Los días finales de Oscar Wilde: Encarcelamiento y muerte.

El nombre de Oscar Wilde resuena con la brillantez literaria de quien supo reflejar la ironía y el esplendor del alma humana, una chispa de ingenio inigualable que, no obstante, estuvo siempre envuelta en la sombra de la tragedia. Su vida, iluminada por su extraordinario talento, estuvo marcada por la oscilación entre la fascinación y el desprecio de la sociedad victoriana, una sociedad que nunca pudo perdonar la desmesura de su personalidad y su actitud desafiante ante las convenciones morales. A lo largo de su existencia, Wilde fue aclamado por su virtuosismo literario, pero también fue arrastrado a una caída abismal, fruto de un juicio humillante, un encarcelamiento cruel y, finalmente, una muerte en la pobreza y el exilio. En la plenitud de su juventud, fue considerado el poeta y dramaturgo más celebrado de su tiempo, y al final, en una ironía amarga, se vio reducido a la miseria tras ser condenado por su orientación sexual, un “crimen” en la sociedad victoriana que acabó con su carrera, su legado y su vida.

Todo comenzó en 1895, cuando Oscar Wilde, célebre por su agudeza, su estilo de vida excéntrico y su brillantez desbordante, se vio atrapado en un escándalo de proporciones épicas. El origen del conflicto fue una disputa con el marqués de Queensberry, padre de Lord Alfred Douglas, su amante. El marqués, sospechando de la relación homosexual entre su hijo y Wilde, intentó desacreditar al escritor dejándole una tarjeta en la que lo acusaba de ser un “sodomita”. En lugar de eludir el enfrentamiento, Wilde, en un arrebato de orgullo y valentía, demandó al marqués por difamación.

Lo que en un principio parecía un acto de defensa de su honor personal, se transformó rápidamente en un juicio que sellaría su destino de manera irrevocable. Durante el proceso, el abogado del marqués presentó pruebas y testimonios que desvelaban aspectos íntimos de la vida sexual de Wilde, lo que desembocó en la acusación formal de “indecencia flagrante grave”.

The Illustrated Police News, (Periódico de 1895), muestra imágenes del proceso judicial en contra de Oscar Wilde.

En la sociedad británica de entonces, las relaciones homosexuales eran un delito grave, y la condena de Wilde, lejos de ser una excepción, se presentó como una inevitable consecuencia de los estrictos códigos morales imperantes. Wilde, quien en otro tiempo había sido objeto de admiración en la sociedad londinense, pasó de ser acusador a acusado, y su nombre fue rápidamente tachado de la memoria colectiva.

El 25 de mayo de 1895, Wilde fue sentenciado a dos años de trabajos forzados, la pena más severa contemplada para el delito de sodomía. Esta condena, en un contexto social profundamente conservador, significaba más que la privación de la libertad: era la aniquilación de su reputación, su carrera y su posición en el mundo literario. La sociedad, que había aclamado sus brillantes dotes de observación, su perspicacia para el sarcasmo y la sátira, lo abandonó sin piedad, y su nombre se desvaneció del centro del escenario social.

Su encarcelamiento, en la sombría prisión de Reading, se convirtió en un capítulo de sufrimiento físico y psicológico. A los 41 años, Wilde fue sometido a condiciones inhumanas que aceleraron su deterioro. La brutalidad del trabajo forzado, el trato cruel por parte de los carceleros y la indiferencia de las autoridades hacia su estatus como escritor célebre fueron minando su cuerpo y su alma. En un ambiente insalubre y carente de atención médica, Wilde sufrió una lenta y dolorosa transformación, de la que ya no pudo recuperarse. La desnutrición, la humillación y el despojo de su libertad lo hicieron perder, no solo su vitalidad, sino también su capacidad de soportar la enormidad de la injusticia que lo había colocado en ese lugar.

Su paso por la prisión no solo dejó huellas en su cuerpo, sino también en su espíritu. El hombre que había sido un centro de atracción en los círculos literarios y sociales de Londres, rodeado de admiradores y amigos, quedó reducido a un aislamiento absoluto. La agudeza que siempre había sido su marca distintiva se desvaneció ante la evidencia de su desesperación. Wilde, quien había sido un maestro del sarcasmo y la ironía, se encontró, al final, sumido en una melancolía imparable, cuya única compañía era su propio sufrimiento. La atmósfera que caracterizaba sus agudas observaciones de la vida londinense cedió paso a una brutal verdad: la soledad y la pérdida.

Oscar Wilde. Fotografía de 1882, tomada por Napoleon Sarony.

En mayo de 1897, Wilde fue liberado tras cumplir su condena. Sin embargo, la pena que le impuso la sociedad fue irreversible. Su nombre estaba marcado por el polvo de la infamia, y su reputación, irremediablemente dañada. Wilde, quien en su época fue el brillante interlocutor de las tertulias literarias, salió de prisión como una sombra de lo que fue. En lugar de regresar al vibrante centro de la vida cultural británica, se retiró a París, adoptando el seudónimo de Sebastián Melmoth, un homenaje a un personaje literario que, más que reflejar su genio, encapsulaba su doloroso exilio y sufrimiento.

A lo largo de sus últimos años, Wilde se acercó al catolicismo, pero su conversión no pudo redimirlo de la pobreza ni de la marginación. El hombre que había deslumbrado con su elocuencia y su magnetismo ahora se hallaba solo, sin el apoyo de sus amigos más cercanos y con escasos recursos. La sociedad lo había expulsado, y su familia, distante y ajena, le cerró las puertas. Su esposa, Constance, le prohibió el contacto con sus hijos, y su relación con Lord Alfred Douglas, la figura que había desencadenado su ruina, se desvaneció en el olvido.

Oscar Wilde falleció el 30 de noviembre de 1900, a los 46 años, en una habitación modesta de un hotel de París. La causa oficial de su muerte fue meningitis, enfermedad que algunos atribuyen a los estragos de la sífilis, que él mismo había contraído durante su vida licenciosa. No obstante, más allá de la explicación médica, lo que realmente murió en Wilde fue su espíritu: la cárcel, la humillación y el ostracismo social lo destrozaron no solo como hombre, sino también como artista. El escritor brillante y audaz que una vez brilló en el firmamento de la literatura inglesa se desvaneció, dejando en su lugar una figura trágica, marcada por la desolación y el sufrimiento.

A pesar de la brutalidad de su condena, el legado de Wilde no quedó completamente eclipsado. Con el paso del tiempo, su obra fue reivindicada, y el hombre que alguna vez fue vilipendiado como un paria de la sociedad victoriana emergió, décadas después, como uno de los más grandes escritores de la literatura inglesa. En 2017, el gobierno británico, al aprobar la Ley Turing, que despenalizaba los actos homosexuales cometidos por hombres antes de 1967, finalmente ofreció una disculpa oficial a Wilde, pero dicha disculpa llegó demasiado tarde, cuando ya no podía aliviar el sufrimiento del escritor ni restaurar la grandeza de su vida.

La vida de Oscar Wilde, marcada por el juicio, el encarcelamiento y la miseria, permanece como un recordatorio sombrío de las injusticias cometidas contra aquellos que vivieron al margen de las estrictas normas sociales de su época. A pesar de su caída trágica, Wilde sigue siendo un emblema de resistencia, de lucha por la libertad individual. La melancolía de su destino reside no solo en la brutalidad de su condena, sino también en el tardío reconocimiento de su genio, un genio que el mundo casi pierde para siempre.

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