotilde. Ella entiende mejor que nadie el sufrimiento de su amado y es incapaz de aliviarlo. En los peores momentos de su enfermedad, el pintor grita «¡madre, madre!», llamando a Clotilde. Cuentan que esas fueron sus últimas palabras.

Joaquín Sorolla muere el 10 de agosto de 1923, a las diez y media de la noche, en Villa Coliti (así llamaba Quiquet a su abuela Clotilde), su casa de Cercedilla. Su cuerpo se traslada al día siguiente a la casa del paseo del Obelisco, donde se instala la capilla ardiente, por la que pasan cientos de personas a rendirle homenaje. El féretro es llevado a hombros hasta la estación del Mediodía por su amigo Mariano Benlliure (en representación de Alfonso XIII), su yerno Francisco Pons Arnau y sus alumnos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Una multitud le espera en Valencia para darle el último adiós. Se le rinden honores de capitán general y le transportan sobre un armón de artillería, en contra de la opinión de muchos valencianos, amigos y admiradores, que piensan, con razón, que Sorolla habría rechazado todas aquellas pompas y protocolos, como en su día también dejó dicho Victor Hugo.

El 12 de agosto, su primer biógrafo, Rafael Doménech, escribe en ABC: «El arte español de los últimos treinta años se ha movido junto a Sorolla o frente a Sorolla. La muerte y los tiempos actuales caóticos abrirán un paréntesis en el análisis y tal vez en la admiración de tan gran artista. Luego, serenamente, buscando en la distancia un punto de enfoque amplio y comprensivo, comenzará la vida inmortal de nuestro artista».

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