Morir lentamente: los conflictos existenciales de la modernidad.

Hay poemas que, como los viejos oráculos, no ofrecen respuestas sino advertencias. “Muere lentamente” es uno de ellos. Atribuido durante años al chileno Pablo Neruda —quien seguramente habría reconocido su espíritu en él—, pertenece en realidad a la poeta y periodista brasileña Martha Medeiros, quien, sin aspavientos, ha trazado en este texto un mapa de los naufragios del alma moderna.

«Muere lentamente»

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca, no arriesga vestir un
color nuevo y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente quien no cambia de estilo,
quien no arriesga lo desconocido,
quien no se atreve a encontrar algo nuevo en cada día.

Muere lentamente quien evita la pasión,
quien no vive intensamente las emociones del corazón,
quien se aferra al miedo de amar o ser amado,
quien considera las oportunidades como meros sueños.

La vida es un viaje, un constante descubrimiento;
hay que dejar atrás las cadenas del pasado,
hacer frente al cambio y adoptar lo imprevisto.
Solo así podrá uno encontrar la esencia de la existencia,
los momentos fugaces que nos llenan de alegría,
los instantes de conexión que nos hacen sentir vivos.

Así que vive con intensidad,
abraza la incertidumbre y el desafío,
celebra cada nueva experiencia,
porque en el acto de vivir plenamente
es donde realmente encontramos nuestra libertad.

Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú.
Muere lentamente quien evita una pasión, quien
prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las «íes»
a un remolino de emociones, justamente las que
rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los
bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está
infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por
lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite,
por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee,
quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo.
Muere lentamente quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.

Muere lentamente quien pasa los días quejándose de
su mala suerte o de la lluvia incesante.
Muere lentamente quien abandona un proyecto antes
de iniciarlo, no preguntando sobre un asunto que desconoce
o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.

Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando
siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor
que el simple hecho de respirar.
Solamente la ardiente paciencia hará
que conquistemos una espléndida felicidad.


Vivimos en una época en que respirar se confunde con vivir, y en que la muerte ya no llega solo con la ausencia de latido, sino también —y con frecuencia— con la renuncia a la autenticidad. La rutina, el miedo, el conformismo, la obediencia disfrazada de sensatez: he aquí los nuevos sepultureros. No se necesita ataúd para estar muerto; basta con dejar de cambiar de camino, de color, de canción.

Tumba a un desconocido, perteneciente a un humano que nuna existió.

Vivimos en una época en que respirar se confunde con vivir, y en que la muerte ya no llega solo con la ausencia de latido, sino también —y con frecuencia— con la renuncia a la autenticidad. La rutina, el miedo, el conformismo, la obediencia disfrazada de sensatez: he aquí los nuevos sepultureros. No se necesita ataúd para estar muerto; basta con dejar de cambiar de camino, de color, de canción.

El poema de Medeiros no es un lamento, sino una sacudida.
Un llamado, urgente y casi desesperado, a escapar de la cárcel invisible que cada cual construye con sus propias certezas. El hábito repetido, la palabra no dicha, el gesto reprimido, el sueño postergado: todo ello va tejiendo la mortaja del espíritu. No se trata de vivir al margen de la razón, sino de escapar de su tiranía cuando se convierte en rutina sin conciencia, en deber sin deseo.

Es difícil no pensar, al leer estos versos, en los pensadores existencialistas que alzaron su voz frente al absurdo. Kierkegaard, con su angustia ante la elección; Camus, con su rebelión sin esperanza; Sartre, con su idea de que estamos condenados a ser libres. También Nietzsche, desde su altura trágica, nos susurra que la vida, para ser vivida, debe ser danzada.

Medeiros no filosofa: poetiza, y en su poesía hay más verdad que en muchos tratados. Porque habla desde la entraña. Desde esa zona donde la conciencia y el instinto se abrazan. Donde la vida deja de ser una estadística para convertirse en una pregunta. ¿Qué haces con tu tiempo? ¿Te has atrevido hoy a cambiar de rumbo? ¿A amar sin red, a equivocarte con alegría, a callar la televisión y escuchar tus propios latidos?

La modernidad, con sus comodidades y sus dogmas, ha logrado lo impensable: que temamos más a lo incierto que a la infelicidad. Hemos domesticado incluso nuestros sueños, limitándolos a lo que parece “posible” o “razonable”. Pero, como señala el poema, solo una “ardiente paciencia” —esa bella paradoja— puede salvarnos. No hay otra vía que la intensidad, el riesgo, la pasión. O dicho de otro modo: no hay vida sin coraje.

Y aquí llegamos al núcleo de esta reflexión: la vida moderna, con toda su técnica, su orden y su progreso, no ha resuelto los dilemas del alma. Más bien, los ha camuflado. Nos ha enseñado a funcionar, no a vivir. A producir, no a crear. A aceptar, sin preguntar, a obedecer, sin oírnos. Y mientras tanto, muere el que no canta, el que no baila, el que no se atreve a decir: “esto no me basta”.

“Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú”, dice Medeiros. Y también quien abandona un sueño por miedo al ridículo, o quien prefiere los puntos sobre las íes a un remolino de emociones. El poema no propone la anarquía emocional, sino el rescate de la chispa. Esa que hace brillar los ojos, reír a deshoras, cambiar de opinión, romper el molde.

En un mundo que corre hacia el abismo con sonrisa digital, detenerse a sentir puede ser el acto más revolucionario. Leer un poema, viajar sin rumbo, cambiar de peinado, besar a destiempo: todo ello es arte de vivir. Y quizás, lo único que nos salva.

Dedico esta entrada con afecto especial a mi hermano y amigo: Abogado Óscar Reinaldo Díaz Mizo.

#LoRealMaravilloso

/www.volfredo.com/


10 respuestas a “Morir lentamente: los conflictos existenciales de la modernidad.

  1. Der Zusprech’ der uns zu glauben vorstellt, die eigenen selbst gemachten Träume in feuriger Inbrunst, unsere Vorstellungen eines guten Lebens, unsere Visionen, im hier und jetzt zu verwirklichen und zu leben; im Widerspruch dazu, die Träume, die als Naturerscheinung, in ihrer Wichtigkeit in jedem Menschen aufsteigen, sie an erster Stelle und Aufgabe zu setzen. So dass der Mensch sich bemüht, das was der Traum sagt, im hier jetzt zu neuer Einsicht auffordert anzuerkennen, im täglichen Dialog mit der Seele, das eigene Leben zu gestalten. So oder so, sterben müssen wir alle.

    Le gusta a 2 personas

    1. In Würde zu sterben bedeutet auch, nicht an der Routine, der Automatisierung des Lebens und der Wiederholung eines programmierten und vorhersehbaren Lebensmusters zu sterben, bei dem unser „Selbst“ kaum den Kopf erhebt. Vielen Dank für Ihre aufmerksamen Kommentare und einen schönen Tag.

      Le gusta a 1 persona

      1. Wie ein Mensch stirbt, das ist von aussen schwer festzustellen. Niemand kann einem anderen vorschreiben, mit welcher Haltung er sein Dasein, bis zu seinem Ableben, am besten bewältigen soll. Dem einen ist das eine richtig, dem anderen ist das andere falsch. Ein (uns selbst), hat weder ein Kopf noch noch Organe. Die Seele ist in jedem Menschen beheimatet. Ihr gehört der Gehorsam, ein Leben lang.

        Le gusta a 2 personas

    1. Estimado Sebastián, hoy resulta difícil escapar a la publicidad y la manipulación mediática. El ser existencial como tal está tan marginado que todos estamos muriendo lentamente, en este sentido, el poema es cada día más vigente. Cordiales saludos.

      Le gusta a 2 personas

Replica a Sebastián Iturralde Cancelar la respuesta