Buenos días desde la inocencia.

En la fotografía, dos niños se esconden tras una puerta de automóvil desprendida, convertida en juguete improvisado. El mundo adulto ve un objeto roto, un vestigio inútil; pero los ojos de la infancia lo transforman en vehículo de sueños, en pasaje hacia la aventura. Allí, en medio del camino polvoriento, la imaginación hace volar lo cotidiano y lo convierte en magia.

La infancia es el reino donde todo objeto se convierte en milagro. Una puerta abandonada puede ser automóvil, un cartón se vuelve barco, y la risa es el combustible que mueve el universo. Esta fotografía nos devuelve la inocencia de los juegos sencillos, la etapa más feliz de la vida, y nos invita a regresar, aunque sea con la memoria, a ese país perdido donde todo era posible.

La infancia es ese territorio donde todo es posible: una piedra se vuelve tesoro, un cartón se convierte en barco, una puerta abandonada se transforma en automóvil. Es la etapa más feliz de la vida porque no necesita más que la fuerza creadora de la fantasía. Los niños no juegan con lo que tienen, sino con lo que inventan; y en ese acto de invención reside la pureza de la existencia.

La nostalgia nos alcanza al mirar esta escena. Recordamos los juegos sencillos, las risas compartidas, la libertad de correr sin tiempo ni destino. La niñez es un país perdido al que solo podemos regresar a través de la memoria, y cada imagen como esta nos abre la puerta de regreso.

Que esta fotografía nos recuerde que la inocencia es un bien sagrado, y que los juegos de la infancia son la primera forma de arte: espontáneos, libres, eternos.

Buenos días para todos desde Lo Real Maravilloso.


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