En el vasto escenario de la literatura, algunos poetas no solo escriben sobre el mundo, sino que lo graban con fuego en la memoria colectiva. Mahmoud Darwish fue uno de ellos. En su lápiz no había tinta, sino lágrimas secas, polvo de escombros y el eco de un pueblo condenado al exterminio.

Darwish, nacido un 13 de marzo de 1941 en Al-Birwa, Palestina, fue un testigo incómodo de la historia, de esos que los poderosos quisieran borrar, pero que sobreviven en la voz del pueblo. Su aldea natal fue destruida en 1948, en la catástrofe de la Nakba, ese eufemismo con que la historia oculta sus propias miserias. A partir de entonces, Darwish vivió entre fronteras, sin patria fija, como una pluma arrastrada por el viento de los acuerdos que sellan la paz con sangre ajena.
La cita mencionada es una pintura en blanco y negro de la realidad que Darwish denunciaba. Habla de las guerras que terminan con apretón de manos y discursos ampulosos, mientras las madres siguen velando tumbas sin nombre y los niños crecen con la sombra de una ausencia. Es un retrato de la desconexión entre los despachos diplomáticos y los escombros donde la gente sencilla cosecha el duelo.
Su poesía, cargada de simbolismo y resistencia, lo convirtió en la voz de los desposeídos. Escribió con la certeza de que las palabras también pueden ser piedras lanzadas contra la injusticia. En obras como “Estado de sitio” y “Memoria para el olvido”, hizo de la pérdida su musa y del exilio su morada literaria. Fue arrestado múltiples veces por Israel, exiliado, y, sin embargo, su voz nunca se doblegó. Se unía al canto de los que no pueden gritar y al susurro de los que han sido silenciados.
Aun en su muerte, acaecida el 9 de agosto de 2008 en Houston, Texas, Darwish logró lo que los dictadores temen: no desapareció. Su funeral en Ramala reunió a una multitud que no lloraba solo a un poeta, sino a un hombre que habló por todos cuando decir la verdad era un crimen.
Hoy, sus versos siguen resonando porque la historia no ha cambiado. Los nombres de las guerras cambian, pero el dolor es el mismo. En Gaza, Siria o Ucrania, las ciudades devastadas y las familias rotas repiten la misma tragedia que Darwish denunció. Otra vez, los líderes firman acuerdos, los discursos prometen finales y, sin embargo, los más vulnerables pagan el precio. Madres buscan a sus hijos, niños pierden a sus padres y el exilio sigue siendo una condena impuesta por la ambición de unos pocos.

En su poesía, los refugiados encuentran un hogar, los muertos una voz y los exiliados un espejo. Mahmoud Darwish sigue vivo en cada verso que denuncia el olvido, en cada niño que pregunta dónde está su padre, en cada anciana que espera un regreso imposible. Porque la guerra terminará, sí, pero la espera será infinita.
Legado.
Mahmoud es una figura monumental en la literatura árabe, a menudo comparado con poetas como Pablo Neruda o W.B. Yeats por su capacidad de fusionar lo personal con lo universal. En Palestina, es un símbolo nacional, pero su obra trasciende fronteras, resonando en aquellos que anhelan justicia. Sus poemas han sido traducidos a decenas de idiomas y en actualidad son recitados en protestas civiles, aulas y hogares.
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The oppressed women, children and men are the only people in the world who are certain that the situation is better today than it will be in the days to come. Tomorrow always heralds an even worse situation of tyranny, genocide, torture, rape, femicide, and the slaughter of the civilian population.
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Dear Hans, unfortunately, that’s the way it is. Wars are started by ambitious politicians, and it’s the most vulnerable who pay the painful price of destruction and death.
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thank you for your attention
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👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻
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No conocía a este poeta, pero que bien describe lo que lleva pasado el pueblo palestino y lo que sigue pasando. Gracias por compartir, querido amigo. Un abrazo.
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