La relación entre Isadora Duncan y Anna Pávlova, representante icónica del ballet clásico, estuvo siempre matizada de enfrentamientos directos y querellas.
Anna Pávlova era una bailarina clásica que representaba la perfección técnica y la elegancia del ballet, mientras que Duncan era una bailarina moderna que defendía la libertad de expresión y el movimiento natural del cuerpo. Ambas se admiraban mutuamente, pero también se criticaban y competían por el reconocimiento del público y la crítica.
Uno de los primeros incidentes, entre las dos exquisitas bailarinas, ocurrió en 1905, cuando Duncan visitó el estudio de Pávlova en San Petersburgo, donde la vio practicar sus ejercicios con rigurosidad y disciplina. Isadora quedó impresionada por su habilidad y rigor interpretativo, pero también le impresionó que su danza era “aburrida” y nada tenía que ver con el arte y así se lo hizo saber a la Pávlova cuando le dijo sin tapujos que: «su danza era una mentira que no expresaba nada en realidad». Esta declaración espontánea e hiriente, fue tomada muy en serio por la Pávlova, que nunca le perdonó.
Anna Pávlova nació el 12 de febrero de 1881 en San Petersburgo, Rusia, hija de una lavandera y un soldado. Su padre murió cuando ella tenía dos años y su madre se casó en segundas nupcias con un ingeniero ferroviario.

No obstante su nacimiento humilde, el camino de la Pávlova hacia la cumbre del ballet clásico resultó privilegiado, dado su convincente e innato virtuosismo. A los ocho años, presenció por primera vez una representación de “La bella durmiente” del ballet imperial ruso y quedó fascinada por la danza. A los diez años, ingresó en la escuela imperial de ballet, donde estudió con maestros como Pavel Gerdt, Christian Johansson y Eugenia Sokolova.
Debutó en la compañía del teatro Mariinsky en 1899 con “La virgen vestal” y fue ascendida a prima bailarina en 1906, mientras era aclamada y reconocida en los roles principales de los ballets clásicos del siglo XIX, como “El lago de los cisnes”, “Giselle”, “Coppélia y “Don Quijote”.

En 1905, Michel Fokine creó para ella “La muerte del cisne”, una pieza corta basada en el Carnaval de los animales de Charles Camille Saint-Saëns, que se convirtió en su solo más emblemático. Anna lo interpretó más de cuatro mil veces a lo largo de su brillante y prolífera carrera.
En 1909, la Pávlova se unió a los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev, compañía innovadora que reunía a los mejores bailarines, coreógrafos, compositores y artistas rusos. Anna participó en el debut de la compañía en París, donde causó sensación con su técnica y expresividad.
Anna Pávlova nunca se adaptó al estilo moderno de Michel Fokine y rechazó bailar obras como “El pájaro de fuego” o “Petrushka”; y prefirió mantenerse fiel al ballet clásico y romántico, que consideraba más poético y refinado.
En 1910, la Pávlova formó su propia compañía con el bailarín Mikhail Mordkin como partenaire. La compañía creció hasta tener unos sesenta miembros y realizó giras por todo el mundo, llevando el ballet a lugares donde nunca se había visto con anterioridad.
En plena madurez artística, la Pávlova se estableció en Londres, donde compró una casa que llamó Ivy House. Allí construyó un estudio de danza y un jardín con cisnes, a los que adoraba. También coleccionaba objetos de arte y antigüedades de diferentes culturas.
La brillante carrera de la Pávlova, contrastaba fuertemente con la errática e irregular vida artística de la Duncan, lo cual explica en parte su enconada rivalidad. Isadora amplió su abanico de críticas y escarnios a todo aquello que guardara relación con el ballet clásico y no escaparon a sus críticas sus representantes más afamados, como sucedió con Serguéi Diáguilev, empresario ruso, fundador de los Ballets Rusos, compañía de la que surgieron numerosos bailarines y coreógrafos de reconocida fama internacional
Diáguilev era el director de los Ballets Rusos, mientras que Isadora era la fundadora de la danza moderna, una corriente que rechazaba el ballet clásico y buscaba la expresión más libre y natural del movimiento. Ambos se admiraban mutuamente, pero también se criticaban y competían por el reconocimiento del público y la crítica.
Uno de los primeros incidentes entre ellos ocurrió en 1909, cuando Isadora Duncan fue invitada a bailar en el Teatro Châtelet de París, donde también actuaban los Ballets Rusos. Isadora se presentó con un vestido blanco inspirado en la antigua Grecia, y bailó descalza al ritmo de la música de Chopin. Su actuación fue aclamada por el público, pero Diáguilev se sintió ofendido por su estilo simple y minimalista, que contrastaba con el suyo, más elaborado y sofisticado. Esto generó un cruce de palabras, todas con espinos, que mejor no citar de forma literal.
Otro incidente ocurrió en 1911, cuando Diáguilev le propuso a Isadora Duncan que se uniera a su compañía como bailarina principal. Isadora aceptó la oferta, pero pronto se arrepintió. No le gustaba el repertorio de los Ballets Rusos, ni las coreografías de Fokine, ni los decorados de Bakst. Tampoco se llevaba bien con los bailarines rusos, que la veían como una intrusa. Isadora se sentía incómoda con el vestuario ajustado y los zapatos de punta, que le impedían moverse con libertad. Además, tenía problemas personales con Diáguilev, que quería controlar todos los aspectos de su arte. Isadora decidió abandonar la compañía después de solo dos meses en ella, lo que provocó la ira del empresario, que la acusó de inestable, traidora y desagradecida.
El último incidente ocurrió en 1921, cuando Isadora Duncan regresó a París después de varios años de ausencia. Se alojó en el Hotel Majestic, donde también se hospedaban los Ballets Rusos. Una noche, Isadora salió al balcón de su habitación y vio a Diáguilev en el balcón contiguo. Le gritó: “¡Serguéi! ¡Serguéi! ¡Te quiero!”. Diáguilev le respondió: “¡Isadora! ¡Isadora! ¡Te odio!”. Los dos se lanzaron insultos y reproches durante un rato, hasta que Isadora le dijo: “¡Serguéi! ¡Serguéi! ¡Eres un genio!”. Diáguilev le contestó: “¡Isadora! ¡Isadora! ¡Tú también!”. Los dos se abrazaron y se reconciliaron, al menos por esa noche.
En 1924, Isadora Duncan, publicó su autobiografía titulada “Mi vida”, donde relata sus experiencias personales y profesionales, sus viajes por Europa y Rusia, y expresa abiertamente su rechazo al ballet clásico; su admiración por el arte griego antiguo; su búsqueda de la belleza y la armonía, y su compromiso con la educación y el progreso social.
En el libro, Isadora describió a Pávlova como una bailarina “glacial” y “sin alma”, que solo se preocupaba por su técnica y su fama. Duncan también criticó el ballet clásico como un arte “falso” y “absurdo”, que nada tenía que ver con la naturaleza humana. Estas declaraciones provocaron la indignación de Pávlova y de muchos admiradores del ballet, que consideraron a Isadora como vulgar e irrespetuosa, e iniciaron una cadena de descrédito que bien caro hubo de costarle.
Estos hechos resultan lamentables para la serenidad editorial de lo Real Maravilloso, siempre a favor de la armonía entre las artes. Tanto la Duncan, como la Pávlova, contribuyeron a la evolución de la danza en el siglo XX, cada una desde su propia perspectiva y estilo. Duncan fue la fundadora de la danza moderna, una corriente que buscaba una expresión más libre y natural del movimiento, inspirada en la antigua Grecia. La Pávlova fue una bailarina clásica que representaba la perfección técnica y la elegancia del ballet, arte que popularizó por todo el mundo con sus giras internacionales.
Tanto Duncan, como Pávlova, perdieron la oportunidad de aprender y enriquecerse mutuamente, al no superar sus prejuicios y rivalidades. Duncan podría haber apreciado la belleza y la disciplina del ballet clásico, y Pávlova podría haber explorado la creatividad y la libertad de la danza moderna. Este intercambio armonioso entre las dos figuras icónicas de la danza de principios del siglo XX, de forma lamentable, nunca tuvo lugar.
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🩰
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Lo que no supo ninguna de las dos es que se debían respeto pues cada una eligió su estilo y lo hicieron muy bien,el respeto al otro es dignidad
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Muy acertado tu comentario Glice, el respeto, la inclusión y la tolerancia son virtudes humanas que no todos profesan.
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Gracias Christine y lindo día para ti.
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Genial artículo!
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Muchas gracias Hanna y lindo día para tí.
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Me hiciste recordar, cuando de niña mis padres me llevaban a clases de ballet…
¡Qué tiempos aquellos!, siempre quisieron que fuera una señorita refinada.
Buen colegio de pago, el mejor de los bocados (como dice Joan Manuel Serrat, en su canción: ¿Qué va a ser de ti, lejos de casa; nena qué va a ser de ti…?) y mucho amor.
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Encantadoras experiencia y recuerdos que hacen tu felicidad hoy.
Me atrevo a generalizar, que va a ser de «nosotros» lejos de casa. Hay espacios para todos en el recuerdo.
Linda noche para ti
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