Una flor a la deriva.

En un caudaloso río de Macondo de Ávila, que solo existe en mi imaginación, flota una flor. No es un adorno pasajero: es un signo, un espejo que me devuelve una mezcla de emociones que habitan en la memoria.

La flor parece vulnerable, pero su color intenso y su reflejo en el agua revelan una fuerza silenciosa, como quien se mantiene vivo en medio de la corriente.

La flor parece vulnerable, pero su color intenso y su reflejo en el agua revelan una fuerza silenciosa, como quien se mantiene vivo en medio de la corriente.

El viaje río abajo evoca la fugacidad de la vida, la certeza de que todo fluye y se transforma, pero lo hace con belleza, con un resplandor que ilumina la nostalgia.

La flor simboliza la esperanza en movimiento. Aunque se aleja y pronto desaparecerá perdida en el horizonte, obsequia sus pasos finales a la corriente. No se hunde: se deja llevar, confiando en que el caudal de la vida la conduzca hacia un destino donde su presencia siga siendo símbolo de ternura y memoria.

La corriente la lleva río abajo, y en su viaje se revela la fragilidad y la resistencia: parece vulnerable pero no lo es. Su color intenso y su reflejo en el agua son la prueba de que, aún en medio de la filosofía del arrastre, pervive una melancolía luminosa donde todo fluye, todo se transforma, recordándonos que la belleza puede persistir incluso en la fugacidad.

Y en ese movimiento hay también esperanza: la flor no se hunde, se deja llevar, confiando en que la corriente la conduzca hacia un destino donde su presencia siga siendo símbolo de ternura y memoria.

Así, en Macondo de Ávila, la flor a la deriva es metáfora de nuestra propia existencia: seres que flotamos en medio de las adversidades, pero que aún conservamos la dignidad del color y la fuerza del reflejo.

Les deseo a todos, un feliz inicio de semana, desde Lo Real Maravilloso.


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