En la noche del 29 de abril de 2025, bajo la luz dorada del Lincoln Center de Nueva York, Pedro Almodóvar, ese alquimista manchego de los colores intensos y las pasiones desbordadas, subió al escenario del Alice Tully Hall para recibir el 50º Premio Chaplin. El teatro, colmado de figuras de la cultura y el cine, esperaba palabras de gratitud, alguna anécdota divertida, quizá una evocación nostálgica de “Mujeres al borde de un ataque de nervios” o “Hable con ella”. Pero Almodóvar, fiel a su costumbre de hablar desde la entraña, decidió que no era noche para galanterías ni silencios cómplices.

Se dirigió a un ausente omnipresente: el expresidente Donald Trump. Y lo hizo con la furia contenida de quien ha visto repetirse la historia con otros nombres y otros rostros:
«Usted pasará a la historia como el mayor error de nuestra época. Su ingenuidad solo es comparable a su violencia. Usted pasará a la historia como uno de los mayores daños a la humanidad… como una catástrofe.»
El silencio que siguió a esas palabras fue más elocuente que cualquier aplauso.
Almodóvar no improvisaba; cada frase que pronunció —como cada encuadre en sus filmes— estaba cargada de sentido, de memoria y de intención política. Por eso, su arremetida no fue gratuita ni efectista: fue una condena estética y ética. Fue un acto de resistencia cultural.

El director recordó que había dudado en asistir al homenaje:
«Dudé si era apropiado venir a un país gobernado por una autoridad narcisista, que no respeta los derechos humanos.»
Una frase que, si bien parece dirigida a Trump, alcanza a todo un sistema de silencios, complicidades y regresiones. Recordó, con la autoridad de quien ha sobrevivido al franquismo, que los inmigrantes no son criminales, que los derechos trans no son una amenaza, y que la historia, aunque cicatriza, nunca olvida.
No es la primera vez que Almodóvar confronta el poder con la palabra. Su cine está poblado de seres marginados que no claudican: travestis con fe, madres que mienten por amor, enfermos que cuidan a otros con ternura, personajes que se atreven a amar fuera del margen. En ese universo en tecnicolor donde el dolor se vuelve canto, la política siempre ha estado presente. Pero esta vez, el director no habló a través de sus criaturas, sino en primera persona, sin el velo de la ficción.
Trump, desde la óptica de Almodóvar, no es solo un expresidente polémico. Es el emblema de un retroceso civilizatorio: el regreso de la mentira elevada a verdad, de la crueldad convertida en ley, del populismo que se disfraza de patriotismo mientras erosiona las bases mismas de la democracia.
El discurso también evocó la sombra de Francisco Franco. Almodóvar, que vivió su infancia bajo ese régimen, percibe ecos ominosos en el lenguaje y las formas de Trump. No se trata de una comparación trivial. Para quien conoció la censura, la represión y el miedo, las señales de alarma no son metáforas: son recuerdos tatuados en la piel.
Esa conexión íntima entre pasado y presente le otorga a sus palabras una densidad distinta. Almodóvar no teoriza sobre el autoritarismo; lo recuerda. No imagina la pérdida de libertades; la vivió. Y por eso, al señalar a Trump como una “catástrofe”, no lo hace desde la retórica de la indignación, sino desde la memoria del sobreviviente.
Entre los aplausos y los murmullos, Almodóvar dedicó su premio a las personas afectadas por las políticas del expresidente: inmigrantes, minorías sexuales, víctimas del racismo institucional, ciudadanos que han visto diluirse sus derechos como si fueran cenizas.
El cineasta español transformó un homenaje personal en un alegato universal. Convirtió su voz, admirada en los festivales de Cannes y Venecia, en una denuncia que no pide permiso ni se esconde en eufemismos.
Algunos considerarán sus palabras excesivas, otros las tacharán de panfletarias. Pero la historia del arte —y de la conciencia— se escribe precisamente en esos momentos incómodos, donde un creador renuncia a la neutralidad para ponerse del lado de los vulnerables. Almodóvar no habló como cineasta, sino como ciudadano, y eso, en tiempos de tibieza generalizada, es un acto de valor.
Es posible que su discurso no cambie nada. Que Trump lo ignore, que sus seguidores lo insulten, que la maquinaria siga rodando como si nada hubiese pasado. Pero también es posible que, como tantas veces ocurre con el arte verdadero, esas palabras sembradas en una gala resuenen más allá de la sala, más allá del evento, más allá del titular.
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Der Tyrann im Oval Office gibt uns die Möglichkeit, (mit Fug und Recht) diesen Mann, mit Pech und Schwefel zu beschimpfen. Es liegt seit dem Vorfahren Drumpf, den Nachfahren im Blut, sich nicht an Sitte und Regeln zu halten. Noch wesentlicher ist es, nicht mit den Finger auf ihn zu zeigen, denn drei Finger zeigen auf mich zurück.
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Uno de mis directores de cine favorito por décadas!
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Almodovar lo aprecio por sus películasprofudas, contradictorias y a la vez humana. Aplauso especial hoy por sus declaraciones sobre Trump, Vale.
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👍
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Feliz fin de semana.
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Un buen director de cine comprometido desde siempre con la buena forma de hacer política para la gente. Un abrazo, amigo.
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En este discurso estubo muy acertado y lo aplaudo de pie. Un abrazo y linda noche
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