La quema de libros: manchas históricas que persisten.

El 10 de mayo de 1933, en la Plaza de la Ópera de Berlín, los nazis organizaron una vasta quema de libros, entre los que se incluían varias de las obras del padre del psicoanálisis, Sigmund Freud. Al enterarse de este desaguisado, Freud, con una mezcla de ironía y lucidez, respondió:
—A eso yo le llamo progreso. Si esto hubiera sucedido en la Edad Media, en vez de los libros, me habrían quemado a mí.

En 1933, los nazis quemaron muchos libros de autores judíos y otros considerados antialemanes en la biblioteca del Institut für Sexualwissenschaft de Berlín.

Las palabras de Freud ante la quema de libros orquestada por el régimen nazi en Berlín no solo son un testimonio de su aguda reflexión sobre los horrores de la política, sino también una manifestación de su implacable ironía. Con esta frase, Freud no solo rememora la diferencia temporal entre la Europa medieval y la del siglo XX, sino que subraya una constante histórica: la tensión perenne entre el pensamiento libre y las fuerzas autoritarias que se han empeñado en su represión. En su respuesta, Freud se erige como un observador de la historia y, a su vez, como un pensador que desvela la persistencia de la censura a lo largo del tiempo.

En su comentario, Freud no se limita a reflexionar sobre la evolución de la intolerancia, sino que traza una línea de continuidad entre las prácticas represivas de distintas épocas. Mientras que en la Edad Media los herejes y los pensadores incómodos, como él mismo lo habría sido, eran directamente perseguidos y ajusticiados, en la Alemania nazi, la represalia se transformaba en la destrucción simbólica del conocimiento: los libros ardían en llamas, pero las ideas se mantenían vivas en las mentes de quienes los leían. La “modernidad” de la represión nazi desvela, en el fondo, la invariabilidad de los mecanismos de control social: el miedo al pensamiento libre persiste, pero adopta nuevas formas.

Lo extraordinario de la respuesta de Freud es su doble función: como comentario sobre la barbarie nazi y, a la vez, como una meditación sobre la inmutable naturaleza de la violencia que aspira a exterminar ideas subversivas. No solo nos invita a pensar en cómo las ideologías totalitarias han transformado las estrategias de ataque contra los intelectuales, sino que también subraya una lección esencial: el intelecto y la creatividad, aun cuando se ven sometidos al fuego, no pueden ser erradicados por la llama. Los libros, aun cuando son consumidos por el incendio, sobreviven en las conciencias que los preservan y difunden.

La genialidad de Freud, en ese momento de angustia histórica, radica en su capacidad para mantener la reflexión crítica y la distancia emocional ante el caos de su tiempo. Esta aptitud no solo le permitió sobrevivir a la censura, sino que le otorgó el coraje de enfrentarla con dignidad y perspicacia. En sus palabras subyace una advertencia implícita sobre el progreso aparente de la humanidad y la persistencia de la barbarie. Freud no solo reacciona ante los eventos de su época, sino que, al mismo tiempo, ofrece una lección profunda sobre los límites y el poder del pensamiento humano ante la opresión.


La quema de libros ha sido, desde tiempos remotos, un acto simbólico de represión y control, una manifestación de la censura destinada a silenciar las ideas que desafían el orden establecido. A lo largo de la historia, diversas culturas, poderes políticos y regímenes ideológicos han recurrido a este mecanismo para borrar o moldear el conocimiento, reescribiendo la historia de las sociedades a su conveniencia. La quema de libros no es solo un acto de destrucción, sino un intento de borrar la memoria colectiva, un ataque a la diversidad intelectual y a la libertad de pensamiento.

Desde la Antigua Roma hasta la era contemporánea, la quema de libros ha tenido diferentes rostros, adaptándose a las circunstancias de cada época y revelando, de manera siniestra, los esfuerzos por erradicar aquello que no se ajusta a la visión del poder dominante.

En la Roma antigua, la quema de libros se erige como una herramienta del emperador para eliminar textos que desafiaban su autoridad, como ocurrió con las obras de astrónomos que contradecían su visión del cosmos. En este contexto, la destrucción del conocimiento no solo era un acto de control, sino también una forma de moldear la percepción del mundo. Los emperadores, al igual que muchos gobernantes posteriores, comprendían que, para consolidar su poder, era necesario dominar las ideas.

Durante la Edad Media, la Iglesia Católica, pilar fundamental del orden europeo, jugó un rol central en la censura literaria. La quema de libros estaba vinculada principalmente a la persecución de la herejía y la brujería. Las ideas contrarias a la doctrina oficial, como las de los filósofos clásicos griegos y romanos o los primeros pensadores renacentistas, fueron destruidas por su carácter blasfemo. En 1209, por ejemplo, la Biblioteca de la Abadía de Citeaux (Borgoña, Francia), fue arrasada durante la cruzada contra los cátaros, una secta considerada hereje, al igual que muchos otros textos que se alejaban de la ortodoxia religiosa.

Con el Renacimiento y la Reforma, los libros comenzaron a diversificarse, pero también lo hizo la represión. La invención de la imprenta, en el siglo XV, amplió la difusión de las ideas, pero también la de las estrategias de censura. El miedo de la Iglesia y de las monarquías a la expansión del conocimiento, especialmente el de la Reforma protestante, se tradujo en una intensificación de la quema de libros. Martín Lutero, Copérnico y otros pensadores se vieron víctimas de esta represión, pues sus ideas ponían en peligro el status quo religioso y político.

En el siglo XVI, la Inquisición española y otras instituciones religiosas europeas utilizaron la quema de libros como un medio para erradicar las influencias del Renacimiento y la Reforma. El “Índice de Libros Prohibidos”, publicado en 1559 por la Iglesia Católica, incluía obras de filósofos como Giordano Bruno y René Descartes, y la quema de libros se convirtió en una práctica común en países como España, Italia y Portugal.

En el siglo XIX, la quema de libros adoptó una dimensión política vinculada a las revoluciones y luchas por la independencia. Durante la invasión napoleónica en España, las tropas francesas destruyeron miles de libros y documentos representativos de la identidad nacional, mientras que, en la Revolución Francesa, las ideas radicales llevaron a la quema de textos aristocráticos y eclesiásticos, como un intento de erradicar los viejos valores.

Quema de libros durante el allanamiento a la Remodelación San Borja el 23 de septiembre de 1973, tras el golpe de Estado de 1973 que instaló la dictadura de Pinochet.

La quema de libros de 1933 en la Alemania nazi representa uno de los momentos más emblemáticos de esta práctica. En la Plaza de la Ópera de Berlín, los nazis incineraron miles de libros de autores considerados “no alemanes” o subversivos, como Albert Einstein, Sigmund Freud, Erich Kästner y Heinrich Mann, en un acto de propaganda destinado a consolidar el control ideológico del régimen sobre la cultura alemana y eliminar las voces disidentes.

En China, durante la Revolución Cultural de la década de 1960, los Guardias Rojos llevaron a cabo una campaña masiva de quema de libros y destrucción de relictas culturales, con el fin de erradicar el pensamiento tradicional y promover la ideología maoísta. La quema de libros en este contexto fue una manifestación de la lucha por el control total sobre la mente colectiva.

En tiempos contemporáneos, aunque la quema de libros ha disminuido, sigue siendo utilizada por regímenes autoritarios y durante conflictos bélicos como una herramienta de represión. La destrucción de libros en Afganistán por parte de los talibanes y en Siria durante la guerra civil son solo algunos ejemplos de cómo este acto persiste como una estrategia para manipular la información y erradicar el acceso a ciertos conocimientos.

Quema de libros en el patio de la Universidad Central de Madrid, en la calle San Bernardo. Año 1939.

La quema de libros a lo largo de la historia no solo ha tenido un impacto sobre las obras destruidas, sino que ha marcado la memoria colectiva, privando a las generaciones futuras de diversas perspectivas y del acceso a las ideas que nutren el pensamiento humano. Si bien hoy en día el acto físico de quemar libros es menos frecuente, la censura sigue existiendo, ya sea en forma de destrucción física, manipulación informativa o limitación del acceso al conocimiento.

#LoRealMaravilloso

#LiteraturaMágica

#PeriodismoCrítico

https://www.volfredo.com/


Deja un comentario