Antes de que la electricidad iluminara las calles, existía una figura entrañable y casi olvidada: el farolero. Era él quien encendía cada noche los faroles de la población y velaba por su buen estado, convirtiéndose en guardián de la luz y del silencio. A cada farolero se le asignaban calles y faroles concretos. Debía encenderlos a la hora señalada, ya fuera en noches oscuras o en aquellas en que la luna brillaba con fuerza. Al amanecer, acudía por aceite y mechas, limpiaba los cristales y dejaba todo dispuesto para que la ciudad volviera a encenderse al caer la tarde. Su oficio requería herramientas sencillas pero imprescindibles: chuzo, pito, linterna, escalera, alcuza y paños. Y respondía personalmente por los daños que pudieran sufrir los faroles bajo su cuidado.

No pocas veces, el farolero compaginaba su labor con la de sereno. Entonces, además de encender la luz, debía custodiar la noche. Entre sus obligaciones figuraba dar voces de unos a otros desde las once, anunciando la hora y el tiempo cada cuarto de hora. También debía aprehender a los malhechores, avisar de incendios, o transmitir mensajes urgentes de vecinos que pedían médico, cirujano o partera. Todo ello sin abandonar su puesto, pues la palabra pasaba de boca en boca, como un hilo invisible que tejía la seguridad de la comunidad. El farolero era, en definitiva, más que un trabajador: era símbolo de confianza. Su luz no solo iluminaba las calles, también encendía la certeza de que alguien velaba por la ciudad mientras todos dormían.
Sin embargo, no deberíamos menospreciar la historia. Porque en Macondo de Ávila, la ciudad real y mágica donde habito, los apagones de 22 horas diarias han devuelto al farolero su antiguo esplendor. Aquí, la modernidad tomó vacaciones largas y la electricidad juega a las escondidas, dejando a los vecinos con velas, candiles y faroles como si fueran reliquias recién desempolvadas. La ironía es que ahora los faroleros no son empleados municipales, sino contratados por los propietarios de las Mypimes, que pagan por devolver la luz a las calles y a los negocios. Así, mientras el mundo avanza hacia ciudades inteligentes, Macondo de Ávila retrocede con elegancia hacia el siglo XIX, demostrando que la historia no solo regresa, sino que lo hace con humor negro y un guiño burlón.
En este escenario, los apagones se convierten en el espectáculo más democrático: todos participan, desde el niño que estudia a la luz de un candil hasta el vecino que improvisa un concierto con guitarra acústica porque el amplificador quedó mudo. Y los faroleros, con su chuzo y su linterna, vuelven a ser héroes cotidianos, recordándonos que la luz, en esta tierra, nunca ha sido un derecho garantizado, sino un milagro intermitente.
En Macondo de Ávila, el farolero, con su linterna y su fe, es hoy el símbolo de un pueblo que, aun en la penumbra, insiste en alumbrar su camino y salir adelante, porque la esperanza, ebria y aletargada, maltrecha y rasgada, nunca muere.
