Viajando con Dios a Paredón Grande, norte de Ciego de Ávila (1).

Conocí los cayos del norte de las provincias de Ciego de Ávila y Camagüey en mi primera infancia a través del maravilloso libro ilustrado “Geografía física” de Antonio Núñez Jiménez, ilustre cubano fundador de la Sociedad Espeleológica de Cuba, que escribió una obra monumental que abarca 15 volúmenes y más de 10 000 páginas, en las que el autor presenta una visión integral y profunda de la geografía física, humana e histórica de Cuba y el Caribe.

Los Hermanos Maristas habían hecho una selección de los temas de la geografía de Núñez Jiménez que describiera la geografía de Cuba, con énfasis en la región central y a la vez fuese de fácil comprensión para los niños, entre ellos el autor de estas líneas, que solo debe cerrar los ojos para recordar cada página y cada ilustración de aquella preciosa literatura escolar.

La descripción física de los cayos, incluía una breve reseña a la flora autóctona, compuesta por arbustos maderables útiles para la obtención de carbón vegetal y su fauna virgen, con caballos y jabalíes salvajes a los que me propuse montar y cazar tan pronto mi adultez me permitiera comprar una escopeta y viajar sin la compañía de mis padres.

Vista de panorámica de Cayo Paredón tomada desde el faro.

Ese sueño infantil hubo de presentarse 25 años después, cuando una de las graduaciones de intensivistas más nutridas de la provincia cumplimentó sus requisitos académicos con calificaciones excelentes y decide viajar como festejo y premio a sus empeños académicos, a la cayería norte de Ciego de Ávila por un fin de semana, para disfrutar en contacto directo de su naturaleza virgen, bendecida y caribeña; comenzando así nuestro mágico recorrido.


Entre magias y realidad, nos encontramos a principios de los años noventa del pasado siglo, en pleno húmedo y cálido verano. El calor pedía a gritos un viaje de recreo a la playa y que mejor ocasión para viajar a Cayo Paredón, por aquel entonces virgen y deshabitado, a excepción del faro de igual nombre, el farero y su familia.

El alimento, calidad y cantidad fueron decisiones individuales de cada cual, mientras que las bebidas se compraron en colectivo, junto con agua potable suficiente para una semana, sumatoria que acopio la provisoria cantidad de varios galones de los preciados y necesarios líquidos.

Alegría y sana camaradería sobraban, y Carmenate siempre de buen humor, pensó llevar asistencia material para atender un posible parto, pero luego de observar que ninguna de las integrantes del nutrido, calificado y entusiasta grupo estaba embarazada, desistió del empeño sintiéndose subvalorado, razón por la cual se le dio la tarea de reforzar el ron añejo, encargo que cumplió de manera esmerada.

Así las cosas, llegó el día de la partida, y con las primeras luces de un viernes cuya fecha no recuerdo de forma exacta, partimos desde el parque de la Clínica Estomatológica, lugar que se seleccionó por su discreción y así no llamar la atención de los malos ojos.

A las 10 de la mañana arribábamos ya a Paredón Grande, luego de atravesar numerosos pedraplenes, alguno de los cuales no tenían pavimentación, de forma tal, que, entre el polvo y sus extrañas alquimias, con el sudor copioso, el deseo por las aguas y las olas era ya alucinante en el momento de la llegada

Tan pronto llegamos y sin desempacar, partíamos todos hacia la playa, dejando las toneladas de provisiones e insumos en los ómnibus, mientras una turba de médicos intensivistas repletos de entusiasmo, penetraba en el mar brincado las suaves olas.

Grupo de vacacionistas recorren las playas vírgenes de Paredón Grande.

Créanme, les hablo de la playa virgen más linda del mundo, siete quilómetros consecutivos de arena blanca finan como talco, y aguas cálidas, azules y trasparente. A ningún humano le ha sido permitido regresar a la vida y contar las bondades del paraíso, pero recuerdo que en aquella ocasión pensé que no hacía falta, teníamos el paraíso ante nosotros, Dios se nos mostraba a todos a través de su obra.


El primer día transcurrió en el desafuero total, ninguna acción tenía tope, control ni fondo. Las provisiones de alimento se agotaron rápido y Ransin no acaba de dar con los peces prometidos, que en apariencia migraron a otro sitio al advertir el peligro.

El mar del Caribe es también un reto físico, y luego de pasado el primer día, la piel del bañista arde y crepita como la de un cocodrilo y las cremas poco benefician, mientras que el exceso de “hidrocarburos bebestibles”, produce náuseas en aquellos no acostumbrando y una rara combinación de gastritis y hambre hace doler el estómago y reclamar alimentos, alimentos frescos y bien elaborados imposibles en nuestra latitud, al menos de momento, porque recuerden que nuestro viaje es mágico.

El domingo por la mañana, ya no había nada que comer, y un grupo de campesinos, que habían llegado en un gran camión y acamparon a 100 metros de nosotros sin molestarnos, cocinaban en grandes fogatas enormes calderos que desprendían olores capaces de rendir por hambre nuestros estómagos mientras suspirábamos. Mal hábito este que a la larga solo logra acrecentar el apetito.

Protegidos del sol bajo los escasos arbustos de la línea costera y las sombrillas playeras que habíamos traído, ambos grupos nos observamos de lejos sin cortesía alguna: el nuestro, médico y hambriento, el de ellos, campesinos pletóricos cocinando entre humeantes sabores.

Parecía que el tedio y el agotamiento por hambre iba a consumir el tiempo de nuestra estancia final en el cayo, cuando de pronto corrió la voz de alarma ¡auxilio!, ¡Auxilio médicos! Hay un niño convulsionando y se muere.

Un grupo de mujeres lloraba a lágrimas vivas y gritaba clamando a Dios, que dispuso de inmediato la mejor brigada médica multi-perfil jamás vista en los cayos en su historia, se dispusiese en segundos en actitud funcional.

Basto una mirada para percatarme de la situación del niño: varón de unos 6 años en crisis convulsiva tonicoclónica. La instrucción fue más que precisa y cumplida con rigurosa profesionalidad, por un grupo de especialista que hacían arte de la reanimación cardiopulmonar.

– Los pediatras y los dos anestesistas se quedan con el niño, Gladita y Margot que intuben y ventilen; que Belkys ejecute la medicación y Yolanda que disponga los medicamentos y accesorios. El resto permaneceremos cercas y atentos al llamado.

Vasto un minuto para oxigenar al paciente mediante cánula, disponer dos accesos venosos y asegurarlos y administrar los medicamentos indicados, todos y en la dosis requerida. Las convulsiones cesaron de inmediato, y 30 minutos después, con el niño consciente y orientado, se organizó la evacuación.

Se redactó de inmediato la remisión hacia el hospital más cercano, con la relatoría de la atención clínica recibida por el niño, medicamentos, vías y dosis, en la que nadie creería jamás, por ser un niño atendido en una playa que nunca antes había presenciado la actuación de un equipo médico altamente especializado.

Al despedirnos, todos emocionados llorábamos mientras la familia del niño nos obsequiaba en gesto de agradecimiento, la comida a punto y los dos enormes calderos que también quedaron con nosotros, porque hasta el día de hoy, nunca más los he vuelto a ver.


Las islas caribeñas son el ensueño hecho realidad, y nuestra historia continuará, porque distraído en la atención del niño enfermo, he olvidado contarles el eje de nuestra historia. Mi regreso al cayo y al hermoso faro, que durante toda la noche nos iluminó con sus destellos.

Volfredo, con su preciado botín de pesca en mano. Año 2017.

El faro de Cayo Paredón espera ansioso por nuestro retorno. Nuestra historia continúa mañana, tengan paciencia, por favor.

#LoRealMaravilloso

#LiteraturaMágica

#HistoriaMágica

https://www.volfredo.com/


18 respuestas a “Viajando con Dios a Paredón Grande, norte de Ciego de Ávila (1).

  1. Buenos días profesor, ameno relato pues se siente uno como que esta ahí viviendo esa historia llena de alegría y por momentos tensa pero que tuvo un final feliz, al menos ese fin de semana, un fuerte abrazo

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    1. Carlos, que te digo, todos los personajes son reales y tú los conoces, no puse los apellidos de los médicos para guardar su intimidad. Todos los protagonistas están vivos con excepción de nuestro querido profesor Rigoberto Curbelo Pérez, que hoy descansa en la Gloria. Un fuerte abrazo.

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  2. Jjjjjjjjjj Caramba, me he reido de lo lindo!!! Seguramente amanecere mañana con tu proxima entrega.
    PD: Hace pocos meses estuve vacacionando por alla, a pesar de 30 años enrolado en el turismo, nunca habia visitado Cayo Paredon… lamentablemente los huracanados vientos de Irma despojaron la playa; varios metros, de sus paradisiacas arenas… ojala, las emergentes rocas regresen a la invisibilidad, al menos, asi lo tenian planificado.

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  3. Muy bonito relato Volfre,estuve en ese lugar a finales del 95, conocí al operador del Faro,y un oficial de apellido Picallo. Fuimos pescando en una embarcación que había sido secuestrada por personas para salir del país y más tarde esa tripulación con su barco quisieron y pudieron regresar. Recuerdo su cptán se llamaba o se llama Pedro,le gustó mi pulower y se lo cambié por su camiseta. Fue una travesía extraordinaria que me hiciste recordar hermano. Cuídate gran amigo,hermano. Un abrazo.

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    1. Querido hermano, que bueno que puedes entrar al blog en su versión oficial, eso me llena de alegría y me sirve de apoyo. Aquí en el blog escribo algo de todo, y esta semana he tomado un rumbo autbiográfico en mis narraciones, que te invito a seguir, falata mucho por disfrutar del faro y la playa de Cayo Paredón y te invito a acompañame. Un fuerte abrazo

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  4. Precioso todo pero lo que más me emocionó fue el milagro de vida, porque si no estarían allí los médicos, probablemente y casi con seguridad, ese niño podría haberse muerto.
    Los milagros existen sin duda.
    Buenas noches, Volfredo.

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  5. Mi más sincera enhorabuena, a ti y al resto de la plantilla médica, que es ese día estuvo en ese lugar. Siempre, he repetido hasta la saciedad en mi blog, que en esta vida no existen casualidades… sino ‘causalidades’. ‘EN LA VIDA, TODO TIENE UN POR QUÉ’ (aunque al principio, desconozcamos el motivo… los caminos del señor son inexpugnables. Todo sucede por algo).

    Nadie sabe, salvo los que han tenido enfermos que cuidar, a su alrededor… lo que vale tener a un médico cerca. ¡¡¡El médico en casa, vale oro!!! Un increíble ahorro de energías… de no saber que hacer… de tener que partirte el pecho, por sacar a los tuyos adelante y salvarles la vida. Un desgaste físico y psicológico brutal.

    Gracias por compartir tan bello momento, Volfredo.

    Después te seguiré leyendo… Ahora, debo marchar con mi perrito, al veterinario.

    Un inmenso abrazo.

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    1. Es un gusto leer tu comentario que me llena de energía positiva y me estimula a seguir contando historias, que como bien dices, parecen casuales y en realidad son causales, cómo todos los proyectos de Dios, un fuerte abrazo.

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