En los catálogos infinitos de Netflix —ese limbo donde conviven, con torpe democracia, obras maestras y engendros del algoritmo—, de vez en cuando surge un milagro. No brilla por filtros digitales ni por explosiones calculadas, sino por algo más radical: una historia contada con pulso humano. Sergio (2020) es una de esas rarezas. Un drama político con alma, liderado por Wagner Moura y una Ana de Armas electrizante, que nos devuelve la fe en el cine.
Dirigida por Greg Barker, la película reconstruye los últimos días de Sérgio Vieira de Mello, el diplomático brasileño que, tras mediar en conflictos desde Timor Oriental hasta Kosovo, fue enviado a la Bagdad ocupada de 2003. Su misión era un imposible poético: reconstruir un país devastado mientras esquivaba el puño de hierro del intervencionismo estadounidense. En ese equilibrio mortal se gestó su tragedia.

Pero Sergio no es un biopic convencional. Es, sobre todo, un relato de amor insurgente. Ana de Armas encarna a Carolina Larriera, economista y compañera sentimental del diplomático, con una intensidad que trasciende lo estético. Su actuación —una mezcla de cordura y vulnerabilidad— logra lo prodigioso: convertir al ícono en hombre y a la “amante” en protagonista. Esta Carolina no se limita a acompañar: cuestiona, empuja, se desangra en primera línea.
La grandeza de la cinta estalla en ese cruce entre lo épico y lo íntimo. La secuencia del atentado en el Hotel Canal resuena no solo por el estruendo, sino por el peso de lo irrecuperable: la paz truncada, el amor interrumpido. Armas, en los minutos finales, carga con el duelo del film en una mirada que desarma tratados enteros de diplomacia.
Por supuesto, habrá puristas que critique el romanticismo del guion o el perfil “suavizado” del héroe. Les aterra descubrir que un gigante de la ONU pueda ser también un hombre frágil, enamorado, contradictorio. Pero el cine verdadero no existe para complacer dogmas, sino para revelar la vida en su esencia: brutal y bella, política y personal.
Sergio fue un fenómeno en Netflix, y no por casualidad. Es thriller y poema, denuncia y elegía, todo sin traicionar su nervio ideológico. En una era de cinismo globalizado, apuesta por la compasión como acto de resistencia.
Y ahí está Ana de Armas —llama y lágrima— recordándonos que el cine no debe solo entretener, sino abrasar. Que entre resoluciones de la ONU y noches en Bagdad hay un puente invisible. Que incluso en el desierto algorítmico del streaming, puede brotar, como un milagro laico, Lo Real Maravilloso.
#LoRealMaravilloso
#CineMágico
#PeriodismoCrítico

Veo muy poca televisión. No tengo Netflix y no veo series. No sé si estoy en un error, pero me he dado cuenta que desde que existen estas plataformas las películas que se proyectan en los cines comerciales, yo soy aficionada al cine, la mayoría de las películas no valen nada. Insisto que es una percepción mía y no sé si lo que señalo tiene algo que ver .
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Tienes todas las razones, el cine es hoy la sombra de su pasado. Arte y creatividad se sacrifican en virtud de los intereses económicos que dictan las pautas a seguir. Feliz fin de semana.
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