Marc y Bella Chagall, el vuelo incesante del amor eterno.

Hay historias de amor que no necesitan exageración ni adornos, porque su sola existencia parece arrancada de un sueño; relatos que sobreviven a las estaciones del tiempo, como vitrales que jamás se apagan, incluso cuando el sol no brilla. Tal es el caso del romance entre Bella Rosenfeld y Marc Chagall, dos seres destinados a entrelazarse en una sinfonía cromática, más allá de las guerras, los exilios y la muerte.

Corría el año 1909 en San Petersburgo, cuando Bella, una joven de diecinueve años perteneciente a una familia judía acomodada, conoció a Marc, un estudiante de veintiséis que, lejos de poseer riquezas materiales, portaba una rara abundancia espiritual: un mundo interior rebosante de visiones, de figuras flotantes, cabras azules y lunas inversas. Su encuentro fue inmediato, profundo, casi místico. No necesitaron largas conversaciones ni cartas de presentación; bastó una mirada para sellar lo que sería un amor de por vida. Bella, escritora sensible, lo expresó como solo pueden hacerlo las almas inspiradas al expresar que: los ojos de Marc le parecían caídos del cielo, suspendidos en el aire, como si no pertenecieran a ningún cuerpo y fueran, en cambio, faros celestes.

Chagall, en su autobiografía Mi Vida, confesó algo similar. Veía en Bella a la única persona capaz de mirar directamente su alma sin desviar la mirada, sin juzgar ni temer. Ella no solo lo amaba, lo comprendía; no solo lo admiraba, lo contenía. Era el ala invisible de su vuelo pictórico, la melodía callada que le daba sentido a su colorido delirio.

Pero como en todo gran relato de amor —y más aún en tiempos convulsos—, el destino no fue indulgente. En 1911, Marc partió a París, buscando el fulgor de las vanguardias, el aire irrespirable del arte moderno. Allí, entre cubistas y expresionistas, se dejó embriagar por la libertad y el genio, pero nunca dejó de llevar a Bella consigo. Aun en la bohemia de Montparnasse, su pensamiento giraba en torno a ella. Y es que, en el fondo, Chagall no era un artista mundano, sino un exiliado sentimental. La distancia de Bella le dolía más que el hambre o la miseria libertina de las noches de París.

“La caminata” (La promenade), 1917–1918. Museo Estatal Ruso, San Petersburgo. En este vuelo sin alas, Bella se eleva por encima del mundo, sostenida tan solo por la mano enamorada de Chagall. Así, el amor desafía la gravedad, y los cuerpos —como los corazones— flotan más allá del tiempo.

Mientras tanto, su tierra natal, bajo el yugo creciente del bolchevismo, se tornaba cada vez más inhóspita para las almas sensibles. Chagall, de origen judío, con una cosmovisión profundamente poética y libre, pronto se convirtió en blanco del nuevo dogma estalinista. El realismo socialista, rígido y uniformador, chocaba frontalmente con sus caballos verdes y sus amantes que levitan. Stalin no necesitaba soñadores, sino propagandistas. La atmósfera se volvió irrespirable, y con ella, la vida del pintor. El arte, lejos de ser el espacio de la revelación íntima, pasó a ser campo de batalla ideológico. Así, Chagall tuvo que huir, no por cobardía, sino por fidelidad a su propia visión.

“El cumpleaños” (L’anniversaire), 1915. Museum of Modern Art (MoMA), Nueva York. En el día del amor celebrado, Marc se alza, retorciendo el aire para besar a su Bella. En esa torsión de la realidad comienza el arte, y en ese gesto suspendido vive la eternidad del afecto.

En 1915, los amantes por fin se reencontraron y se casaron. El universo pareció restaurar, por un breve instante, su equilibrio original. Bella no fue solo esposa: fue su musa, su portavoz, su altar privado. De su unión nació una hija, Ida, y tras la Primera Guerra Mundial, se establecieron en Francia. En ese nuevo escenario, libre de censuras y policías represores vigilantes, Chagall desplegó todo su genio. Cada cuadro era una declaración de amor a Bella, un himno sin palabras que la elevaba por encima del mundo, llevándola de la mano a sobrevolar aldeas, templos, gallos y ángeles.

¿Quién más que ella podía comprender la lógica de un universo donde los enamorados vuelan y los peces tocan el violín? En sus lienzos, Bella aparecía una y otra vez, no como retrato fiel, sino como símbolo permanente. Ella era el fuego secreto de su paleta, la vibración invisible entre los tonos.

Pero la historia, como el pincel de Chagall, también tuvo su trazo oscuro. Durante la Segunda Guerra Mundial, la amenaza nazi forzó a la familia a emigrar a los Estados Unidos. Lo que parecía un exilio seguro pronto se tornó pesadilla. En medio de la escasez de medicamentos provocada por el conflicto, Bella cayó enferma de una infección viral. La medicina, que tantas veces llega tarde, esta vez no llegó en absoluto. Bella murió en 1944, dejando tras de sí un silencio ensordecedor.

Chagall quedó devastado. No pudo pintar durante meses, quizá años. El color se le volvió enemigo, el trazo lo hería. ¿Cómo dibujar el amor cuando el objeto amado se ha desvanecido? ¿Cómo celebrar la luz cuando ella ya no la reflejaba?

Sin embargo, como todo verdadero artista, encontró en el dolor un nuevo lenguaje. Volvió a pintar, pero ya no como antes. No era ya el joven ruso que miraba al cielo buscando colores imposibles; era un viudo que hablaba con los muertos en tonos suaves y temblorosos. Tomó los cuadernos de Bella —aquellos donde ella había escrito sobre su amor, su infancia, sus sueños— y los llenó de retratos, de escenas vividas, de gestos íntimos. Cada página era una ofrenda, un rezo pintado, una invocación amorosa.

Porque para Chagall, Bella nunca murió del todo. Seguía habitando sus cuadros, danzando en los márgenes de sus líneas, asomándose en las esquinas del cielo invertido. Y así, mientras otros envejecían, él continuaba joven en el recuerdo de su amor. No se volvió a casar hasta décadas después, y aun entonces, ninguna mujer logró desbancar a Bella del altar secreto que guardaba en el pecho.

El amor entre Bella y Marc Chagall no es solo una anécdota romántica del pasado. Es un faro que nos recuerda que el verdadero amor —ese que no necesita contrato ni certidumbre— existe y sobrevive a todo: al exilio, al totalitarismo, al olvido, incluso a la muerte. Es un amor que levita por encima de aldeas, campanas y guerras, como los personajes de Chagall. Un amor que no se disuelve con los años, sino que se condensa y se torna eterno.

Allí donde flota Bella con su vestido blanco, siempre habrá un Chagall tomándole la mano, recordándonos que el arte no es solo belleza, sino testimonio. Y que amar no es poseer, sino volar juntos, aun cuando el cuerpo ya no nos acompañe.

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