Chico en las playas.

El Mediterráneo de Sorolla nos devuelve la inocencia primera: un niño desnudo, entregado al juego, se convierte en símbolo de la vida que brota entre espuma y arena. La pintura se abre como un espejo de luz, donde el mar no es solo paisaje, sino abrazo, caricia, memoria.

El mar nos devuelve siempre la infancia perdida, como un espejo de luz y memoria.

Ese chico en las playas —así, con la pluralidad que evoca más de una orilla, más de un horizonte— nos recuerda que la infancia es universal, que la risa de un niño en Valencia puede dialogar con la risa de un niño en Ciego de Ávila, bajo el Caribe ardiente. La transparencia del agua, la vibración del sol, la piel que se enciende en movimiento: todo es celebración de la vida, todo es canto de libertad.

Sorolla pintó la luz como quien pinta la esperanza. Y en ese gesto, nos invita a mirar más allá del lienzo: a reconocer que el mar, sea Mediterráneo o Caribe, es siempre un espacio de comunidad, de juego compartido, de futuro abierto.

Hoy, mientras la lluvia intermitente refresca la tierra cubana y el viento trae noticias de un mundo que se agita, volvemos a ese “chico en la playas” para recordar que la belleza se sostiene en lo sencillo: un instante de alegría, un cuerpo que se entrega al agua, una mirada que se ilumina.

Que esta entrada sea también un puente: entre mares, entre culturas, entre lectores que buscan en la palabra la misma claridad que Sorolla encontró en la luz.


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