La Habana, con su rico tapiz de historias y personajes, es el escenario donde cobran vida los icónicos protagonistas de la obra de Leonardo Padura. En este contexto, para aquellos lectores deseosos de explorar la singularidad de sus habitantes y las leyendas que los rodean, cito cinco novelas que se erigen como referencias literarias ineludibles:
La novela de mi vida (2002) es un fascinante entrelazado entre el presente y el pasado de Cuba, en el que Padura recupera la figura de José María Heredia, un poeta del siglo XIX. La historia de Heredia, marcada por la dominación española, sirve como hilo conductor para reflexionar sobre la identidad cubana y los conflictos sociales que han perdurado desde la época colonial hasta hoy. En esta obra, La Habana no es solo un fondo; es un personaje activo que refleja las tensiones históricas que siguen resonando en la búsqueda de un sentido de pertenencia.
El hombre que amaba a los perros (2009) se centra en el asesinato de León Trotski y la vida de su asesino, Ramón Mercader. Aunque la trama se desarrolla en un contexto más amplio, Padura utiliza este relato para evocar las secuelas del colonialismo español, mostrando cómo estas influencias continúan moldeando la realidad contemporánea de la isla. La Habana se presenta aquí como un mosaico de historias entrelazadas, donde su pasado siempre está presente, recordándonos las complejidades de su historia.
En La neblina del ayer (2005), Mario Conde, el célebre detective de Padura, se enfrenta a un misterio en una ciudad que parece estar suspendida entre dos épocas. Aunque la trama se sitúa en La Habana contemporánea, el ambiente colonial se siente en cada rincón que Conde explora. Padura evoca una ciudad cargada de historia, donde los vestigios de un pasado glorioso aún se hacen sentir en sus antiguas edificaciones y tradiciones.
Herejes (2013) se adentra en temas de fe, diáspora y arte a través de una obra flamenca del siglo XVII, conectando a una familia judía con La Habana. La ciudad se revela como un crisol de culturas, donde las huellas del pasado colonial son innegables. Aunque el enfoque no es exclusivamente sobre La Habana colonial, su influencia en la configuración de la identidad cubana y las dinámicas de poder contemporáneas son fundamentales en la narrativa, invitando a una reflexión profunda sobre la persistencia del colonialismo en la psique colectiva.
Por último, Pasado perfecto (1991), la primera entrega de la serie de Mario Conde, nos presenta una Habana donde las marcas del pasado colonial son palpables. En esta novela, Conde investiga la desaparición de un ejecutivo en un entorno urbano que lleva las huellas del tiempo. Los edificios y las costumbres que lo rodean reflejan una mezcla de esplendor y decadencia, donde el pasado colonial no solo se asoma en el trasfondo, sino que da forma a los personajes y a las historias que Padura narra con maestría.
Cada una de estas novelas ofrece una ventana única a la complejidad de La Habana y a la rica obra de Padura, invitando al lector a sumergirse en una ciudad donde la historia y la memoria siguen danzando entre sus calles. En ellas, el autor no solo cuenta historias; nos ofrece un espejo en el que se refleja la lucha de su pueblo, sus sueños y sus anhelos.
Recientemente, en una reveladora entrevista concedida a Andrés Seoane para el diario El Mundo, Leonardo Padura ofrece una mirada profunda sobre su vida y obra en el contexto del lanzamiento de su última novela, “Ir a La Habana”. En sus palabras, se destaca la indisoluble conexión entre su identidad y su entorno, donde la capital cubana se convierte en un protagonista esencial de su narrativa.

Padura reflexiona: “Es imposible desligar el desarrollo de mi vida, el hombre y el escritor que soy, del hecho de haber vivido en La Habana. Así que este libro es un viaje a la semilla, a mis orígenes mantilleros y a mi conocimiento paulatino de la ciudad”. Esta afirmación resuena con fuerza, subrayando cómo su historia personal se entrelaza con la de la ciudad. Además, menciona la singularidad de seguir habitando la misma casa donde nació, un lugar que guarda la memoria de su madre, a quien sigue consultando a sus casi 97 años. Para Padura, su madre representa una fuente inagotable de recuerdos, un vínculo vital con el pasado que alimenta su escritura: “Al final, somos coleccionistas de memorias ajenas, para recordar todo aquello que se ha ido: personajes, lugares, épocas, anécdotas”.
Un concepto clave que Padura menciona es la “ajenitud”, que se convierte en una reflexión central en las páginas finales de “Ir a La Habana”. Describe su amor por la ciudad como un vínculo complejo: “Es cada vez más una ciudad extraña, a veces hostil. Hay códigos que se me van escapando, comportamientos ajenos a los que conocía”. Esta sensación de pérdida lo impulsa a interactuar con las generaciones más jóvenes, buscando comprender su visión del mundo. A través de estas conversaciones, Padura intenta mantenerse conectado a la realidad social y citadina que lo rodea, una búsqueda constante que refleja su compromiso con la autenticidad en su escritura.
Con claridad, el autor asegura que, aunque su relación con La Habana sea nostálgica, no tiene intención de marcharse. “¿Cómo va a ser en el futuro? Ni idea. Pero mientras pueda resistir, seguiré escribiendo”. Este espíritu tenaz y su inquebrantable amor por la ciudad resuenan en sus obras, en las que retrata las complejidades y matices de una Habana que, aunque transformada, sigue siendo su hogar.
La lectura de esta entrevista no solo proporciona una visión íntima de Padura como escritor, sino que también invita a los lectores a profundizar en la exploración de “Ir a La Habana”, un libro que encapsula su viaje personal y su reflexión sobre la ciudad que siempre ha habitado. La combinación de recuerdos, añoranzas, frustraciones y esperanzas que Padura destila en su obra continúa enriqueciendo la literatura cubana contemporánea, ofreciendo un testimonio vital de una ciudad en constante transformación.
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https://volfredo.com/2024/10/25/ir-a-la-habana-ultima-novela-de-leonardo-padura/
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Grandísimo escritor. Me encanta.
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Creo que leí esa entrevista al toparme con ella en un sitio web, a propósito de mi relectura de «El hombre que amaba los perros». Me llamó la atención un fragmento del artículo donde hablaba de la salida de tantos cubanos durante los últimos años, y comentaba con amargo humor que su novela debería rebautizarse con el título «Irse de La Habana».
Recibe mi saludo, Volfredo.
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