En «Macondo de Ávila», el tiempo no se mide en manecillas y durante semanas, fuimos arrastrados por una marea de euforia, un tsunami de gritos ajenos que hicimos propios. La Copa Mundial de Fútbol no fue solo un torneo; fue una tregua sagrada, una danza derviche que nos hizo girar, levitar y olvidar, por un breve y luminoso instante, el suelo que pisamos.

Fue un baile descalzo sobre brasas invisibles. Durante noventa minutos, las voces que callaban por pudor o prudencia encontraron su cauce en el grito coral de un gol lejano. Los rostros, curtidos por la fatiga de mil batallas invisibles, se iluminaron con el resplandor ajeno de una victoria sin sangre. Los apagones eternos parecían menos opresivos si la penumbra se llenaba con la narración de una jugada magistral en una radio de pilas, ese pequeño oráculo que nos conecta con el resto del mundo.
Tuvimos un sueño colectivo. Soñamos que la pelota no era redonda, sino que tenía la forma de nuestra propia esperanza, rebotando en el asfalto quebrado de nuestra realidad. Soñamos que la única preocupación era un penalti fallado o una tarjeta amarilla, y no la búsqueda incesante de lo esencial para el día siguiente.
Observo la imagen que hoy nos acompaña. En «Supersticion.jpg», la estética es desgarradora. Unos tenis negros, atados por los cordones, penden del cableado eléctrico enredado. Son como una exhumación de sueños suspendidos. ¿De quién eran? Quizás de un joven que anhelaba volar como sus ídolos en la pantalla, que veía en el deporte no solo un pasatiempo, sino una escalera de salida. Ahora cuelgan allí, inertes, bajo el cielo ceniciento y contra el fondo de una fachada ruinosa y desconchada.
Esta imagen es la metáfora visual de nuestra cotidianidad hoy. Los tenis, esos instrumentos de baile y libertad, están quietos, atrapados en la red que nos suministra —o nos niega— la luz. El edificio de fondo, herido por el tiempo y el descuido, no es más que el escenario de nuestro diario vivir, el Macondo que se niega a desaparecer pero que se desmorona día a día.
Nuestra cotidianidad es ese cableado enredado del que penden nuestros sueños. Volvemos a ella con una nostalgia que se siente en los huesos, una nostalgia que no es por la derrota de un equipo, sino por la pérdida de la ligereza de espíritu que el deporte nos prestó. Volvemos al conflicto humanitario, a la silenciosa coreografía de la carestía, a la lucha por la dignidad en medio del deterioro.
Atrás quedaron las banderas ondeando y los abrazos espontáneos entre desconocidos. Hoy, los únicos aplausos son los del silencio, y la única música es el zumbido de los mosquitos en las largas horas de penumbra. El baile terminó y la realidad nos reclama, desgarradora y aplastante. Pero, a pesar de todo, hay algo profundamente humano en haber soñado. Incluso con los tenis colgando del cable, el recuerdo de la danza nos pertenece. Y mientras la memoria persista, persiste la posibilidad de volver a encontrar, aunque sea en los rincones más inesperados, un motivo para volver a movernos, a pesar de que el baile, por ahora, haya terminado.
